Clausura impresionante

La popular artista de Colombia Shakira, al centro, encendió la ceremonia de clausura de la Copa Mundial de Fútbol durante la última jornada ayer
Río de Janeiro. EFE. Shakira levantó ayer el estadio Maracaná de Río de Janeiro en la fiesta de clausura del Mundial, antes del partido entre Alemania y Argentina, que tuvo a la samba como gran protagonista.
El «la, la, la», estribillo de la canción «Dare» de la cantante colombiana, causó un bramido en las gradas del estadio carioca, que estaba a media capacidad cuando Shakira hizo irrupción en el escenario, en el centro de una inmensa bandera brasileña tendida sobre el césped. El resto de la ceremonia, de 18 minutos de duración, tuvo cierta acogida entre los hinchas brasileños, pero no así entre los argentinos y alemanes que copaban las tribunas y recibieron con cierta frialdad las coreografías de los bailarines de samba.
Con la acústica del estadio al límite, los tambores y timbales de un centenar de percusionistas de la escuela de samba Grande-Río retumbaron durante toda la fiesta que calentaba motores para la gran final del Mundial de Brasil.
La samba, música nacida en las favelas del centro de Río de Janeiro, a poca distancia del estadio Maracaná, impregnó toda la ceremonia. Los «mestre-sala» y portabanderas, dos de las figuras más importantes de las escuelas de samba del carnaval carioca, vestidos con sus típicos vestidos pomposos y llenos de lentejuelas, enarbolaron las banderas de cada uno de los 32 países participantes en el Mundial. El repique de los tambores abrió la fiesta, puntualmente a las 14.20 (17.20 GMT) dando paso a decenas de parejas de bailarines, que brevemente ensayaron algunos pasos de tango y de baile de salón de inspiración alemana.
Luego un par de hileras de mulatas, las bailarinas de los carnavales, con diminutos disfraces dorados que hacen alusión al trofeo, hicieron su entrada a la vez que dos jugadores vestidos con los uniformes de Argentina y Alemania.
La fiesta contagia aún sin los dueños de casa en justa
Río de Janeiro. EFE. Una fiesta sin anfitrión, una euforia de miles en casa ajena seguida con nervioso celo por las autoridades brasileñas para conjurar excesos ha estallado ayer en Río de Janeiro con las primeras luces del 13 de julio. Pudo haber sido antes pero los ocupantes de las caravanas de automóviles llegados desde territorio argentino se dieron ayer una tregua para reunir fuerzas tras el desgaste de sus descomunales viajes terrestres.
Quienes arribaron procedentes de Ushuaia, la ciudad argentina más lejana de Río de Janeiro, debieron atravesar unos 5.587 kilómetros en tanto que desde Buenos Aires el trayecto.