Creación
David en el Museo del Louvre
Ahora Jacques-Louis David, tal vez el pintor de historia más exclusivo, es el artista expuesto en el Louvre. Se muestran algunos de sus cuadros más célebres

Bonaparte en los Alpes, óleo sobre tela.
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El lunes 20 de octubre en la mañana, una noticia sacudió el ambiente parisino: habían robado en el Museo del Louvre, las “joyas de la corona” o coronas de joyas… En siete minutos, sin enfrentar problemas. ¡Un montacargas en el exterior, una ventana quitada, fue casi una jugada! El mundo entero se enteró y se asombró. Cerraron el museo de inmediato, luego el martes era el día de cierre semanal.
Aunque muy pronto descubrieron a los autores y apuntaron la insólita falta de seguridad del museo más grande y frecuentado en el planeta, la reapertura - el miércoles- no congregó la multitud de siempre… y así pudimos ver la esplendorosa exposición de Jacques-Louis David. Supimos que, a los muy pocos días la reservación por internet era obligatoria… y cómo la gente, desprevenida, se sentía frustrada.
Jacques-Louis David, un pintor parte de la historia
Probablemente, no hubo en Francia sino en el Occidente, un pintor más identificado con la historia, por sus obras que se refieren a celebraciones, personajes, dramas históricos contemporáneos, y aun a momentos claves, simbólicos, singulares de la Antigüedad griega y romana, igualmente importante en su estilo y sus modelos, él mismo lo decía.
Sin embargo, lo que más nos impacta es que Jacques-Louis David participó en la historia como hombre y ciudadano, comprometiéndose en los hechos y épocas tal vez más turbulentos y excepcionales de Francia. Este compromiso incidió directamente en su vida y su condición de pintor. No hay ningún artista que se le pueda comparar en esta ambivalencia, más bien una polivalencia, siempre asimilada enérgicamente.
Por tanto, para apreciar la creación y creatividad de David, hemos de conocer su vida, larga para la época: nació en París en 1748 y falleció en 1825, exiliado en Bruselas.
Después de una formación profesional, intensa y extensa en Francia e Italia -los cinco años en Roma fueron determinantes-, inició en París una carrera pronto exitosa, poniendo en práctica los conocimientos adquiridos, las lecturas de pensadores y las convicciones personales, por la libertad y en contra de la monarquía absoluta, hasta aquella tradicional como la de Louis XVI.
Para Jacques-Louis David, hacer arte no podía disociarse de actuar en consonancia con su ideología. Lo demostró durante toda su vida, lo demostraron sus obras.
Por tanto, nuestro análisis tendrá dos enfoques: la primera parte seguirá el compromiso del ciudadano, su constancia y sus consecuencias, mientras que dedicaremos la segunda al comentario de las obras. Será un estudio muy relativo y parcial, por la inmensidad del personaje y de su producción. Bien lo calificó Sebastien Allard, director del Departamento de las Pinturas y Comisario de la exposición: “Jacques-Louis David es un monumento de la pintura”.
Un compromiso irreductible
Rápidamente, Jacques-Louis David ingresó a las filas de la Revolución, emprendiendo una participación jamás desmentida. Más aún se radicalizó con pasión al compás de los excesos. Diputado de la Convención nacional, votó por la muerte de Luis XVI y fue miembro activo del Terror, la época más cruel y sombría de la Revolución. Llegó hasta votar la decapitación de sabios e intelectuales, de grandes liberales que le sostuvieron en su ascenso artístico.
Muy próximo a Robespierre, David hasta declaró que “bebería la cicuta” junto a él, pero no le acompañó en la muerte. Sin embargo, sus convicciones y palabras le hicieron arrestar cuando detuvieron el Terror, y que sus temidos activistas, recíprocamente, fueron ejecutados. Tuvo la suerte de una amnistía, pero se sentía profundamente desilusionado…
Ahora bien, surgió el General Bonaparte, personalidad impresionante y seductora que, para David, auguraba un nuevo destino para Francia, prometedor y ajeno a la monarquía. El artista, muy famoso desde hace largo tiempo, seguiría a Napoleón Bonaparte hasta el final.
David, Napoleón y el retorno de la monarquía
Entre David y Napoleón, había un aprecio grande y muy especial. Jacques-Louis David era el Pintor oficial del Imperio, y figuran entre sus pinturas sublimes los retratos del futuro emperador, y por supuesto el magno despliegue del “Sacre de Napoleón” – “sacre” significa coronación”-. De hecho, esta composición casi increíble, inmensa, imponente, descriptiva, laudatoria, era “La coronación de la Emperadora Josefina”.
Ahora bien, el autoritarismo de Napoleón matizaba el aprecio que tenía por David. El mismo Jacques-Louis se daba cuenta de que el Imperio no era el régimen político soñado, pero permaneció fiel a Napoleón hasta sus derrotas, los Cien Días y su exilio.
El retorno de la Monarquía, con Luis XVIII en 1816, no perdonaba a los regicidios: exiló David a Bruselas -negado a solicitar una amnistía-. Allí, el incomparable pintor pasó los últimos años entregado a su arte y falleció en 1825. A pesar de los esfuerzos de la familia, su cuerpo no pudo ser repatriado a Francia. ¡Último drama de un genio!
(Continuará).