XX Concurso de Arte Eduardo
León Jimenes (1 de 2)

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MARIANNE DE TOLENTINO
Al igual que en cada concurso Eduardo León Jimenes, se elogia una excelente organización, que empieza por una convocatoria pública temprana, dejando a los artistas doce meses para concebir y ejecutar las participaciones, así como varias semanas para entregarlas. Es una marca de respeto por el talento y la necesidad de madurar las obras: ir a concurso no se improvisa.

Luego, el proceso se desarrolló con la perfección de siempre, muy estricto para la fecha y la hora de entrega de los trabajos que, en el 2004, solamente se recibieron en el mismo Centro León, en Santiago de los Caballeros. Conforme a las bases recientes, se designaron el Jurado de admisión –dos jueces nacionales y un extranjero-, y el Jurado de Premiación –dos jueces extranjeros y uno nacional-.

Si bien es cierto que la selección, en cada concurso, provoca disgustos entre los rechazados y parte de la colectividad extra-artística, en el XX Concurso de Arte… causó estupor. Una reacción adversa continuó, no tanto por la atribución de los Premios –inevitablemente discutida- como por la revelación de las obras admitidas –expuestas en las salas dedicadas a la colección de los concursos anteriores-.

El Gran Premio no fue atribuido, y las altas personalidades foráneas del Jurado de Premiación emitieron juicios negativos, que causan preocupación y obligan a reflexionar. Obviamente, no se trata de una crítica al arte dominicano, sino de lo que fue sometido al examen y al veredicto de los jueces. Ahora bien, lo sabemos por experiencia propia, un juez extranjero tiende a considerar que las participaciones en un concurso reflejan el arte del país en general… Y no es así, muchos artistas –sobre todo los consagrados- no concursan, mientras afluyen neófitos, “amateurs” y trasnochados –un C.V. puede ser pura ficción-.

“Horror”, “desastre”, “vergüenza” son algunas de las voces expresadas, hasta por quienes a veces no vieron aun la muestra, pero… ¡les contaron! Lógicamente las calificaciones se van enfatizando y exagerando. Lo que cabe aquí es una reflexión calmosa para evitar iguales percances en el futuro, reconocer las buenas obras –las hay- y sobre todo preservar el prestigio de un Concurso de Arte ejemplar, generoso, histórico y aguerrido.

LOS PROBLEMAS DE LA ELECCIÓN

¿Quien sabe si el Gran Premio, que quedó desierto, no se hubiera encontrado entre los artistas rechazados? La duda es legítima por la originalidad, la solidez, el historial y la reputación de varios participantes que no fueron admitidos. El hecho de haber ganado premios en el Concurso E. León Jimenes, la Bienal Nacional de Artes Visuales y/o el haber sido distinguido en y por notables exposiciones internacionales, no constituye forzosamente una garantía de la calidad de las obras concursantes hoy. Sin embargo, el rechazo de verdaderos valores nacionales o de jóvenes emergentes, serios y creativos, que acaba de suceder, no deja de perturbarnos.

En este mismo Concurso, existió una cláusula que admitía automáticamente a los ganadores de premios, y se suprimió porque, entre los ex galardonados, hubo contadas obras injustificables, aprovechando esa situación. Pero ya la consciencia profesional ha evolucionado positivamente. Y distinciones dominicanas o del exterior –verdaderas- han de tomarse en cuenta a la hora de rechazar… Hay hojas de vida –como se llama el CV en Colombia- incuestionables, especialmente por jurados leídos.

Por otra parte, un segundo motivo de asombro fue cómo y por qué se admitieron dos o tres obras de un mismo candidato, y solamente una para la gran mayoría. Ningún caso de una aceptación total se justificó, hasta para las sobresalientes pinturas de Gerard Ellis –en nuestro concepto opción para el Gran Premio-. Y la misma observación se repite en la admisión de dos obras. Por el contrario, permitiéndolo las bases, nos hubiera interesado –y al Jurado premiador posiblemente- apreciar una segunda obra de otros buenos artistas menos afortunados.

