¿Acaso soy Progresista?

¿Acaso soy Progresista?

Ni el título ni el contenido son originales. Keynes, entre los autores que conozco, publicó un artículo (Am I a liberal?) donde se cuestiona la profundidad y forma de la intervención del Estado en los asuntos económicos que, por otro lado, recomienda en la Teoría General. Es donde dice que cuando la lucha de clases “llegue” (confiesa su oposición rabiosa a la colectivización y, personalmente, a Marx: “… la basura de los libros rojos.”), lo encontrará del lado de la burguesía educada. Pero siempre es bueno hacer una especie de lista revisión para auto colocarnos en el eje de las creencias y comportamientos políticos. Por supuesto que un único tema –por decir, la pena de muerte- no decide por sí solo la ubicación del individuo. Puede ser algo así como una media ponderada. Por otra parte, hay que tener cuidado con las denominaciones. Los títulos son indispensables. Sin ellos no podríamos tan siquiera hablar. Si la palabra “casa” no remitiera al concepto general de casa –una abstracción, una generalización, no importa-, no pudiéramos estructurar un lenguaje y, con ello, la comunicación sería imposible. A la inversa, hay muchos casos en que el signo sustituye al concepto. Pongo el ejemplo de mi amigo que dice: “yo soy buena gente, lo que pasa es que soy feo.” Uno acusa a otro de ser “neoliberal” y con ello entiende que ganó la contienda. No necesita decir nada más. Si nos vamos a las enciclopedias, el PLD es un partido de “centro-izquierda”. Cabe preguntarse: ¿cuál es el centro? Y, ¿hacia dónde queda la izquierda? ¿A la izquierda o a la derecha?

Francois Rebel hace unas caracterizaciones de los “intelectuales” de “izquierda” que son para morirse de la risa. Una amiga decía (hace tiempo de eso) que ella era “de izquierda” porque le gustaba Silvio Rodríguez. Ahora esto puede resultar jocoso, pero no es que andamos lejos. Es más, los “izquierdistas” de ahora seguramente andan mucho más a la derecha que los “izquierdistas” de antaño. Mi amiga por lo menos oía a Silvio. Ahora ni eso. Antes, ser izquierdista era defender los intereses –exactamente eso: los intereses- del proletariado. Se podía hacer directamente: formando sindicatos, asistiendo en sus negociaciones, etc., o de forma “indirecta”, “estudiando” el socialismo “científico”. Dos cosas: mientras más “indirecto” el método, más lejos de la “crítica de las armas” y, consecuentemente, menor el riesgo de perder la existencia material. Segundo, mientras más lejos del proletariado, más lejos de las penurias de esta misma existencia material. De modo que para el pueblo pero sin el pueblo: se tejieron toda suerte de fábulas y lucubraciones de cómo se puede hacer sin saber ni estar. Y, ciertamente, “el pueblo” es tan inocente que todavía cree en apóstoles.

Pero con el tiempo el objetivo se salió de foco. Con la caída del socialismo real el paraíso se movió de sitio. Había que revisar la estrategia. De todos modos la denominación se había pervertido. Era demasiado evidente la distancia entre la palabra y la intención. Era necesario una nueva etiqueta: “progresista”. Perfecto. Lo tiene todo: timbre, color, estética. Además es mucho más abstracta y general que “izquierdista”. Exacto: hoy por hoy hay “progresistas” de derecha. Progresistas de intención, de corazón, en actitud. Gente buena. – Eh, pero bueno, disculpen, ¿qué es ser progresista? – pregunta un patuso del auditorio. – Si será ignorante –toma la palabra y reprende al necio cualquier miembro del partido de los gentilhombres-, ¡pues estar con el progreso! ¡Con lo nuevo, lo moderno, lo mejor! ¿Acaso no sabes de aquel filósofo griego que dijo: nunca beberás dos veces el agua de un mismo río?-. El necio se encoge como una babosa a la que le echan sal. Está claro: ser progresista es estar con el progreso. ¡Faltaba más! (Ahora me tengo que aguantar las ganas de preguntar qué es el progreso…)

De las cenizas de la izquierda nacen los progresistas. Si la utopía socialista había mostrado sus miserias, no tenía sentido insistir en el error. La nueva ideología surge como un extremismo de la libertad burguesa. No la libertad personal convencional –siempre relativa, disminuida, atacada-, sino la libertad amplia, irrefrenable, infinita. Si lo utopía no fue posible para la sociedad, que lo sea para el individuo. Al cabo, el sujeto sólo tiene una punta en el exterior material. El hombre es principalmente interno. Su mayor espacio es siempre interno, grande, amplio. Lo que es más importante: expansible. “Que nada afuera lo pueda detener”, ésa es la consigna progresista. Ni el pasado, ni los demás. Empieza por el derecho al disenso, a otra opinión. De aquí el derecho a la protesta. Más adelante: el derecho a la heterodoxia, al excentricismo, a la voluptuosidad. Sigue: el derecho a la ignorancia, al disparate, al ridículo. Finalmente: el derecho al solipsismo: sólo existo yo, lo demás son mis disquisiciones. Por supuesto, una actitud intelectual como ésta resulta lo mismo que la última fotografía de las Kardashian. Lo que le añade sabor a sus actuaciones puesto que, además, son objeto de controversia y de chisme. Nada más seductor para un progresista que se teja toda una madeja de rumores sobre su vida personal. Es sublime, es de lo que se trata. ¿Y dónde quedaron aquellos sueños de redención humana? De la liberación de la opresión, el sufrimiento y el dolor. Nada. Aquello era imposible. Ahora, con suficiente imaginación, en el trago de un hilo de vino, si es de suficiente calidad, va el disfrute todo de la raza humana. Eso es ser progresista.