Viriato Fiallo no quedará en el olvido

FABIO RAFAEL FIALLO
Sospecho que la primera reacción de quien se ponga a hojear un libro como al que aquí me refiero, escrito por un nieto de Viriato Fiallo, será buscar lo que digo acerca de tal o cual personaje de la vida política dominicana del siglo recién terminado. En otras palabras, se querrá saber, aunque fuese por curiosidad, a quiénes denigro y a quiénes elogio. Debo no obstante advertir que los nombres propios no abundan en el relato histórico del que soy autor.

Este libro, en efecto, no ha sido escrito para ajustar cuentas. Lejos estoy de querer decir cuadro verdades a los contendores de mi abuelo. Muchos de ellos empujaron la crítica hasta el terreno abyecto de la deformación de los hechos y de la interpretación difamatoria. Estos no merecen ser recordados, pues no hicieron sino obedecer a móviles mezquinos. En cuanto a los otros, aquellos que discreparon legítimamente de las posturas asumidas por Viriato Fiallo, son sus opiniones y posicionamientos políticos que discuto en este libro, sin que por ello tenga que atacar a quienes los asumieron.

Tampoco he tenido la intención de referirme -en este caso en términos elogiosos- a quienes, contra vientos y mareas, infundieron aliento a mi familia durante la dictadura así como más tarde, en esos difíciles años 60, cuando Viriato Fiallo era tratado sin miramientos de reaccionario arcaico y hasta de vulgar impostor. Admito que me hubiese gustado perennizar a través de mi libro las motivaciones íntimas y las trayectorias personales de esos amigos de la familia. Ignoro desafortunadamente los detalles de sus vidas. En esas circunstancias, lo más que yo habría podido hacer es citarlos sin bases sólidas en una que otra página, extemporáneamente, convirtiéndolos así en personajes superfluos de la saga familiar. Ellos desempeñaron, al contrario, un papel fundamental en la vida de los Fiallo y son por lo tanto dignos de mejor suerte. Además, en caso de haberlos mencionado, yo habría tenido miedo de omitir algunos por descuido, lo que de por sí hubiese sido una injusticia lamentable. Quizás algún día me daré a la tarea de rescatarlos del olvido, de develar los nombres de esos personajes que tanto contribuyeron al ambiente estimulante y sólido que reinaba en los hogares de mi familia. Mientras tanto, es preferible dejarlos tranquilos en el edén sereno del anonimato.

En mi libro he sido, pues, parco en la cita de nombres propios. Pero no por ello me he privado de hacer alusión a las tres figuras políticas claves del país durante el siglo recién concluido, las que dejaron una marca indeleble en la vida dominicana. Me refiero, por supuesto, a Trujillo, Bosch y  Balaguer. El primero sobresalió como déspota y criminal, el segundo como movilizador de esperanzas e ilusiones, el último como corruptor metódico y sagaz. Por supuesto, no todos ellos tuvieron el mismo impacto en la vida política dominicana, pero cada uno ejerció una influencia decisiva en el destino de nuestro país.

Estos influyentes personajes no pueden dejar de aparecer en mi libro. Este relato no puede dejar de mostrar, dada la naturaleza del mismo, las implicaciones para el país del liderato de esas tres figuras públicas. Santo Domingo no se recuperará del malestar cultural y moral en que ha caído hasta que no mire de frente a ese pasado turbio a través de un prisma renovado, limpio de sofismas e interpretaciones infundadas que han logrado abrirse paso hasta el subconsciente colectivo mismo de nuestra sociedad. Y es en aras de la necesidad de deshacernos de esos prejuicios y de esas deformaciones, y por ese motivo solamente, que me he decidido, en mi Final de ensueño en Santo Domingo, a hurgar en heridas de la historia que no acaban de cicatrizar.

De esas heridas abiertas, no dejo ninguna por recorrer. Las visito una a una, sin olvidar, por supuesto, el golpe de Estado de 1963. Estigma aparente de la trayectoria política de Viriato Fiallo, no porque él hubiese tomado parte en el mismo, pues no lo hizo, sino por haber ratificado la formación del triunvirato que se constituyó a raíz de dicho golpe. A este respecto, trato de describir las condiciones en las que mi abuelo adoptó su controvertida posición; trato también de analizar el fenómeno a la luz de acontecimientos ulteriores, tanto nacionales como exteriores a nuestro país. Pienso sin embargo que este artículo no es el sitio adecuado para tocar el tema y revelar mis puntos de vista. Prefiero dejar al lector la ocasión de descubrir por sí sólo, sin apéndice ni glosa, la totalidad de la argumentación que en el libro desarrollo y, no menos importante, la secuencia en que lo hago.

