“¡¡¡Viva México!!!… Disculpas, Sr. Embajador”

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“¡Píndaro! –grita Pigli-…¿Pa’dónde vas tan elegante? –pregunta sin contemplación-… ¡Voy con mi amigo Herminio a doblar la Campana de Dolores!… Recibí una invitación de nuestro amigo Salvador… Sí… ¡Ese mismo, el de la embajada!… Y tú.. ¿No recibiste una?”.. “Siiiiiiiiii…. Eso te iba a comentar… ¿Me das una bola hasta el hotel?”… -pregunta Pigli-, a lo que Herminio responde: “¡Te recojo a las 7!”…
Son las 7 de la tarde… Una tapón que tranca al más hábil… ¡Increíble!…. ¡¡¡45 minutos para cruzar sólo al centro de la capital!!!… Los tres han estado conversando sobre el abrazo de felicitación que le darán a su amigo Salvador… ¿Qué le van a decir?…. Quién de ellos va a tocar la campana?… De repente, están ya en el parqueo del hotel y ven unos militares de la Armada de la República Dominicana practicando la marcha de entrada al Salón de Recepción… Un paso por aquí, el otro por allá… Un Jefe de Tropa que comanda y con ello da órdenes mientras algunos rompen la cadencia… Pero, en sus rostros está el deseo de quedar bien ante la concurrencia que espera por ellos…
“Pigli, arréglate la corbata” –le dice Píndaro, mientras Herminio procede a hacer lo mismo-… Los tres inician también su marcha hacia la festividad… A la entrada, una línea de recibo entre los cuales se encontraba el Sr. Embajador Sr. Carlos Tirado y Maite, su esposa, saludan a cada uno de los invitados… Justo al final de ellos, identificamos a nuestro amigo… ¡Ahí estaba Salvador!… Moviéndose de aquí para allá… velando porque todo quedara como planeado… Una significativa representación del cuerpo diplomático acreditado en el país supo estar presente, mostrando su sentido de solidaridad… Junto a ellos, una interesante y numerosa muestra de dominicanos les acompañó…
En nuestras mentes estaba el deseo de hacer tañer la Campana de Dolores… Es que, en una fecha de Aniversario de la Independencia de México, ese es uno de los símbolos icónicos, junto a la figura del ángel en el Paseo de la Reforma, en Ciudad de México… Simboliza las Estaciones Insurgentes y, junto a la bandera guadalupana, el movimiento mismo de la Independencia de ese país… La campana original fue fundida en bronce el 28 de Julio del 1768 y se le dio el nombre de Esquilón San José, y se le destinó al campanario del pueblo de Dolores… Más de un centenario de años después, al presidente Porfirio Díaz se le antojó traerla a la capital hasta el balcón central del Palacio Nacional y, desde entonces, su tañido representa el grito a los cielos del mundo de la independencia de un gran país hermano…
“Mira Píndaro –indican Herminio y Pigli-.. ¡ahí viene entrando al salón la bandera de México!”… Pasa frente a ellos y, una vez en manos del señor embajador, la Banda de Música de la Armada Dominicana entona las notas del himno de ese país, para luego él dirigirse a los invitados y pedirles escuchar, con orgullo mexicano, el esperado y respetado sonido de una campana que, para la ocasión, fue colocada al centro de una significativa patriótica tarima… ¡¡¡Tan… Tan… Tan!!! –resuena la réplica de la Campana de Dolores…
Justo al finalizar este simbólico sonido, las palabras del Señor Embajador irrumpen con un patriótico, importante y sentido mensaje… Mientras sus palabras fluyen, Píndaro, Herminio y Pigli voltean sus cabezas hacia los invitados congregados –dominicanos y mexicanos- en la mitad opuesta del salón… parece que a un grupo de ellos se les ha olvidado el motivo del por qué fueron invitados… y, de que es ahí donde su educación debe aflorar… ¡Si es que la tienen!… Con vergüenza ajena, los tres se miran a la cara, bajan sus cabezas y, en su interior hacen una reflexión: Es momento de pedir disculpas al Señor Embajador y al querido pueblo mexicano ahí representado, por la falta de respeto puesta de manifiesto…
En un gesto de solidaridad, Píndaro se atreve a comentar al grupo de asistentes que le rodeaban: “A través de él, está hablando el pueblo de México… ¡Por favor, vamos a tributarle nuestros respetos, sólo escuchándole!”…
Y, en esta entrega, Píndaro externa: “Hoy quiero ratificar ese sentir y, al mismo tiempo con nuestras disculpas al pueblo mexicano, gritar a mandíbula batiente: ¡¡¡Viva México!!!”.