XXI Concurso de Arte Eduardo León
Jimenes: calidad y compromiso  (I)

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El Concurso de Arte Eduardo León celebró su vigésima primera edición, y la segunda en el Centro León. Pocas obras fueron seleccionadas, pero casi todas parejas en su afiliación al arte contemporáneo y de nivel notable.

POR MARIANNE DE TOLENTINO
León Jimenes es una constante demostración de entrega y compromiso con la cultura dominicana. 
Lidia León

Cuando se celebra el Concurso de Arte Eduardo León Jimenes, casi siempre un hecho especial marca esa gran fecha para el arte dominicano. En el 2004, para su vigésima edición, estrenaba casa propia en el Centro León. En el 2006, dos eventos lo harán inolvidable. El primero, muy triste, es el fallecimiento de su fundador y entusiasta copartícipe, Don Eduardo León Asensio. El segundo, fuente de regocijo unánime: el reconocimiento que la Cámara de Diputados acaba de otorgar al Centro León.

Don Eduardo, según le llamaban cariñosamente, a la misión social y el ideal de desarrollo añadía el amor por las cosas bellas. ¿Qué mejor que el arte y el estímulo a los artistas correspondían a esas virtudes existenciales? Desde 1964, él se comprometió junto a su gran familia con esa iniciativa única en el mecenazgo dominicano, y muy pronto surgiría el proyecto de un edificio destinado a albergar esos tesoros y testimonios de la plástica nacional, que son las obras premiadas al filo de los concursos.

Recordar a Don Eduardo y la gestación del Centro León nos lleva al segundo hecho, que distingue a esta edición del certamen. La Cámara de Diputados, máximo organismo representativo del pueblo dominicano, rindió formal tributo a los aportes excepcionales que el Centro León había hecho no solamente a Santiago y su región, sino a la comunidad dominicana y al país. Alcanzar ese reconocimiento en tan sólo tres años de funcionamiento, de dedicación al arte, la cultura y la educación es algo admirable, pero más que merecido.

El XXI Concurso

Esta edición del Concurso propone un enfoque sobre la creación contemporánea dominicana, de un modo particularmente riguroso, habiendo seleccionado 79 obras de 59 artistas, luego de un “exhaustivo y minucioso examen”, que requirió del Jurado de Selección tres jornadas de intenso trabajo y reflexión, como lo subraya el Laudo de Premiación.

De la misma manera que un hecho singular suele marcar los años, en cada concurso encontramos una característica distinta, aparte de los denominadores comunes: dar a los artistas una oportunidad extraordinaria y ofrecer al público la revelación de los útimos frutos del arte contemporáneo dominicano. En algunos casos, se trata aun de una iniciación, tanto para espectadores por un primer contacto con un arte diferente, como para artistas incipientes, que así se revelan valores del futuro. Y esto, con mayor agudeza en el Concurso Eduardo León Jimenes que en las Bienales Nacionales.

Tanto entre los artistas seleccionados como en los premiados, encontramos a talentos emergentes, jóvenes y confirmados –no habiendo pasado la inmensa mayoría el medio siglo de existencia y dos décadas de labor profesional-. Están todos en plena dinámica creativa que la participación en el certamen de Santiago estimula.

Además, participaciones y resultados permiten reafirmar que varias expresiones atraviesan una crisis en el arte dominicano, y las categorías desiertas –grabado (desde la selección), cerámica y extrañamente fotografía- deben provocar una reflexión, aunque nadie puede dictar, sobre todo en el arte contemporáneo, el encauzamiento de los potenciales estéticos y técnicos. Luego, y lo sabemos, desde hace tiempo, la escultura dominicana se encuentra en uno de sus peores momentos: sobreviven a la cima contados talentos magistrales y la desorientación general es obvia siendo la instalación su sustituto… pero también carente de convicción en comparación con épocas anteriores. La cerámica está en franco declive –ciframos, sin embargo, esperanzas en las acciones de Thimo Pimentel-, y el Grabado sufre las consecuencias de la desafección del público, la falta de medios y la enseñanza limitada, siendo la gráfica computarizada un factor más de desaliento. Tal vez el propio Centro León –que creemos capaz de cualquier milagro- podría emprender un programa de salvaguarda de un lenguaje particularmente noble y fructífero.

Respecto a la Fotografía, la descalificación en este concurso es menos comprensible, sobre todo despues del brillante y prolífico “Mes de la Fotografía”. Podría tomarse como una advertencia, no ajena a la boga excluyente de la fotografía digital, y una señal de que no basta con la abundancia, el entusiasmo y una notable calidad media. Ahora bien, creemos que esa situación tiene una alta complejidad, y tampoco descartaríamos una opción de los jueces de selección. En otras partes, se observa el temor a la preponderancia de la fotografía, cuyos éxitos y acogida se han excedido en ferias, bienales y concursos.

Finalmente, pese a los oráculos anarquistas –¡hasta generan en el exterior ensayos y libros!- que predicen la muerte de la Pintura –y su corolario en la tradición-, el Dibujo, ambas categorías permanecen vivas, vivaces y vivificantes, contribuyendo a la sensación de continuidad estética, de libertad controlada y de equilibrio espacial, que comunica la selección expuesta. Hay todo un trabajo de colores, de superficies, de exigencia técnica, de oficio transmitido más allá de la generación del artista.

Por otra parte, el frescor y la poética, que caracterizan a la mayoría de las obras, distan mucho de una definición fácil, la metáfora visual no se hace evidente de inmediato, y ciertamente se le solicita al espectador una lectura participante, aunque la seducción sea inmediata y la presea incuestionable, como el Gran Premio de Raquel Paiewonsky o el Premio de Pintura de Fernando Varela. La importancia de la mirada –del cómo mirar- es en nuestra opinión fundamental: prácticamente no hay obra alguna que entregue su plenitud… a primera vista, ni siquiera la fascinante instalación de Jorge Pineda. E indudablemente es uno de los rasgos definitorios del Arte Contemporáneo.

No quisiéramos concluir este primer comentario sobre el XXI Concurso de Arte Eduardo León Jimenes, sin subrayar la calidad y el reconocimiento a obras de artistas muy jóvenes: Chepe en Pintura, María Román en Dibujo y Marco Riggio Fernández en Escultura. Por cierto, el Concurso de Casa de Arte –en Santiago-, para esos dos últimos, les había otorgado un nivel modesto pero revelador, de una  primera distinción.