Victoria de Obama

La victoria de Barack Obama y el Partido Demócrata, en las elecciones presidenciales del 4 de noviembre de 2008 en Estados Unidos, ha significado la derrota de la alianza de los neo-conservadores, neo-liberales y neo-evangelistas, representada por Bush-McCain-Partido Republicano, así como la propagación transfronteriza de las esperanzas de superación de la crisis económico-financiera y búsqueda de la paz en las relaciones inter-estatales.

En base al apoyo del grueso de la oligarquía financiera, el lobby judío, los sindicatos, los medios de comunicación de masas y del  52,7% del electorado estadounidense, incluyendo las votaciones favorables del 66.0% de los hispanos y jóvenes de 18 a 29 años, el presidente Obama pretende nada más y nada menos, en su próxima gestión gubernamental que se inicia el 20 de enero de 2009, aplicar una reforma de la economía y las finanzas y renovar la dirección mundial de Estados Unidos, en especial en las zonas de guerra. 

El programa de recuperación económico-financiero consiste tanto en la ejecución de una política fiscal de rebajas de impuestos a familias, transferencias de fondos a empresas y construcción de obras de infraestructura pública, como en la implementación de una política de expansión de la moneda crediticia a  bajos tipos de interés y facilidades de repaga.

Hasta el instante, esta propuesta no ha brindado una explicación causal ni  solución factible al descalabro de la economía norteamericana de la fase recesiva a la depresiva en el ciclo de los negocios y, mucho menos, a la hecatombe de las ficticias valorizaciones de capitales empresarios y financieros basadas en exponenciales operaciones especulativas de hiper-apalancamiento y re-emisiones de títulos sin respaldo en activos reales y cualificados.

El proyecto de Obama, de subir el déficit presupuestario a las nubes de un billón (millón de millones) de dólares y mantener  el saldo negativo insoportable de la balanza comercial de bienes en cerca de 800 millardos en 2009, implica agravar la crisis financiero-económica, en razón de que la deuda conjunta de los hogares, los negocios y los gobiernos ya ronda la friolera de 56 billones o cuatro veces el PBI, las naciones con cuantiosas reservas en divisas, tales como China,  reorientan sus inversiones hacia el mercado interior.

Hay que apuntar que ni la mitificación de la intervención estatal, apoyada en la política del Nuevo Trato de Delano Roosevelt, ni la inflamación de las esperanzas de las masas, en torno a la consigna del “cambio y unidad” formulada por Obama, aportan verdaderas soluciones democráticas a los peligros de la depresión en proceso y la pérdida de memoria sobre los sucesos trágicos ocurridos en 1914 y 1938.