Voces de abril

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Cuando Pedro de León,  encargado del departamento de Memoria Oral del Archivo General de la Nación me contó los alcances de ese inaugurado archivo de las voces de un pueblo, cuando Manuel Arias  me narró el testimonio vivo de Mingo sacando a la calle el tanque Pueblo y cuando  el profesor Jesús Díaz, Director del Departamento de Trabajos Especiales me detalló paso a paso los alcances del sueño de un grupo de historiadores, profesores de la UASD, pasantes de sociología y mucha gente joven dirigidos por el doctor Roberto Cassá, entonces, las fotos, las voces, los viejos registros de pasados esplendores, la gesta inconmovible de un pueblo sufrido pero valiente cobraron vida.

Fue como esas moviolas de los viejos editores de cine que empiezan a moverse y pasan la película en un ir y venir por la historia, desde el presente hasta el pasado.

Cuando en la Fototeca me mostraron las imágenes de abril, de Senén, de los norteamericanos, del comandante disparando a la ignominia,  cuando Pedro y Manuel le pusieron música  y poesía  a las voces de abril,  esos personajes que uno creía muertos, apresados en el transcurso de 43 años cobraron vida, cantaron, lloraron, pelearon.

Se encarnaron  en el gesto  inmortal de Senén Sosa.

Senén Sosa era un simple hombre del pueblo, que con un puño en alto y el corazón en la otra mano le plantó cara al marino norteamericano. Un dominicano de la calle que se negó a recoger la basura a punta de ametralladora y que dejó indeleble en la fotografía de Terrero el gesto que encarna la gallardía de un pueblo en 1965.

Senén Sosa, su mano en alto, el gesto bronco,  el puño cerrado y la cara altiva recuerda esa estrofa del poema de René del Risco Bermúdez cantando el valor combatiente de Jacques Viau cuando dice:

“No es morir así, sencillamente, morir…(…) No es haberse arriesgado. Haber estado de frente a todos los cañones. Sino haber permanecido fiel a cada paso, haber tenido la cabeza y el corazón llenos de la bondad del pueblo, de los errores del pueblo, de la dura doctrina del pueblo.

(…) No fue simplemente  morir, que eso sucede a cada instante,

! Fue dar la cara para siempre …!

En ese “dar la cara para siempre” está la clave  de esa encrucijada social, que cuarentaitrés años  después resume un hito histórico en la vida del pueblo dominicano.

Dicen que los poetas van siempre por delante de sus pueblos, por eso abril es un capítulo de poesía total.

Es la poesía visual de sus muros, de la palabra,  de las letras, de las armas,  de sus voces que graban la memoria oral  de su gente, la poesía de la música  y del imaginario de un pueblo que escribe, ama, canta y  pelea desde  las raíces, que son las que perviven.

Carl Jung decía que la vida le parecía como una planta que vive de su raíz. 

“(…) la verdadera vida no es visible y se esconde en la raíz,   porque lo que se ve por encima del suelo dura tan sólo un verano y se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se piensa en las generaciones y procesos de la vida y de las culturas, se tiene la sensación de una nulidad absoluta; pero yo nunca he dejado de experimentar el sentimiento de algo que vive y subsiste bajo el cambio eterno. El retoño perece,  pero la raíz subsiste”. Por eso abril es para los dominicanos ese sentimiento del que habla el psiquiatra suizo.

Esa raíz que pervive, que  imbatible reverdece cada  primavera, que augura la floración proteica de lo mejor y más  puro del alma dominicana, es la sangre ardiente, bizarra, incontaminada de sus mejores hijos,  que cada cambio de estación renace de la raíz ancestral,  sobrevive los cambios de la eternidad y fiel a los mandatos de la sangre y a la bondad del  corazón  “da la cara para siempre”.