Creemos que, para eliminar una fuente de subjetividad evidente, volver a la obra única –como en anteriores concursos- se impone. Admitir más –necesariamente para todos los concursantes se entiende- plantea un problema de espacio y museografía. En el XX Concurso, si excepcionalmente escoger una obra entre tres propuestas diferentes pudo favorecer a un artista, el desbalance de la presente selección no ha convencido. ¿Jorge Pineda, Mónica Ferreras, Juan Mayí, Miguel Cruz, Maritza Álvarez (premiada), Nelson Ricart, para citar algunos nombres, no habían presentado otra pieza digna de consideración? ¿Y la seleccionada es realmente la mejor? No hay respuesta. Por cierto, el hecho de que los dos jueces seleccionadores dominicanos sean artistas en ejercicio y ambos hayan participado, premiados o no, en concursos anteriores, provocó más malestar que tranquilidad de espíritu.

LA REACCIÓN DEL JURADO DE PREMIACIÓN

Una selección deficiente predispone al Jurado de Premiación, si él no tiene acceso a las obras rechazadas. No cabe duda alguna de que, si las obras admitidas –entre las cuales no faltan algunos esperpentos- constituyeran un panorama del arte dominicano contemporáneo, sería una conyuntura deprimente para nuestras artes visuales y un motivo de honda inquietud. Así lo sintieron los dos jueces internacionales, sospechando sin embargo que esta selección proponía una visión parcial de la plástica –no hay gráfica- dominicana. En conversaciones privadas, y hasta en una declaración a la prensa por el presidente del jurado, manifestaron su pesar.

Félix Ángel y Shifra Goldman conocían el arte nuestro, principalmente sus valores del 80 y el 90, así como a algunos consagrados emblemáticos –que jamás participan, con excepción de José Cestero-. Le han dado seguimiento a través de correspondencia y documentación. Sin embargo, no habían tenido la oportunidad de apreciar un conjunto tan numeroso que hubiera podido ser representativo y que esperaban así.

El Jurado de Premiación no atribuyó el Gran Premio, sueño dorado de cada participante. Esa abstención, con toda evidencia, se debe a que ninguna obra les pareció merecedora de ese galardón cimero, a pesar de que, en nuestro criterio, Gerard Ellis y Maritza Álvarez –tal vez a ella le faltó una segunda obra-  calificaban para esa “presea”. Ahora bien, en nuestro criterio, la decisión se abre a una connotación: el arte dominicano actual tiene calidad, pero no la suficiente para que se le conceda un reconocimiento de excepción. Ambas personalidades, de sobrada ética, que gozan de una amplia audiencia en los circuitos internacionales, no difundirán una opinión perjudicial e injusta, tanto más que se percataron del carácter desconcertante de la selección.

Por decepcionantes que sean los resultados del XX Concurso Eduardo León Jimenes entre admisión y premiación, no dejan de ofrecer una vertiente positiva. Provocan la discusión, generan reflexiones, hacen que los artistas se pronuncien, cuando en nuestro medio se suele callar o elevar una voz simplemente interesada. Los debates sanos y seriamente motivados enriquecen la vida artística y cultural.

Germán Rubiano Caballero, reputado crítico de arte colombiano y presidente del Jurado de Selección, lamenta (1) “la pobre representación de los dibujos, los grabados y las esculturas”, objeta la falta de madurez de los videos –que se quieren imponer a la fuerza en Santo Domingo y en el Caribe, esto lo decimos nosotros-, observa el letargo de la pintura, detecta “apropiaciones flagrantes” y “muchos artificios”, a la vez que elogia comparativamente la fotografía. Son temas que ya han aflorado en el ámbito dominicano, requieren tomarse en cuenta y meditarse cuidadosamente. Una bienal, nacional o internacional, provoca polémicas, sino fracasa y aburre. No es el caso del Concurso de Arte Eduardo León Jimenes.

(1) Catálogo de obras 2004, páginas 4 y 5.