Wao… Junot Díaz y lo dominicano

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Quizás porque hace poco tiempo que salió en español la edición de la primera novela de un autor dominicano que gana el afamado Premio Pulitzer, el país no ha tenido la oportunidad de leer “La maravillosa historia de Oscar Wao” de Junot Díaz.

Porque de haberla leído, el debate sobre la misma estaría sobre el tapete, tanto en los círculos culturales como en los medios de comunicación.

Sin embargo, esto pudiera  considerarse como positivo, porque  dio la oportunidad de conocer a Junot Díaz desde su propia personalidad y desde la notoriedad, ya antes probada con Negocios, pero ahora a más altos niveles, gracias al prestigio internacional de este premio, que llega al país y a los dominicanos de su mano.

Una novela en la que, como en Negocios, hace uso del español dominicano lo que de seguro sacará nuestro complejo de inferioridad al considerar otras lenguas y estilos mejores que el nuestro.  Y, encima, Junot lo usa sin mojigatería ni pudor.

“Ybón rapó con él de verdad/ porque candela era precisamente lo que sentía en el culo/ Con Manny y su güevo grande”.

La edición de La Maravillosa historia de Oscar Wao que nos tocó leer –gracias al escritor y amigo Pedro Antonio Valdez- fue la publicada  por  Mondadori, en su primera edición de junio 2008 y con una traducción de Achy Obejas.

En ella, Junot Díaz toma a Oscar, hijo de una inmigrante dominicana “prieta” como protagonista y el personaje perfecto -apodado Oscar Wao- a través del cual cuenta a la madre de Óscar, a la hermana de Óscar, su vida de súper estudiante, la vida de su madre en Los Estados Unidos y de ahí una larga tripa que incluye todo de allá y por supuesto, de aquí.

“Leticia, acabadita de bajar de la yola, mitad dominicana y mitad haitiana, esa mezcla especial que el gobierno dominicano jura que no existe”.

Lo primero que hay que asumir es una verdad irrefutable: Junot es un escritor, y no cualquier escritor, es un buen escritor que sabe algo fundamental para este oficio:  contar.

Tiene en su haber tres aspectos fundamentales: cuenta cosas que sabe y lo hace de manera creíble.  Tiene un conocimiento amplio sobre lo que escribe y en su trayecto hace galas de este conocimiento, y por último tiene la capacidad de cuestionar y de ironizar contra lo establecido, a veces hasta la burla y otras tantas hasta que duele.

“¿Qué puede ser más ciencia ficción que Santo Domingo?, ¿Qué más fantasy que las Antillas? Pero ahora que terminó todo, tengo que preguntar a mi vez: ¿qué más fukú?”

Porque Junot Díaz escribe, a veces omnipresente y otras veces como un personaje más y en otras le pone la pelota en la mano a uno de sus personajes o al lector, al que también involucra y a veces, se pudiera decir, que hasta reta.

Leyéndolo y viendo como nos desnuda –como país, como cultura, como dominicanos-, sin compasión (al macho dominicano, a las madres dominicanas, a nuestros gobernantes, a nuestra historia), sabemos que se levantarán muchas voces para enfrentarlo, refutarlo y desautorizarlo.

Tendrán sus razones y él, que es parte de nosotros, porque en la novela demuestra que nos conoce -a los que estamos aquí y a los que tuvieron que irse para los Estados Unidos-, se ha puesto de maíz en el piso de una granja.

“Lo que todavía no conoce: el frío, la monotonía agotadora de las factorías, la soledad de la diáspora, nunca volver a vivir en Santo Domingo, su propio corazón”.

En su literatura la forma en la que la gente llama las cosas es la que manda.  Un lenguaje soez al culto. El español dominicano, el usual, asumido como un trofeo.

Esa cualidad, me imagino que dificultó mucho el trabajo de la traductora Obejas, y se nota.  Ya que igual corta las palabras en lugares en que nosotros la cortamos o nombra acciones y partes del cuerpo con expresiones que a un argentino o a un uruguayo lo dejaría en el limbo sin saber de qué va la cosa.

“Na má (escrito Nama) conmovedor…/ Podría haberlos llevado a Zurza (sin el artículo La)/ Me escapé dique por culpa de un muchacho/ ese vago no sirve pa ná”. También confunde pela –de zurra, golpear- con pelá y a la yipeta la nombra el Pathfinder).

La vida de Óscar y su familia le da permiso al autor para repasar la época de Trujillo y contar a su estilo el cuento y los personajes, con largas anotaciones aclaratorias, que parecen referencias históricas, que lleva a la mitología con su punto de vista: crítico y mordaz.

Los puntos más fuertes de la novela en relación al país se manifiestan en su sostenida defensa de los haitianos (desde el perejilismo hasta acá), en su insistencia en que en nuestra sociedad pervive el rechazo racial a lo negro dominicano y ante todo lo que huela haitiano.

También cuestiona la manera en que miramos y tratamos a la diáspora. A los políticos, a las muchachas dominicanas y hace constantes referencias al plátano y al orgullo sexual del hombre dominicano (que merecería un opúsculo aparte).

“Nunca tuvo suerte con las jevas, (qué poco dominicano de su parte)/ Se suponía que era un tíguere salvaje con las hembras/ No saben lo que es ser una hija dominicana perfecta, lo cual es una forma de decir la esclava dominicana perfecta”.

En cuanto a Óscar, es un lector voraz, pichón de escritor, obsesionado con juegos de nintendo e historias comics. Solitario empedernido, centro de todas las burlas y ansioso por conocer el amor físico, un verdadero Nerd en la escuela de Patterson, New Jersey.

No deja de ser una historia triste la de Óscar, y la todos los personajes que aparecen en esta novela en la que la rabia y la impotencia son los sentimientos que prevalecen ante los sueños perdidos y las metas no logradas.

Junot no es bueno en eso de comprender las ilusiones de la gente y es excelente a la hora de prever que lo peor pasará y en vaticinar que todo quedará mal, sobre todo si tiene que ver con lo dominicano y el “fukú” que va ganando cada caso y muchas vidas, incluyendo la de Óscar, a lo largo de las 309 páginas del libro.

En cuanto a nosotros, disfrutamos de una lectura ágil, de una buena y argumentada historia, y coincidimos, nacionalismo aparte, en que Junot logró articular una excelente novela (bien contada, bien escrita), que dará mucho de qué hablar en la medida en que los dominicanos la lean y no se den el chance de dejarla solo en el plano de la ficción.

Aunque desde muy temprano en la novela, el autor nos hizo pensar que Óscar De León (aunque no lo escribe nunca unidos, es el nombre del protagonista) se iba a suicidar, terminó siendo asesinado en el país. ¿Dónde más?