Vender oxígeno

ROBERTO CANAÁN
Junto a los esfuerzos que hace el Gobierno por desarrollar la alta tecnología, el país debería asumir el reto de avanzar en una política de conservación de los recursos naturales, que tenga como innovación “la venta de oxígeno”. La República Dominicana se podría unir al grupo de países que venden oxígeno, y obtienen a cambio, instrumentos negociables en dólares, llamados “certificados para la reducción de gases de efecto invernadero”. Estos certificados tienen un valor en el mercado bursátil internacional que oscila alrededor de 500 dólares cada uno.

Vender oxígeno es algo que hasta hace poco muchos lo veían como un sueño o ciencia ficción. Costa Rica fue el pionero en obtener ganancias en dólares por la venta de oxígeno, a través de una agresiva política de reforestación de bosques y generación de energía alternativa. La venta de oxígeno o fijación de carbono en la atmósfera, es un mecanismo establecido en el Protocolo de Kyoto, Japón, firmado en 1995. Con este sistema se permite a los países ricos y desarrollados, mitigar el efecto contaminante de su industria, emitiendo certificados de litigación de gases de efecto invernadero, mediante el financiamiento de la siembra de bosques que produzcan aire puro y promoviendo formas limpias de energía alternativa. El programa cuenta con el respaldo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y puede ser implementado en amplias zonas con vocación forestal de la República Dominicana y en la cuenca del río Artibonito en Haití.

La enorme generación de gases contaminantes de países industrializados como Estados Unidos o Japón, Canadá, Noruega, Holanda, Finlandia, se ha convertido en una fuente de ingresos para algunas naciones Centroamericanas, que aún no se han industrializado y cuentan con grandes bosques para producir aire puro. Las naciones industrializadas tienen una responsabilidad histórica, pues debido a su alto desarrollo, se han convertido en enormes generadores de gases que dañan la atmósfera de la Tierra.

La política de fomento de bosques tropicales y la preservación de los recursos naturales en toda la isla Hispaniola debe ser incluida en la agenda de nuestra relación diplomática con Haití. Tanto el gobierno como las organizaciones y movimientos ecológicos del país deben convertirse en los centinelas del ecosistema de la isla, como hacen los centinelas de los de tocar la trompeta al advertir el peligro. Si no lo hacen y se acaba la vida, serían co-responsable de la desgracia.