Vida de los delincuentes

PEDRO GIL ITURBIDES
Una Diputada al Congreso Nacional denuncia que le han robado en cuatro ocasiones en los últimos dos meses. Un oficial al servicio de la Dirección Nacional de Investigaciones (DNI) sometió a un homólogo policial que trató de extorsionarlo. Asesinan a un vendedor de una empresa fabricante de embutidos, para robarle el arma de fuego que portaba para su defensa. Sigue el robo de vehículos por doquier, y otros homicidios y robos son el pan nuestro de cada día. El Presidente de la República ha llamado a varios funcionarios para diseñar un programa que enfrente a los criminales.

¿Por qué los maleantes no se arredran, y continúan,  en cambio, su vida delincuencial? Porque gran parte de la sociedad se encuentra inficionada. Tal vez el pronunciamiento del oficial del DNI ofrece un atisbo de las raíces del mal. Y aunque se han realizado tareas de adecentamiento del cuerpo del orden, aún esta sierpe de siete cabezas no ha sido controlada. Porque lo sufrido por el oficial del DNI es un hecho que vive buena parte de las gentes que tiene que recurrir al cuerpo del orden. Lamentablemente.

La Conferencia del Episcopado Dominicano ha dicho que es el desorden general lo que alienta a la criminalidad. El documento escrito a raíz de la plenaria de los Obispos, es preciso al señalar los sectores en dónde ese desorden es manifiesto. Es una enunciación genérica, pero no deja de ser precisa. Ocurre en lo político, lo social, lo económico, lo familiar. El desorden es propio de la vida del país. Aunque quizá, por conmiseración cristiana, los Obispos han dicho que el desorden abarca al mundo. Pero no por ello debemos aplicar el ancestral proverbio de que mal de muchos es consuelo de todos. Porque, como suele ocurrir, puede ser consuelo de tontos.

Sin duda alguna, el mundo se encuentra en una etapa de cambios. A esa metamorfosis asistimos desde hace tiempo, sin que podamos precisar el destino al que nos encaminamos. Mas esa verdad irrebatible no es excusa para que se haya permitido que la delincuencia crezca a los niveles insoportables a que ha llegado en estos momentos en nuestro pueblo. En cierta medida, una terrible debilidad nos agobia, y determina que se aliente a los truhanes.

Por estos días, la madre de un jovencito asesinado en el sector de Herrera, lloró ante las cámaras de televisión para decir que ese adolescente era su Vanessa. Aludía al asesinato de Vanessa Ramírez Faña, en Santiago de los Caballeros, y cuyos matadores fueron apresados en apenas unas horas. Esa madre adolorida entendía que la presteza mostrada por la fuerza policial en el caso de la jovencita santiaguense, debía ofrecerse en su caso. Pero no siempre los pobres tienen quién les llore.

Debían tenerlos. Debía tenerlos toda la sociedad. O quizá, en vez de llorones, la sociedad debía contar con activos defensores. Con una fuerza policial capaz de echar la mano a los rateros, y elaborar expedientes conforme el nuevo código, para que los jueces no los despachen en horas. Contar con un sistema judicial con los pantalones bien apretados para que no se desmadejen ante las presiones de los delincuentes, o de sus padrinos. Contar con gobiernos que alienten la lucha contra la delincuencia, para que la vida delincuencial no sea una alternativa en la sociedad.

Porque digámoslo sin ambages, parte del problema deriva del hecho, irrebatible, de que esa lucha no ha tenido padrinos. Y, en cambio, la vida delincuencial tiene padrinos que buscan los escondrijos mejor dotados para esconder a esos malandrines. Entonces, ¿para qué dedicarnos a una vida de trabajo? Esta es la verdad. Y esta verdad es reflejo del desorden del que habla la Conferencia del Episcopado Dominicano en su documento.