Violencia y familia

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
Las grandes mayorías nacionales se han tropezado de repente frente a la cruda realidad de que ya la inseguridad domina todas las actividades y nadie está seguro ni en sus casas, ni mucho menos en las calles. La violencia, en la forma de las raterías, los atracos, violaciones, etc han sobrecogido de pánico a la ciudadanía, que impotente, ve de como el organismo represor de los hechos de los antisociales, está saturada de delincuentes, y hasta es protagonista de una buena parte de los delitos.

Nunca como antes la ciudadanía se había sentido tan sobrecogida con los actos cotidianos de delincuencia, y ver de como las autoridades son incapaces de dominar tal estado de inseguridad, con el cual nos insertamos con lo que ocurre en otros países latinoamericanos, en donde el crimen y el vandalismo dominan las calles de capitales tales como Lima, Bogotá, México y Caracas.

La pobreza, la falta de educación y de trabajo, así como la desintegración familiar, con millares de niños que nacieron de uniones fugaces, y que esas criaturas se desarrollan en un ambiente de no tener mañana, han contribuido a que cada día hay más delincuentes en las calles, buscando de cualquier forma la obtención de los recursos para sostenerse y vivir precariamente, mientras ven de como la globalización y las clases poderosas se adueñan de los recursos, burlan al fisco con evasiones y contrabandos descarados, y luego, son los sostenedores económicos de los políticos que buscan también la forma de enriquecerse o perpetuarse en el disfrute del poder.

La raíz primaria de la situación actual de violencia, que como una oleada nos arropa, y es también causa de gran preocupación en toda América Latina, es el derrumbe del clan familiar. Esto ha contribuido a que desaparezcan las cualidades que en antaño dominaban nuestras sociedades, que si bien muy arcaicas y mojigatas, pero al menos existía respeto y obediencia, aun cuando la pobreza dominara el ambiente y se vivía precariamente con ingresos muy limitados y horizontes de escaso progreso. Ya la familia no existe, cuando un país como el nuestro acusa índices de divorcio cercanos al 50%, es reflejo de como los eslabones para que el niño reciba una buena educación cívica y formal en los hogares, no existe; entonces se produce el fenómeno de como millares de esos niños terminan en el camino de la delincuencia, siendo estimulados por el ambiente que los rodea, desde lo que ven en sus vecindarios hasta lo que ven en el cine o la televisión, en donde los más violentos y violadores de la ley reciben su premio y son considerados como los nuevo héroes.

Se ha creado el clima ambiental de los antivalores. Ya no se ensalza a quien educa bien a sus hijos, o los protege en contra de las ráfagas del delito y del dinero fácil, sino que desde que el niño alcanza la pubertad se le incita al consumo de drogas, a ser el más valiente en sus hazañas de los atracos y si vive en un medio con pocas oportunidades de trabajo, más rápido llega a la delincuencia, que es el pan nuestro de cada día. Nos alarmamos cuando creíamos que en el país no podía padecer lo que sufren otras naciones con mayores índices de delincuencia y de violaciones.

Para buscar el culpable de la situación es necesario abarcar un abanico muy amplio en que todos somos responsables por descuido o por conformidad, y eso no es solo responsabilidad de las autoridades, tanto las educativas como las represivas, sino que es de las iglesias, las instituciones de servicio, los padres y las escasas familias que resisten su extinción y ven menguados sus esfuerzos de no poder orientar a los niños por los senderos del trabajo y de la superación para que sean ciudadanos ejemplares. Tan solo se les estimula con los nuevos valores de hacerse ricos como sea.

La violencia nos domina. No es aumentando la ocurrencia de los intercambios de disparos lo que va a resolver el problema, sino que se necesita un cambio radical para rehacer las familias, enrutar la educación para alejarla de los intereses políticos, que ya lograron sus objetivos de cualquierizar a los alumnos, contando con un gremio como la ADP, dominado muchas veces por dirigentes radicales de izquierda, que redujeron las horas de clases por sus continuas huelgas y descartaron de los pensa académicos la enseñanza de moral y cívica, considerado como algo anticuado. Valientemente el presidente de la Suprema Corte de Justicia ha comenzado a abogar por un Código para la Familia, y eso debe ser la prioridad del momento ya que el derrumbe de la familia es que está la causa y origen de la violencia que impera en el país.