Y el tiempo pasa…

MARIEN A. CAPITÁN
El tiempo ha pasado. Lejos han quedado los días en que cualquiera tocaba a nuestra puerta y pedía un vaso de agua. Este gesto, mezcla de confianza y desprendimiento, es obsoleto, quedó en el ayer. Amén de la inseguridad que nos rodea, ya el agua no es lo que era: algo que, por gratuito o barato, no se le negaba a nadie.

Poco a poco, y de forma sigilosa, como si al hacerlo paulatinamente no lo sintiéramos, el precio del agua (que por demás escasea en muchísimos lugares) ha ido subiendo. Por las botellitas que compramos en la calle debemos pagar diez pesos, por ejemplo; mientras el botellón que pedimos en casa vale treinta tablas.

Esto, sin embargo, podría ser poco después que se amplíe la base del cobro del Impuesto a la Transferencia de Bienes Industrializados y Servicios (ITEBIS). ¿Me explico? En cuanto se amplíe la base, algo que está contemplando el gobierno como una manera de compensar lo que dejaría de percibir como consecuencia de la eliminación de la comisión cambiaria –una de las exigencias de los Estados Unidos para firmar el TLC-, una de las cosas que subiría de precio sería precisamente el agua.

Visto el caso, a nadie le debe extrañar que al pedir un vaso de agua le respondan que “lo siento mi hermano, pero regalar agua ya pasó de moda”. También lo será regalar un calmante, de esos que llevamos siempre en la cartera para sacarnos de un apuro cuando el dolor nos acecha; o invitar a los amigos a comer.

Como siempre, los ciudadanos tenemos que volver a pensar en la forma en que debemos recortar aquella frágil sábana que nos cubre. No hay forma, no hay fórmula, que nos compense: cada vez que se habla de reajustar la economía, los impuestos y hasta la vida, el dardo envenenado se dispara inmediatamente contra nosotros.

Porque, me pregunto yo: ¿no sería más justo eficientizar el cobro del ITEBIS? Así, eficientizando éste y los demás impuestos que ya existen, podríamos desterrar la posibilidad de aplicarle este tributo a todos los productos y servicios de consumo.

Debemos recordar que ya hay muchas, pero muchas cosas que se nos han vuelto prohibitivas. Entre ellas está el derecho a enfermar (por decirlo de alguna manera). Tan sólo de pensar en lo que cuestan las medicinas, que suben pero nunca bajan, es suficiente para rezar por una salud de hierro. Más aún cuando no se tiene la suerte y la fortuna de contar, como en mi caso, con un padre médico.

Pasando a otro capítulo, vayámonos a las líneas. Leerlas, admirarlas, se ha convertido en un gran privilegio a causa del precio de los libros. Entonces, ¿qué pasará si ellos también son objeto de impuestos? Leeremos menos, mucho menos… y eso sería un crimen en un país que no puede jactarse de su nivel cultural.

Mucho se habla de que los jóvenes no se interesan por las letras ni la cultura. Pero, ¿cómo pueden hacerlo? Obviando la falta de interés que puedan tener, tampoco puede pedírseles que compren aquello que no pueden adquirir.

En este país hasta ir al cine o alquilar una película se ha convertido en un verdadero lujo. ¿La ventaja? Tenemos que, por fuerza, sentarnos a leer. Es entonces cuando, pobres de la madre y los amigos, hay que recurrir al “préstame ese libro, que te lo devuelvo en breve”.

Ay, cuánto quejarnos para nada. Cada palabra, cada frase, caerá en saco muerto sin remedio. Quizás, como me pasó hoy, alguien dentro de algún tiempo me diga que leyó esta columna y que se sintió identificado con ella (en este caso se refería a una del 18 de noviembre, titulada “La última burla”). En ese caso, seguramente, pensaré en que el tiempo pasa, la vida continúa y nosotros, los dominicanos de siempre, vamos de queja en queja y de pena en pena. En ese sentido, por mal o bien que podamos llegar a estar, el tiempo está detenido.

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