Vivencias revolucionarias

POR   JOSÉ LOIS MALKUN
Al celebrarse otro 24 de abril, y con motivo del 42 aniversario de esa gesta histórica, quiero contarles los acontecimientos previos que dieron lugar para que yo, por pura casualidad, entrara a formar parte de este movimiento, sin que con ello quiera propiciar risas ni burlas.

Vivía en el barrio San Miguel, donde vivía mucha gente aguerrida, forjada al calor de las luchas barriales y los movimientos antitrujillistas. Recuerdo que ya en el 1958, cuando tenía apenas 13 años, se hablaba contra Trujillo, porque no fueron pocos los migueletes que desaparecieron de sus hogares por la persecución de la dictadura.

Cuando el régimen cayó, tenía 16 años y comencé a participar en muchos de los movimientos populares de la época. Eso sí, corría más que una gacela. Recuerdo que hice un récord entre el Parque Independencia y el barrio San Miguel, cuando se iniciaron los tiroteos indiscriminados del ejército que dejaron varios muertos y heridos. El padre de Leonardo y Reynaldo Sanz Delgado, dos de mis mejores amigos del barrio, cayó muerto en ese trágico evento (lo llamábamos, cariñosamente, Don Gengo).

Pero resultó que frente a mi casa en la 19 de Marzo y apenas a media cuadra de la familia Sanz Delgado, vivía la madre y los hermanos del coronel Cuervo Gómez, que comandaba las tropas de tanques que cometieron la masacre del parque Independencia en 1961. Una hora después de mi carrera hasta el barrio, llegó una muchedumbre enardecida y le prendió fuego a la casa de los Cuervo Gómez. Mi madre y yo sacamos a esa familia de la casa y le dimos refugio en la nuestra, mientras el calor del fuego sofocaba todo el ambiente.

En el 1962 comencé a trabajar en el INVI. Tenía 17 años. A partir de ahí mis inquietudes revolucionarias se tranquilizaron porque el empleo y el ingreso tranquilizan a cualquiera. Estudiaba el bachillerato de noche y trabajaba de día. Pero después de que los neotrujisllistas tumbaron a Juan Bosch en septiembre del 1963, resurgió esa mierda revolucionaria en mi cabeza. Fue entonces cuando comencé a leer a Marx, Lenin y la dialéctica hegeliana sin entender mucho el fondo del asunto, pero que me hacían pensar de manera diferente.

Así llegué hasta el 24 de abril del 1965 cuando se inicia la revolución. Al principio todo era confusión. Veía soldados en las calles apoyando a los nuevos líderes militares que habían tumbado el triunvirato y a las masas que corrían de un lado a otro gritando consignas “vuelta a la Constitución”. Los partidos reorganizaban sus cuadros y los más valientes salían armados a luchar en el puente Duarte junto a los militares constitucionalistas, enfrentando a las fuerzas de San Isidro que apoyaban la dictadura. En el barrio nos reuníamos en las esquinas a vociferar y a escuchar las noticias sobre lo que pasaba cada minuto del día.

En eso llegó la noticia de que un grupo de soldados y combatientes civiles estaban tratando de asaltar la fortaleza Ozama. Al enterarnos, algunos nos decidimos arrancar para allá porque la inanición nos consumía. Otros prefirieron mantenerse al margen.

Después de muchas escaramuzas y disparos contra la fortaleza, donde yo era un observador detrás de las paredes aledañas, apareció un tanque de guerra, yo no sé de dónde, que se ubicó en la calle Padre Billini y comenzó a disparar cañonazos contra el muro de la fortaleza. Finalmente el muro cedió y las masas comenzaron a entrar mientras los soldados huían y se tiraban del lado del río. Y con esa masa entré yo y me hice de una ametralladora Fal y un revólver calibre 38.

Al llegar al barrio, me exhibía orgulloso con mi ametralladora, pero sin saber qué iba a hacer con ella. No sabía ni como ponerle el seguro o quitarle el peine. En eso se comenzó a organizar un comando del MPD en la Escuela Argentina en San Antón. Como tenía varios amigos que militaban en esa organización, uno de ellos me dijo que entrara al comando de la escuela que ahí me enseñarían de todo. Así comencé a recibir instrucción política y militar de Maximiliano Gómez (el Moreno), de Amin Abel, Otto Morales, Henry Segarra y de muchos otros líderes del MPD que hicieron historia.

Pero me di cuenta un poco tarde de que este comando del MPD, a diferencia de los otros, no era para entrenarse dos horas y salir a pasear el resto del día, durmiendo tranquilamente en tu casa. Aquí el entrenamiento duraba 12 horas y el resto era para descansar, comer y dormir en el suelo pero sin salir del recinto. En las noches se hacía turnos de vigilancia permanente y todo funcionaba como un cuartel militar.

Me fui cansando y aburriendo mientras pasaban los días y luchaba contra mi mentalidad pequeño burguesa para no desistir e irme a mi casa. Hasta que llegó el 15 y el 16 de junio, cuando se inició la avanzada militar de las fuerzas extranjeras para tomar el centro de la ciudad. La batalla se concentró en los alrededores de las ruinas de San Francisco y en La Atarazana, precisamente frente a nosotros. 

Fue la única vez que combatí y donde conocí el miedo en su máxima expresión. Pero en esas 48 horas de combate, se luchó con todo lo que se tenía y se frenó el avance enemigo, aunque varios de los compañeros con los que había compartido muchas noches y días, cayeron abatidos por las balas. A ellos, héroes anónimos de la revolución de abril, les dedico este artículo con mis oraciones, porque aun hoy los llevo en mi memoria.