Visiones humanas del siglo XXI y sus facilismos perniciosos

Escribía el notable médico, psicólogo y filósofo español  Pedro Laín  Entralgo  en su presentación de un conjunto de ensayos y discusiones entre ilustres personalidades, trabajos  reunidos bajo el título “El hombre en el siglo XX” (Colección Guadarrama de Crítica y Ensayo, Madrid 1957) que “la vida humana es, ante todo, futurición” a lo cual Ortega añade que “al humano su pasado ya no le sirve”.

   Ya había leído la afirmación de Ortega acerca de que la vida es un proceso natatorio y que quien no nada, se hunde, se ahoga, lo cual me recuerda las palabras de un distinguido director sinfónico que ante ciertas dudas mías acerca de si tomar o no una decisión (que parece que no era tan trascendental, porque no la recuerdo) me dijo un pareado  que sí recuerdo y que, en tiempos de exámenes repetían los estudiantes en su cátedra universitaria norteamericana: “This is time to swim or sink/ sign the paper or drink the ink” (Es el momento de nadar o hundirse/ firmar el papel o beberse la tinta).

   Sencillamente la vida es movimiento, es decisión. Siempre y en todo aspecto.

   Pero la velocidad ha cambiado. Ahora todo es vertiginoso y aspira a mayores velocidades en logros y en ascensos raudos, alígeros y que no cuesten esfuerzo.

   Ciertamente se ha abierto un inmenso abismo entre los ricos de hoy –que ahora son multimillonarios- y los pobres –que ahora, al mantener más o menos su viejo nivel- están bombardeados por una publicidad que les impulsa a desear lo que no pueden poseer  y que nunca habían tenido ni generalmente anhelado: vivienda propia dotada de equipos electrónicos de “última generación”,  un “yipetón para levantarse un mujerón”, tomar whisky de doce años, comprar en boutiques de lujo…

   Todo eso era impensable en el fallecido siglo XX. Salvo para el inevitable grupillo de los poderosos.

   Ahora, prácticamente todos, quieren mucho sin realizar ningún esfuerzo.

   La electrónica, el Internet, la comunicación instantánea con el acontecer mundial, la publicidad engañosa que incluye hermosas muchachas como parte de la mercancía y que viene resultando un buen negocio para ellas y los patrocinadores, pero una estafa con sus promesas de ventajas formidables; todo eso está envenenando o enfermando multitudes en el mundo entero.

   Veo el drama de querer lo que no te corresponde dentro de la vagancia de pulsar las teclillas de un “control” prodigioso, cada vez más ágil, más capaz, más sugerente.

   El facilismo es el tóxico de este siglo. Ya lo había pronosticado Jules Verne, el admirable escritor francés (1828-1905). Para él, la raza humana se deterioraría totalmente por culpa de las facilitaciones.

No tendría que moverse debido a que controles eléctricos harían su trabajo. Sus músculos se atrofiarían por falta de uso. Luego la mente.

No habría que pensar ni calcular porque estas tareas estarían a cargo de aparatos inteligentes.

   Cuando leo acerca de la novedad de “torres inteligentes”, “carros inteligentes”… que ya están ahí, me entristezco.

   Pienso en los pobres, pienso en Verne.

   Pienso en los ni-ni.