Vientos a favor y en contra en la política dominicana

Vientos a favor y en contra en la política dominicana

Nelson Marrero

La política es fuente de triunfos y derrotas para quienes aspiran a dirigir los destinos nacionales y en ella, como en las viñas del Señor, hay de todo.

El futuro de los proyectos políticos depende de una mayoría desafiliada de partidos. movediza y muy dada a reaccionar en función de sus necesidades primarias

Los esfuerzos de entes políticos por recuperar la confianza del electorado, factible en muchos casos, tienen escrita una historia de éxitos y reveses en la República Dominicana de los últimos decenios, como si la voluntad del soberano se pudiera narigonear con discursos de ocasión o resultara veleidosa como algunos fenómenos climatológicos.

Se trata de escenarios con potenciales votantes unas veces abiertos a las seducciones del populismo para permanecer fieles a opciones, aunque se presumiera que no llenaron expectativas, o para favorecer continuidades o reasumir el poder resurgiendo de desplomes comiciales cercanos o lejanos en el tiempo.

En el marco de los imponderables de la política criolla, han tocado sus cuotas de doble saldo por decenios el controvertido estadista de los doce años, más los expresidentes Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina, este que salió derrotado con la particularidad de que pretendió extenderse con un «know-how» patentizado para interpósita persona.

Se trató de un exministro y hombre de confianza de al que apodó, quizás como mancha indeleble, con un mote que multiplicó las burlas desde bandos opuestos al proyectado heredero, atribuyéndole un perfil de improvisado y falto de carisma: derrotable electoralmente, como finalmente ocurrió.

ESTÁ POR VERSE
Está planteada cierta posibilidad de que el Partido de la Liberación Dominicana alcance un regreso a los mandos de la nación para el 2024, porque rigió por varios períodos consecutivos al Estado valiéndose de una estructura proselitista conectada con las mieles del poder que funcionó bien al menos hasta el 2016 y puede ser potenciada con astucia y el apoyo de quienes resultaron beneficiados por el oficialismo de entonces.

Además importa tomar en cuenta las señales de que la aceptación ciudadana a la administración presente estaría siendo minada paso a paso por el peledeísmo que pretende con estridencia que prosiga la polarización derivada de los protagonismos que caracterizaron el accionar diverso de Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez, con un PRD sacado de grandeza partidaria para ir a la pobreza de las funciones bisagra, degradación que dio nuevas siglas al perredeísmo de siempre y de masas: PRM.

Las circunstancias harían posible que los últimos desalojados de la Cosa Pública logren liderar a una buena parte de los contestatarios de este país, objetivo apenas amenazado por la Fuerza del Pueblo que ya, al menos, tuvo un significativo peso en las derrotas en el 2020 del partido de la estrella amarilla, con una parte de sus notables figuras acorraladas ahora por el Ministerio Público.

Sin embargo, el que supuestamente los pasados oficialistas exhiban «colas que les pisen», desinflable judicialmente como acaba de ocurrir con los sobornos de Odebrecht, está en este momento bajo la embestida indirecta de críticas al Gobierno con las que paulatinamente se procura que la atención de gran parte de la ciudadanía prefiera enfocarse en sus males de hoy y no en las presunciones de corrupción del ayer, la que, finalmente, no es tan impopular como a veces se cree.

Prontamente -presagian algunos- un sector importante del pueblo no querría que le hablen de otra cosa si la vida se ha puesto más cara de la cuenta, la robótica y la virtualidad dejan a la gente sin empleos, funciona sin pausa una «aplanadora desvinculadora» del tren administrativo y para remate, se plantea la posibilidad de que pronto haya que pagar impuestos hasta por poner un pie en la calle.

Se destaca como coadyuvante al resurgir morado, la suavidad opositora del leonelismo, más conceptual que incisiva, siendo estos unos tiempos de pandemia y colapsos productivos y del comercio internacional que no dejan fuera de su vorágine a ningún país y hacen difícil gobernar con buenos resultados, aunque se haya ascendido, hará poco, con un significativo caudal de votos.

Por vía de consecuencias, quienes administran el país ceden, sin ser su intención, capital político y pólvora para que los contrincantes de su gestión hagan fuego sobre ellos. La bola viene a quedar en el mismo centro del plato para que se la bateen, para lo cual los políticos nunca ven lejanas las elecciones y desde ya abanican en seco con exaltación de aspiraciones y reclamos de derecho a promoverse anticipadamente.

