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POR LEONOR ASILIS
Siempre es oportuno reflexionar sobre una de las cualidades más lindas del ser humano: el agradecimiento.

Hoy la iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, y a modo de paralelismo, entendemos que ver la acción de Dios en nuestras vidas es una forma de verlo transfigurado en nosotros, y ante tal acontecimiento, debemos postrarnos ante Él, con amor y agradecimiento.

Tenemos en el evangelio un ejemplo muy gráfico. Se trata sobre aquel hecho en la vida de Jesús cuando diez leprosos le pidieron a nuestro Señor que les tuviese misericordia y les curara de su enfermedad.

Tomemos en cuenta que la lepra no sólo era una enfermedad que acarreaba un gran dolor físico sino también social ya que debido al mal olor que se desprendía del cuerpo y el posible contagio hacía que la gente le huyera a quien la padeciese.

Nos debe llamar a la introspección recordar la pregunta que le hizo Jesús

al único que, una vez curado, se devolvió a darle las gracias: y ¿dónde están los otros nueve?

Decimos esto porque a pesar de que posiblemente no sea la enfermedad de la lepra lo que Jesús nos ha sanado, existen en nuestras vidas múltiples bendiciones que posiblemente no le hayamos agradecido.

Ante la reflexión sobre este hecho pienso que el agradecimiento no sólo es un deber de caridad sino ante todo de justicia a quien nos hace algún bien.

Como hemos visto, Jesús es el primero en valorar este gesto de nuestra parte y no hay quien no tenga que agradecerle a Él muchas gracias especiales.

El primer don gratuito que observo es la vida, y por supuesto la fe; esa fe que debemos cuidar y alimentar pidiéndole al Señor como hicieron los apóstoles: “auméntanos la fe”. Qué maravilla si tuviésemos esa fe que mueve montañas.

En fin, continúo diciendo que cada uno de nosotros podría citar múltiples dones particulares que de sólo pensarlos y por supuesto valorarlos tendríamos una sonrisa abierta permanentemente y alabaríamos constantemente las bondades de nuestro Dios.

Dice San Pablo en su segunda carta a los tesalonicenses que el alma sería ingrata para con Dios si se atribuyera lo que le proviene de Él.

Precisamente en esta actitud, tan soberbia y malsana, caemos muchas veces al considerarnos los responsables absolutos de nuestros logros y triunfos haciéndonos ciegos, sordos, y mudos ante la mano poderosa, detallista e interceptora de nuestro Dios en nuestras vidas.

En cuál actitud nos colocaríamos, una semejante a la de los nueve ingratos o por el contrario, la del corazón agradecido.

Crezcamos en esta actitud de agradecimiento, primero con Dios y luego con nuestro prójimo y veremos la gloria de Dios.

Leonor.asilis@verizon.net.do

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