Vida y Constitución

El  poder, como todo en el mundo de los hombres, tiene límites que no se deberían rebasar. Quienes tienen el privilegio de representar al pueblo soberano no pueden olvidar que su poder es prestado, temporal y representativo; que la república es alérgica a las intolerancias; que el contrato social supone, en su magnífica ingenuidad, la elección de hombres y de mujeres sabios, sensatos, razonables, dignos, comprensivos, protectores y honestos a la cabeza de las instituciones; que la ley es el último recurso de los pobres, de los ignorantes, de los débiles, de los oprimidos, de los marginados, de los desheredados de la fortuna, de la virtud o del talento; que es vocación de la Carta Magna proteger el equilibrio social, permitir la convivencia de las corrientes opuestas, las concepciones éticas diferentes, las creencias espirituales distintas y garantizar la realización de los sueños individuales y colectivos; que no es saludable imponer el prejuicio de unos al comportamiento de la mayoría, ni es sensato despreciar la diversidad del pensamiento o la riqueza de los corazones; que la Constitución nos debe proteger del fanatismo de las ideologías o de la iniquidad de todo maniqueísmo político; que ningún argumento ideológico debería obligar a una ciudadana a llevar a su término un embarazo que tanto puede ser producto de la ignorancia como de la discriminación, del desprecio o de la ingenuidad, del instinto o del falso amor, de la presión o del deseo, del engaño o de la violación, de la manipulación o de la violencia, del descuido o del abandono, de la falta de guía o de previsión; en fin, de todas las circunstancias que pueden llevar a una mujer a quedar embarazada sin realmente desearlo.

Argumentar la defensa de la vida puede lucir admirable, pero es una declaración de principios engañosa. La vida, esa ola de carne dolorosa y breve que nos empuja desde la carroña hasta las estrellas, existía ya antes del embarazo y continuará existiendo en sus maneras diversas, incansables, misteriosas y preñadas de infinitos sorprendentes como lo ha hecho siempre. Si uno desea realmente defender la vida, no una bella abstracción sino la cotidiana, la sudorosa, la que tiene cédula y serie, la que vota y sufre, la real, la dura, la martirizada, la de aquí y la de ahora, no abusa de una hermosa expresión para obviar la responsabilidad de organizarla en términos sensatos y jurídicos y tampoco se deja intimidar por los tintes pecaminosos de ciertos vocablos con sus desoladoras connotaciones, su solapada carga de sangre, de culpabilidad, de clandestinidad, de silencio, de mentira obligada, de pecado, de desesperación, de mala conciencia y de desolación. 

Quienes piensan, con sus sinceros juramentos de buenas intenciones y de amor al prójimo, que un óvulo fecundado tiene exactamente las mismas prerrogativas que cualquier ciudadano, se apoyan en una insigne jurisprudencia: el embarazo de una joven virgen en una lejana aldea de Israel. Esa es una cuestión de fe. El problema consiste en que el Congreso no sesiona como concilio ecuménico sino como asamblea constituyente. Los prelados tienen el derecho de pensar en términos místicos; los representantes de una república tienen el deber de pensar según criterios republicanos.

Argumentar la sola representatividad para justificar una decisión es caer en una falacia de autoridad y soslayar la existencia de los artificios electorales, las mañas de las guildas partidarias, las manipulaciones de la opinión pública,  los engaños sistemáticos a los ingenuos, que somos la mayoría, la fragilidad de las conciencias en una sociedad donde tanta gente depende o cree depender de la buena voluntad de los funcionarios de turno y del omnipresente poder del Estado. La democracia no sólo es un asunto de mandato, sino de cordura, de prudencia y de compasión. Una buena intención no garantiza un buen resultado. Aún las religiones más implacables ofrecen el recurso de la redención de los pecadores; un artículo constitucional no debería atreverse a la impiedad de negar el porvenir de una mujer.

El camino del infierno también está empedrado de iniquidades y de torpezas, no sólo de buenas intenciones.
Hoy/ Wilson Morfe