Vincho, pasión y la higiene de los ideales

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Ortega nos advierte en su ensayo sobre Mirabeau –señalándolo como la cima del tipo humano más opuesto a él– que este personaje francés constituía algo muy próximo al arquetipo del político. Arquetipo, no ideal. Y procede a definir claramente que los ideales son las cosas según estimamos deberían ser, mientras los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Realmente los ideales son las cosas recreadas por nuestro deseo –son “desiderata”–. Pero, se pregunta Ortega: ¿Qué derecho tenemos a desear lo imposible, a considerar como ideal al cuadrado redondo?

El postuló por largo tiempo una higiene de los ideales, una lógica del deseo. Corresponde, pues, cuidar la lógica del deseo como la higiene de los ideales.

Y defender su vigencia contra viento y marea.

Marino Vinicio (Vincho) Castillo es acusado, unas veces con amistoso pesar, otras con inocultable envidia por su fuerza y popularidad, de ser víctima de un apasionamiento que lo inunda. La férrea convicción que impregna sus declaraciones, característica esencial en su programa televisivo “La Respuesta”, parece, a primera y ligera vista algo desorbitada, pero resulta siempre estar fundamentada en terrible verdades.

Verdades que, con toda el alma, quisiéramos que fuesen resultado de apreciaciones erradas.

Pero que no lo son.

Al contrario. Expresan, sin temor, el lodo extraño en que hemos caído después de la exterminación de las claras crueldades y maldades del régimen de Trujillo, donde la corrupción tenía límites marcados y las transgresiones a las caprichosas permisividades de este “Gran Timonel” nuestro, no excedieran lo previamente establecido como premiación a una eficiencia criminal o previamente considerada como políticamente conveniente.

Nuestro gran problema es el desorden.

Ni lo inventó el presidente Fernández Reyna ni tampoco el ex presidente Mejía.

Es un mal que tiene dando vueltas, desde “cuenten los Austins”, acusador de privilegios comerciales de un importador de autos llegado a la presidencia, hasta estos manejos inmorales de los privilegios estatales.

¿La pasión de Vincho Castillo?

Si algo merece un desborde de pasión correctiva, es la que muestra este ilustre abogado, brillante desde sus años juveniles en San Francisco de Macorís, y que resulta irritante para toda esa oleada de delincuentes, ladinos, perversos, taimados y marrulleros que nos dejan boquiabiertos con su descaro de rostro solemne. Es que Vincho Castillo dice, con pruebas, verdades descarnadas, llevadas al hueso mismo, a ese hueso que no se atreven, ni remotamente, tocar quienes reciben espléndidos pagos con recursos provenientes del inmenso mecanismo de la corrupción del más alto nivel, siempre poderosa y terrible.

Hacen falta en el mundo muchos Vinchos Castillo, apasionados en la defensa de los ideales sanos, higiénicos y, en cierta medida, posibles.

Aquí, en nuestro país, tenemos urgente necesidad de contar con profesionales apasionados por la justicia, como Vincho, que hasta donde sepamos, no se le puede atribuir falsedad en sus tersas denuncias. Más tarde o más temprano descubre uno que tenía razón, que sus pruebas documentales eran severas y bien sopesadas.

Nos hacen falta estos personajes que no se venden.

Que mantienen la higiene de los ideales.

Con la pasión de la verdad valiente.