Inversión extranjera
La desaceleración comprensible del crecimiento de la IED
Las cifras sobre la inversión extranjera, leídas con atención, narran una historia sin sobresaltos: primero, la inversión corrió, luego, respiró, ahora, avanza con paso sostenido.
El dinamismo de la inversión ha tenido ajustes sin caídas.
Tras el ímpetu notable de 2021 y 2022 —cuando la inversión extranjera directa creció 25.9% y 28.2%, respectivamente—, el ritmo comenzó a templarse: 7.2% en 2023 y 3.2% en 2024. Luego, como quien recobra el aliento, repuntó a 11.3% en 2025, marcando un récord histórico, para moderarse nuevamente a 6.4% en el período enero–marzo de 2026.
Más allá de las perturbaciones externas —como el eco incierto de la guerra en Medio Oriente sobre el año 2026—, esta trayectoria resulta no solo explicable, sino casi inevitable. Se trata del tránsito natural desde una fase de expansión vigorosa hacia otra de maduración.
En los años iniciales, el capital irrumpe con fuerza; más adelante, el crecimiento se aquieta, no por debilidad, sino por efecto de su propia magnitud. La base se ensancha, las oportunidades inmediatas se reducen y el sistema, como un organismo que busca equilibrio, modula su pulso.
Las cifras, leídas con atención, narran una historia sin sobresaltos: primero, la inversión corrió, luego, respiró, ahora, avanza con paso sostenido. No hay ruptura en este compás, sino continuidad en otra cadencia.
En economía, este comportamiento es bien conocido: tras un auge, la expansión tiende a moderarse por razones estructurales —el agotamiento de oportunidades fáciles, la elevación del punto de partida y la convergencia hacia un ritmo más sostenible.
Este fenómeno admite varios nombres en la jerga económica, cada uno iluminando un matiz distinto. Se habla de desaceleración cíclica, cuando una variable continúa creciendo, aunque a menor ritmo; no es crisis, sino transición. También se denomina normalización del crecimiento, una suerte de retorno a la mesura tras el exceso, donde el dinamismo se ajusta a su senda de largo plazo sin quiebres abruptos.
A ello se suma el conocido efecto base, que dificulta sostener tasas elevadas cuando el punto de partida se ha elevado considerablemente.
Finalmente, puede entenderse como la maduración del ciclo de inversión, en la que el flujo de capital deja de expandirse vertiginosamente para consolidarse y profundizarse.
Dicho en términos más llanos —y acaso más elocuentes—, la inversión extranjera no se desvanece ni se desploma, simplemente cambia de ritmo. No irrumpe como tormenta ni se disipa como bruma: avanza como marea constante, sin estruendo, pero ganando orilla con cada avance silencioso.