Vivencia estética en los encuentros del Interiorismo

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Un elemento que nunca deberá ser pasado por alto cuando se estudie el Movimiento Interiorista es la maestría con que lo ha orientado su creador y conductor, don Bruno Rosario Candelier. Y no me refiero a su capacidad extraordinaria para plantear conceptos teóricos a base de los cuales pueden, quienes se arropan bajo este manto estético, producir la belleza por medio de los sentidos. Tampoco me refiero a su tenaz labor de promoción y captación de escritores para que promuevan en sus creaciones los postulados de esta escuela y tendencia literaria. Al punto que me refiero es al acto de mostrar por medio de la práctica del quehacer grupal los elementos que han de definirnos, algo que se manifiesta por la insistencia del maestro en permear nuestras conciencias con determinados conceptos.

Para nosotros es conocida la palabra logos. Por su amplia preparación en filología, muchos deben manejar sus aristas. Lo que es común en la misma proporción a todo quien haya participado en alguna velada interiorista es el perseverante martilleo con que el doctor Rosario Candelier trata de ablandar nuestra coraza asimilativa para que absorbamos no solo los pormenores etimológicos y semánticos de este vocablo, sino su significado esencial en cuanto a que “el logos encierra la esencia del espíritu en cuya virtud el hombre piensa, habla y crea”.

Yo creo que esta loable tarea es ya, de por sí, un extraordinario mérito para el creador del Interiorismo, porque nos pone en el camino para desarrollar la conciencia humana, propiciar la capacidad reflexiva y fecundar la vida del espíritu. Son pocos los encuentros y los trabajos que en ellos presenta nuestro guía, en que no trate este concepto. Rosario Candelier enseña que el logos canaliza la esencia de la sabiduría universal archivada en la memoria cósmica. Ese concepto lo han asimilado muy bien y lo han vivenciado en los encuentros del Ateneo Insular los interioristas Pedro José Gris, Ramón Antonio Jiménez, Oscar de León Silverio, Sally Rodríguez, José Frank Rosario, Iki Tejada, Tulio Cordero, Carmen Pérez Valerio, Guillermo Pérez Castillo, Carmen Comprés, Ángel Rivera Juliao, Manuel Salvador Gautier, Ofelia Berrido, Rafael Peralta Romero, Emilia Pereyra, Miguel Solano, Fausto Leonardo Henríquez, Jennet Tineo, Melania y Pura Emeterio Rondón, Noé Zayas, fray Pablo de Jesús, Eduardo Gautreau, Rafael Hernández, Roxana Amaro, Gisela Hernández, Quibian Castillo, Eddy Sosa, fray Jit Manuel Castillo, Roberto Miguel Escaño, entre otros.

¿Qué es en realidad una vivencia estética? Sin muchos aspavientos podríamos llegar a la conclusión de que es el estado de trasmutación en que se sumerge el ser al pasar por una experiencia artística, ya que por estética se entiende la reflexión sobre el arte hecha desde el terreno de la filosofía cuya finalidad es analizar el momento de la recepción o interpretación de la obra artística. Es decir, la vivencia estética no debe ser una aventura aislada y pasajera, ni mucho menos mosaicos de percepciones; tienen que ser experiencias modificadoras de nuestras actitudes que nos hagan replantear el concepto de la belleza que, antes de vivirla, teníamos sobre la creación de una obra. Voy a hacer un deslinde entre las vivencias estéticas experimentadas durante los pasados diez años en los encuentros interioristas en que he participado, tomando como referencia, por un lado, el contenido de las obras que se someten a consideración y, por otro, el roce personal con los autores que las producen. Sin lugar a dudas que ha de sufrir una metamorfosis en su apreciación artística quien se encuentra ante los postulados de una “tendencia estética que revela la verdad subjetiva de las cosas expresada como certeza de la conciencia mediante el lenguaje de la intuición”, según sostiene Rosario Candelier. Esa para mí es la primera vivencia de un interiorista, acostumbrados como estamos a apreciar la belleza literaria a través de obras elaboradas bajo los tradicionales cánones de ficción mimética y mítica. De hecho creo que quien no puede asimilar esta vivencia no logra pasar jamás por el tamiz que representa la inserción en el Interiorismo y de ahí las veleidades y dudas tan conocidas entre nosotros. Pero una vez logramos insertarnos en la dinámica planteada por los preceptos que nos rigen y empezamos a entrar en contacto con la obra de los creadores interioristas, las vivencias estéticas se van acumulando de tal forma que vamos a dar con un ser desconocido en lo profundo de nuestra esencia. Así se refrescan “los poros del alma” en el lenguaje místico de la conciliación con el Todo, según fray Pablo de Jesús: “Ahora que está pasando la noche/y que está sonando el canto desgarrador/del pavo real enamorado, /cae la lluvia de la negrura íntima,/refresca hasta los poros de mi alma, /y en la cama del amor, /por fin apaciguado,/duermo contigo, oh Altísimo, duermo dentro de Ti”. O cuando hacemos un descubrimiento tan limpio como la verdad poética de Ramón Antonio Jiménez: “Después del resplandor del lirio/la palabra es sombra”.

Pero si el contacto con estas creaciones nos inmuta hasta el punto de replantear nuestra actitud ante la obra de arte, no es menos importante la conmoción que puede producir en nuestro ser la relación con sus artífices. Ya he planteado que el Movimiento Interiorista me parece más que una simple corriente estética, una forma de vida. Soy uno de los que pueden dar fe sobre la apertura de criterios para componer o expresarse en este movimiento literario. Inclusive entre los mismos poetas que se dedican a cultivar una vertiente específica dentro del Interiorismo (la mística, por ejemplo), es fácil detectar la diversidad de criterios en cuanto al concepto que se tiene del hombre y su rol en la sociedad, así como de las variadas formas en que pueden manifestarlo. Y esto es mucho más notable si lo ampliamos a la extensión del grupo, donde Pedro José Gris puede contrastar y coincidir con la eclecticidad de Manuel Salvador Gautier sin que ello cree una subordinación o rechazo de uno hacia el otro; o donde la sagacidad interpretativa y el buen juicio intuitivo y didáctico de Carmen Pérez Valerio interpelan sin crear ruptura la pasión de Ramón Antonio Jiménez; o donde el juicio estético del narrador Rafael Peralta Romero se puede amalgamar con la verticalidad de la poeta Carmen Comprés; o donde el profundo escrutinio de misterios de Ofelia Berrido hace causa común con la llana y sistemática capacidad apreciativa de Pura Emeterio Rondón; en fin, donde todos, asiduos y eventuales, en un momento determinado, podemos despojarnos de nuestros intereses creativos particulares y sentarnos en derredor de la hoguera metafísica que nos convoca y aglutina, para hurgar nuestros adentros en busca de la causa común: desentrañar el misterio de la belleza y el sentido creado a través de la palabra por medio del lenguaje intuitivo que nos proporcionan nuestros poderes interiores. Este es, entre otros aspectos, uno de los grandes aportes que va a legar a la historia literaria el Interiorismo de Bruno Rosario Candelier.