El mundo de José Cestero

Cestero
Cuando alguien fallece, se suele decir que se fue al otro mundo. José Cestero no se fue al otro mundo, sino a su mundo. Hace veinte años – ¡20 años no son nada! – habíamos expresado: “Todos sus amigos saben que José Cestero es hermano de Vincent Van Gogh, primo de Toulouse-Lautrec y Pablo Picasso, tataranieto de Diego Velázquez, entre otros parientes célebres, y más recientemente han descubierto su parentesco con la mexicana Frida Kahlo”.
La genealogía de José Cestero no tiene límites en el tiempo ni en el espacio. Por supuesto, este gran dominicano, nacido en Santo Domingo, estuvo emparentado, real y simbólicamente, con gente de su tierra, de su región, de su continente: ellos gravitan numerosos en sus dibujos y pinturas.
Puede leer: Solanny Almánzar nos regala una historia de superación que transforma el dolor en esperanza
Artista comprometido
Así, la vida no tenía término para José Cestero, y los compañeros dentro de sus obras podían estar en plena actividad o morar hasta en los siglos de los siglos… Cobraban vigencia física, moral, intelectual, emocional por supuesto y a menudo primero. Si él les invitaba a sus cuadros – un sinónimo de “su casa”-, eran sus allegados, y por el tratamiento que les brindaba, se convertían, aunque siempre reconocibles, en autorretratos espirituales, mientras su propio autorretrato podía departir con ellos alegremente… Nunca surgía un conflicto.
La jerarquía y el éxito no eran valores discriminatorios: recordamos a José Cestero charlando con Fernando Botero como dos viejos amigos en frente de la Catedral Primada. ¡Era el estelar colombiano quien había llegado hasta él! Vemos aun aquel mural impresionante al siluetar la plaza y definir ambos protagonistas, pero no se conservó, desafortunadamente.
La fama, el poder, la holgura no constituían privilegios para figurar como elegidos de escenarios pictóricos. José Cestero asumió al respecto una posición militante, no solamente en sus obras, sino como ciudadano y miembro de “Arte y Liberación”, sin olvidar luego su integración a la contienda patriótica de Abril 1965.
Ahora bien, los pobres, los “jodidos”, hasta los insanos ocupaban un sitial… en El Conde, casi Calle Cestero. No solo se apiadaba de ellos, que sea la Cieguita tullida o el Doctor Anamú. Eran sus Homenajes… Así Cestero consideraba esos retratos, tan especiales, espontáneos y semejantes. Por cierto, homenajeó a muchas personas, conocidas (por él o no) … porque las sentía próximas. Buen ejemplo es el de Frida Kahlo, a quien representó, flameante, encantadora, cejijunta, con un monito familiar.
La realidad imaginaria
No solo le inspiraron, y él alojó en su obra, personas reales -según imágenes del presente o del pasado-, sino personajes puramente imaginarios, que cobraron una vida perenne en la literatura… El más célebre y celebrado universalmente es Don Quijote de la Mancha.
Ningún apasionado por el arte ha olvidado la formidable interpretación que brotó del pincel de Cestero, fiel al legado espiritual de Miguel de Cervantes y su “caballero andante”. Del conjunto fabuloso sobresale una obra maestra singular, acorde con un creador visual cuya mente dictaba impulsos arrebatadores a su genial mano.
Aquel autorretrato, aquella repetición de un cuadro dentro del cuadro, llamada técnicamente puesta en abismo, duplica y superpone las hazañas de El Quijote y de Cestero. No hay en el arte dominicano una obra comparable, aparte de su fuerza y luminosidad excepcional.
Más recientemente fue Gabriel García Márquez que inspiró a José Cestero, y ciertamente no hay un artista -¡los hubo por decenas tal vez!- que haya puesto en imágenes los héroes y los ambientes de “Cien años de soledad” como nuestro Cestero lo hizo… A este respecto, vale mencionar la gestora cultural Verónica Sención y su papel en aquella hazaña artística, igualmente en la del Quijote.
Si el magno escritor y Premio Nobel colombiano, estricto y absoluto en sus apreciaciones, hubiera conocido a José Cestero y él hubiera descubierto la imprevisible resurrección pictórica de Macondo, le habría felicitado y declarado amigo. Las ilustraciones fueron una proyección perfecta del original, en toques y huellas, en colores y signos. Hasta el retrato de García Márquez por Cestero, parecido entre chispas amarillas, se convirtió en un poema visual.
Coda
Ojalá José Cestero, Premio Nacional de Artes Plásticas – no existe un Nobel de arte-, haya viajado a su mundo real -maravilloso de criaturas verosímiles. ¡En las constelaciones que iluminan la noche celestial, cuántos sueños no habrán divisado al supremo maestro con su inseparable e inconfundible sombrero. ¡Que descanses, querido José Cestero, en la paz de tu cosmos infinito!