Vida y presencia de los libros

Tendría yo unos catorce años cuando alguien que no puedo recordar debió haberme regalado un libro titulado “Piel de zapa” de Honoré de Balzac. El caso es que apareció en el pequeño estante para libros e instrumentos de química que ocupaban un rincón de mi dormitorio. Se hizo presente junto a los numerosos libritos que guardaba acerca de los espías de la Segunda Guerra Mundial, de un tal G-8, de Bill Barnes y sus aventuras aéreas, de “Doc” Savage y su eficiente equipo de ayudantes, de “La sombra” –que nunca leí sino a saltos– y atrayentes libros de Salgari y especialmente de Rafael Sabatini.

De repente, este libro de Balzac.

Empecé a hojearlo como era –y sigue siendo– mi costumbre. Leí unas cuantas páginas al azar, tal vez siete u ocho, y lo deseché con una extraña sensación de repudio.

No le hacía caso pero sentía que el libro me llamaba, me requería. Volví a tomarlo, a leer un párrafo y a sentir una sensación de malignidad que me hizo tirarlo al suelo, pero sentía que el libro palpitaba en mi habitación y decidí lanzarlo al techo de nuestra residencia en la calle Dr. Delgado esquina Santiago.

Tal vez el cadáver de aquella edición argentina, hecho una pasta indescifrable por el tiempo, las lluvias y el sol, siga todavía irradiando la energía que me afectaba.

“Piel de zapa”, de Balzac, guarda relación con “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde y “El retrato oval” de Edgar Allan Poe. Sin embargo, estas obras nunca me causaron una impresión maligna como aquella del autor de la extensa serie que llamó “La comedia humana”.

¿Por qué? No sabría decir.

Pero puedo testimoniar la “vida” de los libros.

En cierta ocasión, en el estuche de mi violín, olvidé (¿olvidé?) un volumen con las obras teatrales de Wilde. Mi compañero de atril, el ilustre Francesco Montelli, estaba mirando con cierta frecuencia inusual hacia mi estuche que estaba en el suelo.

–¿Qué tienes ahí? –preguntó.

–Lo de siempre –repuse–, colofonia, cuerdas de repuesto, alguna partitura…

–Ahí hay algo más. Abre el estuche.

Cuando lo hice, muy extrañado, apareció el libro con las obras de Wilde. Se me había quedado junto al violín.

Montelli, con el rostro cargado de indignación me dijo ácidamente:

–¿Cómo puedes leer las porquerías de este inmoral? No importa sobre qué escriba, su espíritu está ahí, encima de la “Balada de la cárcel de Reading”. No leas esas cosas… hacen un daño invisible… pero cierto.

Mi distinguido amigo, formado en la agresividad hacia la homosexualidad de Wilde y de todos cuantos tuviesen tal inclinación, no pudo apreciar la alta calidad de la producción literaria de este irlandés que cayó al lodo desde la gloria.

Refiero estas cosas, motivado por un artículo de José Miguel Gómez en páginas de este periódico tratando de “El funeral de las librerías: suicidio del libro”.

No voy a fastidiarlos con una ardorosa defensa del libro, me limitaré a citar al poeta inglés John Milton (1608-1674) quien dejó dicho: “Los libros no son cosas muertas; contienen en ellos una potencia de vida tan activa como el alma de donde provienen”.

No creo que la tecnología facilitante, enemiga del pensar y el esfuerzo constructivo logre esa muerte, como ha logrado otras.

Entre aciertos y desaciertos.