Vida y muerte del cine en el norte de Marruecos

Marruecos por dentro (22)

Tetuán (Marruecos). “¿Has conocido a alguien enamorado de las paredes? Pues ese soy yo cuando miro mis cines”, dice Husein Budih, de 76 años, que llegó a gestionar 17 salas de cine, todas en el norte de Marruecos, y hoy ya solo le quedan dos.

La historia del esplendor y posterior declive de los cines en el Rif, como la del resto de Marruecos y del mundo, se puede narrar a través de la propia vida de Budih.

Su adolescencia y juventud transcurrieron durante la época dorada del cine en este país, y mientras los años fueron pasando y Budih envejecía, también lo hacían sus salas.

El Cine Avenida de Tetuán (que como todos los que tuvo mantiene un nombre español) sigue conservando la decoración de antaño, con unas butacas de madera forradas de terciopelo verde.

Los elegantes palcos y la ornamentación del techo son testigos de la importancia que alcanzó esta sala en los años 70 y que hoy, junto al Teatro Español, es la única superviviente en una ciudad de medio millón de habitantes.

Con escasas nociones de cine y todavía adolescente, Budih comenzó a trabajar como chico de los recados junto a su tío, en el Cinema Rif de Nador, cuando las cintas de 35 milímetros eran en blanco y negro, la entrada costaba cinco pesetas y se proyectaba largometrajes como “Marcelino Pan y Vino” y las clásicas comedias de Cantinflas, un actor muy querido entre el público marroquí.

Durante casi una década aprendió “entre bastidores” los secretos de esta industria, y fue gracias a sus estudios en el Colegio del Pilar de Tetuán que pudo codearse con los hijos de los “Llodra, Gabarrón y Contreras”, españoles que vivían en Marruecos durante el Protectorado (1912-1956), y propietarios de varias salas de cine.

“Cuando Dios quiere una cosa te la pone en la boca”, afirma Budih en un perfecto español, mientras recuerda aquel encuentro fortuito en 1968 en una calle de Tetuán con “el padre de los Llodra, Don José”, quien le ofreció la oportunidad de alquilar su cine y años después de comprarlo a precio de ganga- “a una peseta por cada duro”.

En los años sesenta y setenta, los pocos españoles que quedaban en Marruecos se deshacían de sus negocios y regresaban a España, mientras que los marroquíes se peinaban y vestían con sus mejores trajes para ir al cine a ver la última de Hollywood, y más tarde de Bollywood.

Después del Cine Avenida, Budih compró el cine Monumental y el Teatro Español de Tetuán, y aprovechando la bonanza del sector alquiló salas en Alhucemas, Nador, Rincón, Castillejos o Martil, es decir, la geografía del “Marruecos español”.

“Con la misma leche pagué la vaca”, sentencia este hombre de pelo blanco, que utiliza constantemente refranes para expresarse.   Dirigió también “por lealtad a Llodra” el deficitario Gran Teatro Cervantes de Tánger, que cumplió 100 años en 2013 y que a pesar de encontrarse completamente en ruinas es todavía uno de los monumentos españoles más emblemáticos de Marruecos.

En los años 80 empezó la decadencia de esta industria, y el imperio de Budih se fue poco a poco derruyendo. Las cintas en VHD, luego los DVDs, internet y la piratería hicieron que los cines se fuesen cerrando uno a uno.

“El cine mató al teatro y ahora la televisión e internet han matado al cine. Hay que saber ser deportivo y aceptar la derrota”, comenta Budih, también presidente de la Cámara de Cines de Marruecos.

La decadencia no solo la vivió Budih- en todo Marruecos -asegura- 250 cines han ido echando el cerrojo y solo quedan 22 salas para 33 millones de personas. “Una catástrofe”, dice.   Hace cuatro años, se vio obligado a digitalizar sus salas, pero no porque quisiese, sino porque Europa dejó de producir en 35 milímetros. Había dos opciones- adaptarse o cerrar.

“Yo opté por cerrar el Monumental y pasar a digital el Cine Avenida y el Español, que los considero como dos de mis hijos”, destaca.

Y explica que la decisión la tomó “por amor al oficio”, porque era consciente que el cambio no traería más espectadores, ya que “a la gente le da lo mismo que la película sea digital o en 35 milímetros”.

“Lo hice por amor al cine y a aquellos que me los traspasaron, por amor a mis amigos y en agradecimiento a estos cines que me han permitido criar a cinco hijos. A ellos también les debo un respeto”, subraya.

Rodeado de fotografías, confiesa que tiene nuevos proyectos para el edificio del Cine Monumental, pero prefiere dejar esa aventura a sus hijos.

“Tengo 76 años y aunque me siento bien quiero vivir tranquilo junto a mis cines”, concluye Budih, que sin embargo es consciente de que “lo mejor es seguir el cauce del agua como viene porque si nadas en contra de la corriente, estás perdido”.