Verdad y ciencia

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Mientras cursaba la escuela primaria allá por la década de los cincuenta de la era de Trujillo, viví una experiencia que aún perdura en mi memoria. Transcurría el mes de diciembre y se aproximaba la Nochebuena. La tradición campesina conllevaba saborear el típico puerco asado con leña y ensartado en una puya.

No todas las familias tenían en su corral un ejemplar de sus scrofa doméstica, situación que un lugareño apodado Marco aprovechó para rifar una cerdita. Recordemos que para esa época estaban prohibidas por ley las denominadas rifas de aguante. Mi adorada progenitora compró ocho de los cien números, e hizo que el rifero anotara en su lista el nombre de cada uno de sus hijos.

El sorteo se llevaría a cabo el domingo previo a la navidad. Para desgracia de los que jugaron al azar, el vendedor de los boletos cayó preso y el listado de la rifa fue incautado por la policía. Al ser interrogado, el acusado aclaró que nuestros nombres habían sido aportados por una sola persona que era mi madre.

El alcalde de la sección procedió a notificar a mamá, a fin de conducirla, en calidad de detenida, al cuartel policial. De allí sería trasladada al tribunal en donde se le juzgaría. Mi padre, aspirante natural a leguleyo en ese entonces, alegó que en la lista retenida por la uniformada no figuraba el nombre de Gloria Valdez, y que, por lo tanto, su esposa no podía ser inculpada. Ante el impase, optaron por llevar ante el juez de paz a quien escribe.

Le expresé a papá que ni conocía, ni había conversado con el listero y que le diría al fiscal que yo nunca había apostado a la lotería. Tal actitud enfureció a papá, quien advirtió que con mi actitud perjudicaría a su pareja. Para beneficio de todos, al llegar a Altamira no fue posible interpelarme porque no había un tribunal para menores. Pude regresar a casa con mi conciencia tranquila y satisfecha.

Ramón Emilio Jiménez con su Himno a la Verdad había abonado mi mente virgen con esta bella estrofa: <<No digamos jamás la mentira/ No engañemos a nuestros papás/ Que no hay cosa más bella que un niño/ cuando sabe decir la verdad>>. Se trató de una inolvidable prueba de fuego infantil.

Nunca hemos comulgado con la mentira, razón por la cual abrazamos la ciencia con tanto ahínco. El método científico se basa en la duda, todo debe ser sometido al rigor de la investigación, analizando las evidencias para extraer conclusiones valederas, fuera de toda duda razonable. Duele admitir que en la sociedad se abrigan más falsedades y mentiras, que realidades y verdades. La mentira abunda y es barata, los hechos tangibles escasean y resultan caros.

El perito médico forense se ve sometido al fuego cruzado de una guerra de intereses en los terrenos judicial, mediático, social y político. Resistir las innumerables tentaciones, asumir posiciones incómodas, estar dispuesto al sacrificio máximo, requieren de un temple firme y de una sana convicción.
Quien no desee verse expuesto a presiones estresantes, es mejor que vire hacia otros horizontes. Para el ejercicio honesto de la Patología Forense dominicana muchos serán los llamados y pocos los escogidos.

Preferible vivir y morir de cara al sol con la verdad, que alcanzar la eternidad abrazado a las tinieblas de la mentira.