Yankees sí, yankees no… depende

JACINTO GIMBERNARD PELLERANO
Yo me fui… pero no me fui -dice la nostálgica muchacha dominicana desde Nueva York. Se trata de una publicidad para televisión de una empresa telefónica, que no sé si tiene capital mixto o sólo norteamericano. Lo que dice ella y otros es perfectamente cierto.

Conozco bien a dominicanos que tienen treinta años viviendo en Nueva York y no hablan inglés… ni parecen necesitarlo en su habitat del alto Manhattan, que luce como una extensión de barrios populares dominicanos con su vagancia de acera, sus juegos de dominó -que llaman dómino-, sus cervezas bien frías y un desenfado cabal que ya quisieran tener esos franceses de gran ciudad que quieren estar “décontracté”, sin presiones, relajados y tranquilos.

Sucede que nosotros, dominicanos y también los aborígenes de Latinoamérica queremos que los Yanquis no se metan tanto en nuestros asuntos, y aunque ya abandonamos lo de “Yankee go home”, queremos que intervengan cuando nos conviene -como en el caso de la acción reeleccionista de los pepehachistas- pero que no pongan las narices donde huele mal ni el ojo donde abundan los manejos turbios.

Dándole una vuelta al anuncio telefónico, diríamos: Que se vayan… pero que no se vayan.

Y resulta que el camino está en parecernos a ellos, los gringos, en un número de cosas, y no parecernos en otras.

Hace años, durante el período presidencial de John F. Kennedy, tenía uno la ilusión de que las dos culturas, la del Norte y la del Sur, podían acercarse. No puede ponerse en duda la intención activa norteamericana -cuales fueran sus propósitos finales- cuando ejecutó el plan llamado Alianza para el Progreso, que equivale al Plan Marshall que levantó a Europa tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué sucedió? Pues que América Latina se engulló (no los pueblos) cerca de treinta mil millones de dólares sin que se operaran grandes cambios. De otro lado, la Unión Soviética subsidió al comunismo cubano -diríamos, de la magia de Fidel Castro- con una cifra que los expertos sitúan por los cuarenta mil millones de dólares. Cuando el subsidio cesó, vino la miseria, dignificada por el orgullo nacional, que no sabemos hasta qué punto sea sincera en las grandes mayorías cubanas.

Tenemos que aceptar, para desde ahí avanzar, que la influencia norteamericana es inevitable. Siempre lo fué, y en grado brutal, con todos los imperios y Estados Unidos de Norteamérica es un imperio, no porque lo hayan sacado de un macuto los izquierdistas de boina negra e indignación trepidante, sino porque lo es.

¿Qué podemos y debemos hacer? Pues engancharnos a la locomotora de un progreso visto por U.S.A. porque no podemos despegarnos y aislarnos del “american way of life”, de la “America, land of freedom”, con todas las maravillas y comodidades que ofrece su amplitud libertaria. Debemos empeñarnos en la disciplina y sacrificio que hicieron posible el nacimiento de un imperio creado por desilusionados ingleses que huían del despotismo real.

Cierto que en los Estados Unidos hay mucha delincuencia y que la corrupción se maneja bien cubierta, hasta que se descubre -el caso de la ENRON, por ejemplo- pero la clave está en que una vez descubierta, se aplican sanciones. No reina e impera la impunidad.

ahí está, entre otros puntos de flojera, de blandura, de acomodaciones (por si acaso “luego me toca a mí)” la actitud generalizada que hace heder nuestros países.

Menos mal que recientemente surgen señales diferentes. Costa Rica, la Suiza de América, acaba de someter a la justicia por corrupción nada menos que a dos ex-presidentes con pocos días de distancia entre uno y el otro.

¿Síntoma de descomposición? No. Síntoma de valores positivos. En todas partes hay ladrones, el mérito gubernamental está en descubrirlos y enjuiciarlos.

Los dominicanos tenemos por delante una situación nueva. El señalamiento de corruptos que dañan o embotan el buen desenvolvimiento de la Nación. Por primera vez son colocados bajo la luz del conocimiento público, magnates y militares de conducta incorrecta.

El camino no es fácil, pero es posible, si se está dispuesto a lidiar con lo que aparezca.

Educación masiva y reglas claras.

Ahí está el progreso.