Viene a ser que la combinación de factores no augura fortaleza para los desprendidos del PLD aunque tras restarle bastante votos a su antigua organización para dos comicios, su bloque legislativo siguió creciendo a costa del desmañado proyecto político encabezado por Danilo Medina,

Más de una vez, el anterior presidente de la República ha reconocido, casi con golpes de pecho pero con débiles discursos, que él y su entorno morado habían cavado su propia tumba, una de las derrotas más costosas para la economía y el funcionamiento del Estado, serpenteadas por el microgermen SARS-CoV-2 y los empeños continuistas de manos libres, también virales.

Contra los designios en su contra, el presidente Luis Abinader ha estado desde un principio al frente de una maquinaria propagandística difusora incontenible de lauros a su gestión, siendo él mismo, la más de las veces, la figura que encabeza y centraliza la retórica a su favor. Autoalabanzas a dos por chele por medios audivisuales y de otros géneros.

Con desbordante promoción que coloca en primerísimos planos las realizaciones gubernamentales, y sobre todo, los inicios y promesas de nuevas obras, el primer mandatario está a la cabeza de una importante inversión pública para acrecentar su imagen como presidenciable «a futuro».

Queda implícito que participa en solitario en una carrera por el poder en la que le lleva varios cuerpos de ventaja a los otros aspirantes que más adelante harían concretos sus proyectos.

Los spots y la infaltable presencia del Jefe del Estado en cada acto de principalía, público o privado que refleje progreso y pueda aprovecharse para parecer «genio y figura», conforman un protagonismo al que solo le falta la leyenda «voten por mí en el 2024».

La gabela está tomada para cuando llegue la hora de confirmar que el hombre desarrolló, como casi siempre ocurre, un inconfundible apego a la primera magistratura.

Una silla punzante más amada que que las acolchadas

Diversidad de fracasos

Balaguer, súmmum del «vuelve y vuelve» y autor de «Las memorias de un cortesano de la Era de Trujillo», recurría a unos énfasis en el autoritarismo que le condujeron a reelegirse más de una vez casi sin competencia y que peleó con uñas, dientes, gacetazos y «fallos históricos» para despojar de senadurías a sus competidores, consumándose, de todos modos en 1978, el primer gran fracaso de su reeleccionismo impenitente.

Finalmente tuvo más de un waterloo en sus intentos de quedarse o regresar. Así de incierto es el destino de los amantes del poder a toda costa.

En su momento no pudo retomar su carrera de apegos a la jefatura del Estado cuando a los suyos se les fue la mano para impedir el triunfo del líder popular Peña Gómez en 1994, en unas elecciones viciadas que le obligaron a recortar el mandato y modificar las reglas del juego que lo habían hecho cuasi dueño de la sillas de alfileres.

Además, pactó para permitir el inicio de la era del peledeísmo que hizo posible la elección al solio por primera vez del doctor Leonel Fernández dos años después del tranque electoral, que a lo pronto decepcionó al líder reformista, ocurriéndosele acuñar el calificativo de «comesolos» para sus ex apadrinados.

El expresidente Fernández conquistó distinción de repúblico, y habría que agradecerle sus auspicios para que surgiera una constitución reforzadora de derechos y de sentido social, un servicio a la patria que tuvo en adición para él mismo, la recompensa que más buscaba: una carta magna, la del 2010, que eliminaba el «nunca jamás».

Dejó abierto el camino de volver al poder sin impedimento legal después del siguiente período… y lo logró en el 2004 para sumar dos sentadas más en la silla que el más conspicuo de sus adoradores (JB) bautizó como «de alfileres» aunque nunca quiso quitar sus asentaderas de ella.

De cal y de arena

El patrocinio que le salió caro al hoy líder máximo de la Fuerza del Pueblo fue el de sus llamados a destinar 22 mil millones de las arcas del Estado a la conservación del poder por el PLD en la persona del licenciado Danilo Medina.

Tras ganar los comicios del 2012, con la venia y apadrinamiento del Leonel gobernante, el inefable político nacido en Arroyo Cano terminó resultando su peor contrincante.

Las contradicciones de estos dos líderes aparecen en el vórtice del remolino de rechazos que impidieron el continuismo danilista de cuerpo presente en el 2020 que hubiera necesitado una insólita reforma constitucional consecutiva. El tratamiento de «pedazo de papel» de que hablaba Balaguer.

En cuanto a Hipólito Mejía, arriesgó la faja emprendiendo un antihistórico proyecto reeleccionista apelando al fórceps de gratificaciones a congresistas para modificar la constitución al vapor, sufriendo una contundente derrota pues había dejado tan inconforme al electorado con su estilo campechano durante cuatro años que culminaron en el 2004, que su pésimo invento abrió puerta al retorno de Leonel Fernández al solio de los desvelos inextinguibles.

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