De Robin Hood a César Gaviria: Cuando los malos son los buenos

De Robin Hood a César Gaviria: Cuando los malos son los buenos

Rafael Acevedo

En una serie de televisión o YouTube, un promotor organiza tours o visitas a lugares insólitos. Uno de estos fue nada menos que al lugar de refugio o residencia del famoso capo de la droga colombiano César Gaviria. Personaje este, que llegó a constituirse para muchos compatriotas en un símbolo, un ícono, objeto de admiración y agradecimiento. El promotor y conductor del la serie mediática entrevistó a antiguos asesinos y criminales que ahora son los anfitriones de estos tours, donde aparecen ellos también como héroes de esas hazañas en las que burlaron las leyes colombianas, las normas sociales del buen vivir, y acomunalaron fortunas y poder, al punto de que aún haber ido a la cárcel por largo tiempo, ahora son especies de héroes populares y artistas de los medios de masas.

Esta historia no nos es ajena, tampoco nueva. Desde la Edad Media se hicieron populares las narraciones de personajes semejantes. Por ejemplo, Robin Hood es el arquetipo de héroe y forajido del folclor inglés medieval; hombre de gran corazón que vivía fuera de la ley, escondido en los bosques, y que según la leyenda luchaba contra el sheriff  y el rey, quienes trataban de acaparar las posesiones de sus opositores; probablemente inspirado en Ghino di Tacco, un ladrón histórico italiano cuya fama lo llevó a ser mencionado en la Divina Comedia.

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El mito de buen ladrón está posiblemente demasiado presente entre nosotros. Con el agravante de que también funciona como un correctivo en una sociedad con grandes desigualdades e injusticias, y donde el aparato estatal presenta grandes deficiencias y muy escasos recursos, especialmente los humanos, frente a una demanda y un cúmulo de necesidades y aspiraciones incalculables e inmanejables, de una población ignorante, desinformada y cargada de presunciones demagógicas y aspiraciones consumistas.

Los héroes locales o regionales pueden llamarse Quirino. En cuyo caso, hoy un hombre inmensamente rico que ya pactó su libertad con los poderosos del mundo, y ahora puede jugar a ser un filántropo para con los de su región y cercanía. Pero también vemos a diario a funcionarios enriquecidos durante décadas con dineros públicos, que aparecen en programas televisivos al frente de supuestas organizaciones de beneficencia.

Lamentablemente, esta realizaciones, actuaciones o “performances” no son radicalmente distintas de la de otros hombres públicos, políticos o incluso negociantes, quienes aparecen haciendo donaciones deducibles de impuestos, aquí y en grandes países de vanguardia.

El cuadro es un espectáculo de cinismo y burla para unos, y de perfecta justicia y moralidad para otros.

Lo delicado y digno de atención es precisamente que estos personajes de bonhomía y ayuda al prójimo, tan diversos como dudosos, resuelven tantos problemas a corto plazo como los que crean al largo plazo. Especialmente porque llenan los espacios de comunicación y entendimiento de los miembros de la sociedad, de un alto coeficiente y contenido de cinismo; de “toh e toh y nah e nah”. Con lo que el ordenamiento social se hace prácticamente aleatorio e inmanejable. Necesitamos orden y justicia.

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