Y por último, llegó el lobo

FERNANDO I. FERRÁN
Ahí viene el lobo, ahí viene el lobo”, repetía el joven y juguetón pastor hasta que finalmente, cuando llegó, tomó a toda la población desprevenida. Pues bien, si fuera por las voces de alarma que se escuchan, tal parece que al igual que en el cuento de referencia, el país entero está amenazado.  Para algunos, el lobo viene disfrazado de tratado de libre comercio. Por eso quiera Dios que el DR-CAFTA no termine siendo “un callejón sin salida”, como desapasionadamente advierte la Conferencia del Episcopado Dominicano, sino más bien un acuerdo tipo “ganar-ganar”, como nos afirma el embajador estadounidense en el país.

Al margen de la disyuntiva anterior, con un servicio energético caro e inestable, con la entrada libre de aranceles de productos norteamericanos y centroamericanos, con la previsible desaparición de los artículos criollos del mercado agropecuario y del industrial, y peor aún, con prácticamente nada que exportar, no hay que ser muy aprensivo para temer que finalmente nos coma el lobo.

¿Cómo evitarlo? Al día de hoy se apuesta a las medidas compensatorias que debe incluir cualquier paquete general de reforma fiscal y a un pacto político para garantizar en el Congreso dominicano la ratificación del acuerdo comercial, facilitar la aprobación de las medidas tributarias negociadas y que bajen el precio de los productos al consumidor. Las razones tras aquella reforma y ese pacto son sencillas.

El Tratado de Libre Comercio obliga a compensar en 30 mil millones de pesos el monto que el Estado dejará de ingresar por concepto de recargo cambiario a las importaciones (22 mil millones), reducción de aranceles (3 mil millones) y los 5 mil millones restantes por concepto de compensaciones a los sectores productivos para ponerlos en mejores condiciones competitivas.

Ahora bien, si en algo hay acuerdo entre quienes negocian la susodicha reforma es que a ella debe llegarse por consenso, gracias a una diestra mediación, pero afectando a otros sectores y negocios más que al propio.

He ahí porqué no se decide si hay que expandir la base del ITBIS, disminuyendo o aumentando su por ciento, cuando de inmediato sugieren gravar las zonas francas, los intereses de los ahorros bancarios, o incluso aumentar considerablemente el gravamen a los productos de los países no concernidos por un acuerdo de libre comercio que, por el momento, se mantiene en suspenso en la Cámara de Diputados estadounidense. Mientras las propuestas van y vienen, nadie avanza un plan realista y concreto para eliminar la evasión fiscal o limitar el gasto público.

Las razones tras aquel pacto político son igualmente evidentes. Es conveniente para evitarle mayores perjuicios a las clases populares y para salvaguardar la competitividad de nuestro aparato productivo. Sin querer aguarle la fiesta a nadie, sin embargo, ambos objetivos parecen imposibles de alcanzar. 

En la medida en que se le compense al Estado su pérdida de ingresos, e incluso sin incluir en la reforma bajo estudio la solución al problema del déficit cuasi fiscal del Banco Central, el costo de dicha compensación será traspasado y terminará pagándolo el consumidor, todos los consumidores. Sólo que estos saben por experiencia que los altos precios son consuetudinarios a su diario vivir y por tanto, no hacen las veces del lobo anunciado pues ya convive con nosotros.

En lo que concierne el tema de la competitividad, a ésta se la presenta ante la opinión pública como algo que está al alcance de compensaciones al sector productivo, de mejoras en los servicios públicos, y de la eliminación de onerosos recargos y tributaciones. Lamentablemente, en medio de tantas urgencias y verdaderos gritos de auxilio, olvidamos lo que es la esencia misma de la competitividad: la continua superación de los recursos humanos.

De esos recursos no se habla. Y por eso, vale la pena gritarlo a pleno pulmón: aun cuente con una excelente reforma fiscal y con los elementos compensatorios que justamente hay que conceder, República Dominicana tiene que invertir en sus recursos humanos. Sin mejorar la gerencia y la calidad del gasto en educación y salud, nadie, absolutamente nadie, la librará del único y verdadero lobo que está por mordernos.