¿Y cuando me canse?

Esperaba el silbido de papá, nos íbamos para el charco de las Madres donde me enseñó a nadar. Era más importante aprender a nadar por quién era mi maestro.

De casa al río papá  contaba historias, anécdotas,  planteaba problemas que podían ser de matemáticas, leyendas griegas o el uso de palabras parónimas.

Me ofrecía una lección de múltiples disciplinas,  abría mi curiosidad e imaginación de modo tal que quería saber más.

Me enseñó a nadar, el viejo y me enseñaba con sus ejemplos, con sus historias por cuál camino debemos transitar en la vida.

Los ejemplos de valor, de patriotismo, de seriedad y honestidad, de amor al estudio, de cultivo de las artes y  aquella repetición del segundo mandamiento que Jesús le dijo al fariseo: ama a tu prójimo como a ti.

No quieres que te enamoren la mujer, no lo hagas con los demás;  no quieres que te roben, no robes;  quieres vivir, no mates a nadie; no quieres  que inventen falsedades sobre ti…

Después ya no eran tan frecuentes las lecciones, ocuparon mis tardes las obligaciones con los juegos de pelota,  clases de música, juego de bolas, de motecla (así llamábamos el juego de centavos con  la punta y el círculo de madera del trompo),  carreras y saltos propios de las competencias entre niños. Quedó la semilla de la prédica, de la formación moral profunda sin hacerla una lección de aburrimiento y el amor a la lectura. Luego las conversaciones se convirtieron en intercambios de ideas y posiciones hasta que se fue el viejo a los 93 años y medio, cuando yo tenía 61 y medio. Fue mucho lo que hablamos. ¡Qué bueno ha sido conmigo mi compadre Jesucristo!

Con los años se endurece el alma, se descubre que los amigos no son tales, que los familiares te quieren más si estás sobrancero de dinero, que muchos te buscan por lo que tienes o les puedes dar, que la sinceridad está de vacaciones y que la honestidad es un vestido que se cambia fácilmente cuando hay la oportunidad  de adquirir dinero y bienes a como dé  lugar, aunque haya que vender el alma, no importa si se le vende al diablo.

Y aquel amigo que anduvo contigo una buena parte del camino se cansó, sucumbió ante el brillo del oropel.

He tenido que nadar en muchas aguas infectadas de provocaciones,  podredumbre,  oro. Nada de eso era mío. De eso no me habló papá.

¿Qué les decían sus padres a quienes compran bienes sobrevaluados, retienen pagos para obtener un porcentaje del monto,  ven a compañeros y “amigos” cambiar de posición tan súbitamente que el bienestar les amplía la sonrisa aunque le acorte la vergüenza?

Mandaron la vergüenza al cajón del olvido.

¿Piensan que siempre viviremos en el reino de la injusticia, el abuso de poder y el encubrimiento del robo por el que viene a ocupar el puesto?