“Yago: yo no soy el que soy” la obra de un Otelo singular

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Cuando penetramos al escenario de la Sala Máximo Avilés Blonda, por un instante y en alas de la imaginación, tuvimos la sensación de haber llegado al Teatro “The Globe”, de Londres, donde Williams Shakespeare, presentaba sus obras a principios del siglo XVII.

El espacio circular rodeado de tarimas con bancos de madera, era sin duda un símil que nos remitía al mítico lugar. Fausto Rojas director de la Compañía Nacional de Teatro, había ideado este lugar a conciencia, para la presentación de su controversial versión de “Otelo”, bajo el nombre de “Yago, yo no soy el que soy” en la que otorga el protagonismo a “Yago”.

Rojas traspone el -espacio, tiempo- y desarrolla la acción en el presente, en una especie de gallera, lugar común, de un país, el nuestro. La criollización de la obra, no pierde su esencia, no podía ser de otra forma, Shakespeare supo ver la existencia del hombre en sus contrastes, fuerza y debilidad, sus personajes, arquetipos trascienden el tiempo y lo local.

En Otelo hay un asunto cardinal: la catástrofe que desencadena una culpa inexistente, fraguada por un genio del mal, “Yago” que no es un personaje perverso, es la perversidad misma, y por otro lado Otelo, el “Moro de Venecia”, que pasa a ser llamado el “Negro” -calificativo que lo acerca- quien sucumbe víctima de los celos que provocan en él, las manipulaciones de Yago, las que se convierten en el tema principal.

Fausto Rojas transgresor y creativo, apuesta en esta puesta en escena, a un teatro total, más bien a un ideal estético, y lo consigue utilizando todos los medios artísticos disponibles para producir un espectáculo polivalente, logrando finalmente subyugar al público. Los personajes protagónicos son interpretados por dos actores de gran potencial dramático.

Johnnié Mercedes asume el rol de “Otelo con propiedad, hay cierta parsimonia en su accionar, maneja a conciencia las transiciones que poco a poco van transformándolo, de un ser luminoso impulsado por su corazón, en un ser lleno de dudas, presa de sus cavilaciones y trastornos que le produce en su alma tórrida, la insidiosa pasión que Yago le ha ido instilando.

Wilson Ureña es la auténtica expresión del pérfido “Yago”, hay en él un gesto facial y un accionar elocuente, su mirada conmueve, nos transmite la perversidad de su proyecto, el orgullo de sus odios. Otra víctima de las maquinaciones de Yago, es el confiado Casio, cuyo intérprete, Ernesto Báez, logra proyectarlo con acierto.

La ingenuidad de Desdémona, es perfectamente transmitida por Yorlla Lina Castillo, su actuación alcanza su punto más alto al entonar la antigua “Canción del sauce”, de tristes presagios, aceptando su destino.

“Brabancio”, padre de Desdémona, y “Rodrigo” otras víctimas de las maquinaciones de “Yago”, son personajes interpretados con buena dosis de histrionismo, por Gilberto Hernández y Manuel Raposo respectivamente. Mención especial merece Cristela Gómez, por su emotiva recreación de la fiel “Emilia” -esposa de Yago-.

Los demás personajes “La Jefa”, -Yamilé Scheker- “Senador” -Pochy Méndez-, “Montano” –Miguel Bucarelli-, “Oficial Gracioso”-Alejandro Moss y “Bianca” –Maggy Liranzo-, cumplen su cometido.

La excelente estructura escénica lograda por Fausto Rojas, permite que la acción fluya en un crescendo continuo, y aprovecha momentos trascendentales de la obra, como la partida de Otelo a la guerra de Chipre, para colocarlo como combatiente, vencedor de una guerra contra los invasores que violan nuestras fronteras, poniendo así la nota de actualidad, y la denuncia de una realidad.

El color local está presente en los giros idiomáticos y en la música de nuestro merengue, cuyo contagioso ritmo disipa por momentos la tensa atmósfera.

La dinámica de los actores se adecua a este teatro total, en el que la gestualidad tiene gran importancia; la cercanía del público que rodea la escena permite la comunicación, percibir a plenitud la intensidad de la emoción que transmite en cada momento la solemnidad del actor.
La creativa escenografía con sus diferentes planos, es grandilocuente, magnífica realización de Fidel López; las luces con sus diferentes matices, manejadas por Bienvenido Miranda, se adecuan a cada momento.
La música es parte consustancial en la ambientación de la obra, pero además hay una presencia, especie de hilo conductor, es el “músico” –Vadir González- versátil, solitario e intermitente, elemento que enriquece la propuesta escénica.
“Yago: yo no soy el que soy” tiene dos funciones este domingo.