Se argüirá que me doy en este libro a un alegato vehemente que sólo vínculos sanguíneos pueden explicar; que una apología de Viriato Fiallo, y de la familia Fiallo en general, hubiese tenido mayor credibilidad de haber venido de alguien exterior a nuestro círculo y no de mí. Quizás; pero no estoy seguro de ello. ¿Quién hubiese poseído la información de primera mano, el lujo de detalles de que, por haberlos vivido, dispongo yo acerca de un mundo, el de mi familia, que jugó un papel activo en la historia dominicana en más de una oportunidad? ¿Quién hubiera podido describir, pintar, sin haber sido testigo directo del fenómeno como yo lo fui, la intrincada red de sentimientos caballerescos, de afán de altruismo y superación intelectual, que formaba la enjundia familiar?

Por el momento, sigue en pie un espeso muro de tergiversaciones y de silencio alrededor de lo que la familia representó. Durante la dictadura trujillista, mi familia y los disidentes en general suscitaban en el seno de la población una admiración y respeto apenas velados. Nada más natural, pues esa población era plenamente consciente del coraje de que había que dar muestras frente a una dictadura tan larga y sangrienta como la de Rafael Trujillo. Al mismo tiempo, sin embargo, por razones humanas, demasiado humanas -como diría Nietzsche-, esos disidentes engendraban un malestar existencial en aquellos de sus conciudadanos, en particular los políticos e intelectuales, que sirvieron al régimen sin un ápice de vergüenza. Mientras éstos se enlodaban en la complicidad, los disidentes se mantenían incólumes en el rechazo. Eran la prueba ambulante de que en la República Dominicana del tirano, sí había quienes osaban resistir. Por el simple hecho de no doblegarse, aquellos que resistían al tirano proyectaban una imagen moralmente insoportable para esos otros, quienes debían de percibirla como una acusación muda, como un negativo fotográfico de su propia miseria ética.

Más tarde, cuando Viriato Fiallo asumió la no codiciada función de líder de la revuelta que se organizó a raíz del tiranicidio, tratando luego de hacer realidad la indispensable destrujillización de nuestras instituciones y de nuestra vida pública, los cómplices del trujillato no escatimaron ninguna estratagema, no se privaron de ninguna falacia, para denigrar el embarazoso personaje, o por lo menos para despojarlo de todo crédito moral. Súmese a esto el hecho de que Viriato Fiallo no se prestó al maniqueísmo de clases a ultranza de los años 60, tan popular como peligroso para nuestra incipiente democracia, lo que le valió las iras de quienes habían sucumbido a esa pandemia ideológica. Viriato Fiallo terminó su recorrido político como un inocuo Gulliver de buenas intenciones, atado de pies y manos por pigmeos morales que nunca le perdonaron, unos su ejemplar conducta durante la dictadura, otros su aversión activa por el fanatismo ambiente de la época.

Esos detractores, tan disímiles como influyentes, han ocupado, por largo tiempo, prácticamente la gama entera de los matices partidistas del país. De ahí que no hayan tenido dificultad alguna en condenar a Viriato Fiallo, al igual que a sus hermanos Gilberto y Antinoe, al ostracismo póstumo del olvido. De éstos se habla sólo por casualidad y no siempre en bien. De lo que nuestros liliputienses tal vez no se den cuenta es que mientras más hermético ellos guarden el acceso a la verdad histórica, y mientras más tiempo ellos triunfen en sus designios, con mayor resplandor brillará esa verdad histórica el día en que, rebasados los prejuicios y sofismas, generaciones futuras de dominicanos derriben finalmente el muro que la circunda. Los Evangelios nos enseñan que de nada vale sellar tumbas con piedras imponentes para impedir que vuelvan a la vida quienes están llamados a resucitar. Y Viriato Fiallo, pésele a quien le pase, habrá de resucitar tarde o temprano de los escombros inmundos del olvido.