Yoko Ono, a la mitad…

El prestigioso y mundialmente famoso Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York (MOMA) da acogida en agosto a Yoko Ono, artista japonesa. La exposición lleva como nombre: Yoko Ono, One Woman Show (1960-1971) que consiste en una muestra de su colección personal, compuesta por distintas formas de expresión: fotografías, instalaciones, material fílmico, grabaciones de audio, etc.

Esta colección había sido “informalmente” anunciada en el MOMA en el 1971, solo que el espectador se encontró con la sorpresa, al llegar allí, de que la exposición no estaba, y en cambio descubría una serie de pistas que lo llevaba a través de Manhattan hasta el lugar real de la muestra. ¿Estrategia o deshonestidad? En aquel entonces al MOMA parece haberle molestado la picardía. Ahora está allí, 50 años después, anunciada, bien montada y real.

El hilo conductor de toda la exposición es la propia valoración de la artista y su curador de lo que se considera representativo de su dilatada trayectoria artística. El concepto vanguardista y experimental sería el otro elemento de una muestra diversa, siendo sus objetos centrales, y más interesantes algunas de las instalaciones.

En general un espectador no tiene que ser experto para mirar el objeto artístico, sólo tiene que preguntarse ¿dónde está el arte? Y en función de su propia perspectiva, tratar de responder, genuinamente esa pregunta. Los grandes artistas son provocadores y, normalmente, sus códigos, por herméticos que estén, van revelando una realidad alternativa, una nueva forma de ver, por lo que para algunos el arte es la capacidad de provocar sorpresa a ese otro, los que sólo miramos.

Mientras más ocultos están los códigos más exigen la atención del espectador. En el caso de la exposición de Yoko Ono la pregunta no siempre es de clara respuesta y en casi todos los casos necesita una explicación que acompañe el objeto o instalación. Ante eso, uno no puede dejar de preguntarse si la Victoria de Samotracia, la Mona Lisa, o la Marilyn in Gold necesitaban de un manual de interpretación. No dejé de preguntarme ante cada objeto ¿por qué las obras de esta artista necesitan de tantas explicaciones?

A veces uno tiene la impresión que algunos artistas han llevado tan lejos aquello de que “el arte es lo que hacen los artistas” y descansan tanto en la idea de que el espectador debe completar el objeto artístico con su activa participación, que llega a percibirse como una estafa. Más de una pieza en la exposición trasciende el narcisismo de Yoko para situarse cerca del extremo experimental donde uno siente que la artista es deshonesta. En general, parece que Yoko estaba más preocupada por mostrar que ella no necesitaba a Lennon para ser una artista logrando, en ocasiones, el efecto contrario.

Otras piezas e instalaciones, sin embargo, recuerdan alegremente que el arte es juego, que necesita del espectador, y más de una pieza salva la exposición y la salvan a ella. Esas piezas probablemente explican porqué el MOMA la perdonó, aunque para algunos de nosotros, Yoko sigue estando en la mitad del camino entre la leyenda de una artista casada con John Lennon y la realidad de su propia creatividad.