Economía

Metodología

No confundamos percepción con el rigor estadístico

la percepción es humana y legítima, pero el rigor estadístico tiene otros fundamentos: es más difícil de refutar.

No todos los hogares enfrentan la misma inflación.Getty Images

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El Banco Central calcula la tasa de inflación siguiendo los lineamientos metodológicos establecidos en el Manual del Índice de Precios al Consumidor, elaborado de manera conjunta por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el Banco Mundial, la Comisión Económica de las Naciones Unidas y la Oficina de Estadística de la Comunidad Europea (Eurostat).

Se trata de una metodología que no titubea ni se acomoda a los vientos de la coyuntura: se aplica siempre con el mismo rigor. Fue la misma que, en mayo de 2020, registró una variación negativa del IPC de -0.11 % respecto a abril, situando la inflación acumulada entre enero y mayo en -1.25%. Es también la que reflejó una inflación interanual de 10.48 % en mayo de 2021, una tasa de 4.95 % en 2025 y de 4.63 % en marzo de 2026. Cambian los resultados; no así el método que los produce.

Sin embargo, la rigurosidad técnica no siempre logra disipar la distancia —a veces tenue, a veces abismal— entre el dato estadístico y la experiencia cotidiana de los consumidores. ¿Por qué ocurre esto? Porque el IPC no es un espejo individual, sino un mosaico colectivo: un promedio ponderado, no una suma de vivencias particulares. No mide el precio de un producto específico, sino el comportamiento agregado de una canasta de bienes y servicios, donde cada elemento pesa según su importancia en el gasto de los hogares.

De este modo, mientras algunos precios pueden escalar con rapidez, otros permanecen estables o incluso descienden, amortiguando el resultado final. La inflación, entonces, no es el eco de un solo precio que sube, sino la armonía —a veces disonante— de muchos movimientos simultáneos.

A ello se suman otros factores que explican la brecha entre percepción y medición. El cálculo del IPC se basa en una canasta representativa construida a partir de la Encuesta de Ingresos y Gastos de los Hogares; refleja, por tanto, el consumo promedio nacional, no el de un individuo en particular. Además, incorpora miles de precios recogidos en distintos comercios y regiones, evitando así el sesgo de una observación aislada. El índice no se deja arrastrar por extremos: no recoge ni el precio más alto ni el más bajo, sino el pulso promedio del mercado.

También intervienen la cobertura nacional y la ponderación regional. El índice integra diversas zonas del país, otorgando mayor peso a aquellas con mayor densidad poblacional, como Santo Domingo. De esta forma, dibuja un retrato más fiel de la estructura real del consumo en el conjunto de la nación.

Conviene añadir que no todos los hogares enfrentan la misma inflación. Existen canastas diferenciadas según niveles de gasto, lo que explica por qué los hogares de menores ingresos suelen sentir con mayor intensidad el aumento en los precios de los alimentos, rubro que ocupa una proporción más alta de su presupuesto.

En definitiva, solo la presentación de evidencias que demuestren fallas en los fundamentos metodológicos —o una alteración interesada de estos— podría otorgar sustento a las críticas dirigidas al dato de inflación del banco central. Hasta ahora, tales evidencias no han salido a la luz. Mientras tanto, resulta oportuno y conveniente recordar que la percepción es humana, inmediata y legítima, pero el rigor estadístico tiene otros fundamentos: es más frío, más amplio y, sobre todo, más difícil de refutar.

Sobre el autor
Mario Mendez

Mario Mendez

Licenciado en Economía, del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), con más de 40 años de ejercicio en el periódico HOY.