Vladimir Velázquez Matos – Las manos en el hormiguero

Recuerdo una vez cuando era muchacho que queriendo saber cómo era la conformación exacta de un hormiguero, me puse a hurgarlo hasta las profundidades que me permitía una ramita encontrada por allí, percatándome al poco tiempo, durante mi sádica faena de remoción de túneles y matanza de bichos, que cientos de hormigas, tal vez centenares de miles de las que más pican, las “Caribe”, habían salido de todas partes para atacar a este entonces pueril invasor, quien corriendo despavorido con ronchotas enormes y con un molestísimo escozor en todo mi cuerpo, aprendí la dura lección de nunca más jurungar los hormigueros.

Y así como son de potencialmente terribles los hormigueros, lo son los panales de abejas, de avispas, las madrigueras de alacranes y tarántulas, y del insecto volador más grande y peligroso que existe, cuyo veneno corroe la carne y al ser expelido en el rostro de su víctima produce ceguera permanente: el abejorro nipón.

Pero ninguna de estas criaturas es realmente tan mortífera y atroz como lo es una, la cual no sólo es capaz de matar personas, sino de borrar todo vestigio de civilización de tener la excusa y los recursos apropiados en sus manos, y que como en el hormiguero que de niño estuve con sádica delectación destruyendo, en donde sus minúsculos y bien organizados habitantes me devolvieran el golpe con dolorosísimas picaduras por todas partes, hoy, cuando ha sido torpemente removidas sus supuestas madrigueras por la estulticia de un grupo de aventureros políticos y empresarios petroleros, comienzan a perpetrar todo el horror que ya avizoraba la ciudadanía consciente del mundo, y cuyas víctimas han sido simples trabajadores y estudiantes, gente inocente de las torvas maquinaciones de sus gobernantes. Me refiero al criminal atentado terrorista en Madrid el pasado 11 de marzo, y a la irresponsabilidad del gobierno derechista de José María Aznar.

Y es que un hecho como éste, horrendo, abominable, repulsivo desde todo punto de vista, tan macabro y diabólico como lo fue el 11 de septiembre (el famoso 9-11, que paradójicamente lo separa de aquel 911 días exactos, como si un poderoso designio numerológico o cabalistico así lo hubiese conjurado), jamás se hubiera regado como la pólvora a nivel global de haberse tomado las medidas pertinentes de lugar, es decir, de utilizar los mecanismos legales y diplomáticos de las organizaciones internacionales como la ONU, así como incorporar un amplio despliegue policial y de inteligencia para trabajar de manera mancomunada a fin de contener y desmantelar en base a un manejo racional y prudente a estos grupos terroristas, evitando el despliegue de todo ese abracadabresco e innecesariamente intimidatorio aparataje ultratecnológico ideológicamente neofacistoide de la guerra preventiva, abriendo una insondable caja de Pandora que, contrariamente a lo predicado por sus cantinflescos promotores, ha convertido a este planeta Tierra en un lugar mucho menos seguro que antes para vivir.

Al ver por televisión y leer en la prensa todos los pormenores de este atentado, con la grosera manipulación del gobierno para tapar los hechos y adjudicárselos a ETA en vista de la cercanía de las elecciones, además de narraciones tan dantescas que aún me producen escalofríos, de todos esos cadáveres despedazados amontonados por los bomberos, la guardia civil y voluntarios en algunos rincones, y en donde se podían escuchar cómo todos y cada uno de los celulares que portaban no paraban de sonar con llamadas de sus familiares para saber si sus seres queridos estaban bien, de que este era el fin de la irresponsabilidad, del irrespeto a los valores más elementales de una gestión mentirosa y altanera frente a la dignidad de todo un pueblo; y así fue.

Y lo mismo está ocurriendo en Estados Unidos, en donde la megalómana campaña antiterrorista de Bush y sus aliados está produciendo durísimas críticas, principalmente por su contendor y más que probable ganador de las próximas elecciones, el senador demócrata John Kerry, por el nulo avance (o más bien retroceso) de la posguerra en Irak, en donde cada día mueren varios soldados norteamericanos o hay un atentado terrorista con múltiples bajas civiles, como el atentado reciente al hotel Palestina donde cinco edificios volaron en pedazos, y sin que la autoridad norteamericana pudiese hacer absolutamente nada para impedirlo.

Por eso antes de meter la mano ante semejante hormiguero como lo es el terrorismo, lo responsables de mayúscula insensatez y disparate, como atinadamente denominó el recién electo presidente español, José Luis Zapatero, a la aventura en Irak, debieron preveer todas las funestas consecuencias que ello traería.