Costumbre que pesa
La violencia empieza en casa y se normaliza desde la crianza
Nadia Ventura explica porqué muchas víctimas no denuncian por miedo y esperanza, y alerta sobre el daño profundo en niños que crecen en entornos violentos.
Grano a grano
Si tuviera que escoger un lugar donde con más frecuencia se origina la violencia, la psicóloga clínica especialista en violencia Nadia Ventura dice: “Creo que elegiría la casa”.
Aclara que la escuela y la calle también son escenarios críticos —bullying, acoso, robos, asaltos—, pero sostiene que el hogar suele ser el punto de partida de lo aprendido y lo permitido. “Al final se expresa y sigue creciendo en los otros entornos”, explica.
En la violencia intrafamiliar, señala, pesan con fuerza el machismo, la normalización y los estereotipos de género. Estos últimos aparecen en expectativas rígidas que se convierten en reproche y, luego, en agresión: “¿Por qué tú, mujer, no hiciste la comida?”; “¿Por qué tú, hombre, no trajiste el dinero?”. Cuando la familia opera como un sistema de mandatos, el conflicto se vuelve terreno fértil para la violencia, sobre todo si se entiende como “corrección” o “derecho” de quien manda.
Ventura insiste en que la violencia física no siempre deja marcas visibles. Puede manifestarse en golpes y heridas, pero también en tirones de pelo, zarandeos o pellizcos que no quedan en la piel. En lo sexual, la clave es el consentimiento: cualquier intento de relación sin consentimiento es violencia. En lo económico, el control del dinero —no entregar lo que corresponde, impedir el acceso, restringir el uso— se usa como mecanismo de sometimiento. Y en todas esas formas, vuelve una constante: el daño psicológico.
Miedo y esperanza
Una de las preguntas que más recibe, dice, es por qué tantas víctimas no denuncian y, en ocasiones, regresan con el agresor. Su respuesta se centra en dos factores principales. El primero es el miedo: “el miedo paraliza”.
Las amenazas suelen ampliarse a hijos y familiares, generando una sensación de riesgo permanente. El segundo es la esperanza: la idea de que la persona agresora puede cambiar y que “las cosas van a ser diferentes”.
La luna de miel
Esa esperanza se alimenta, explica, en el ciclo de la violencia descrito por Leonor Walker, donde existe una fase de “luna de miel”.
En esa etapa, el agresor promete transformación, muestra arrepentimiento y ofrece un cambio momentáneo que confunde a la víctima y refuerza la permanencia. Entre el miedo y la esperanza, la salida se vuelve más difícil y el silencio se prolonga.
Niños marcados
En hogares donde la violencia es frecuente, los niños también quedan marcados, aunque nunca reciban un golpe directo. Ventura lo llama “un impacto horrible” por su alcance: afecta la forma de relacionarse, puede generar problemas de aprendizaje, depresión, ansiedad y estrés elevado. También puede alterar la relación con la comida: algunos niños comen de más; otros inhiben el apetito. Incluso, advierte, pueden aparecer trastornos alimentarios si el entorno de violencia se mezcla con rutinas como las comidas y con el control emocional que la casa debería ofrecer.
Las “pelas” como crianza
La psicóloga clínica Nadia Ventura sostiene que la violencia social en República Dominicana no surge de la nada, sino que se aprende y se normaliza desde etapas tempranas, especialmente en el hogar.
“Las pelas” y frases como “lo hago porque te quiero” convierten el maltrato en una forma aceptada de educar, de modo que quien agrede cree que está corrigiendo y quien recibe llega a pensar que lo merece. Esa idea, advierte, alimenta una cultura donde la violencia se tolera, se repite y luego se expresa en otros escenarios de la vida cotidiana.
Ventura explica que los niños que crecen en entornos violentos quedan emocionalmente marcados, aunque no les peguen directamente. Pueden desarrollar ansiedad, depresión, altos niveles de estrés, dificultades en el aprendizaje y problemas en su forma de relacionarse.
Incluso pueden aparecer alteraciones en la conducta alimentaria, porque el hogar deja de ser un espacio de seguridad y se convierte en un lugar de miedo e inestabilidad, lo que termina moldeando su carácter y sus respuestas ante el conflicto.
Con el tiempo, ese aprendizaje se proyecta en la calle, el tránsito, la escuela y el trabajo. Por eso, la especialista afirma que la violencia se reproduce como una “bola de nieve”: lo que empieza en la casa se amplifica en la sociedad, hasta reflejarse en una convivencia agresiva y en una forma de resolver las diferencias basada en la imposición, el grito o la humillación.
¿Puede cambiar una persona violenta?
La psicóloga afirma que una persona violenta sí puede cambiar y que, de hecho, es una de las preguntas que con más frecuencia recibe en su trabajo clínico.
Sin embargo, aclara que el cambio no ocurre por decisión espontánea ni por un simple “ya yo voy a dejar esto”. A su juicio, la violencia se sostiene en estructuras mentales profundamente arraigadas “desde el inicio”, por lo que el proceso exige deconstrucción: desmontar lo aprendido, cuestionarlo y reaprender nuevas formas de relacionarse.
Esa transformación, sostiene, no se logra en una, dos o tres sesiones. Requiere un conjunto de sesiones de trabajo terapéutico, con seguimiento constante, donde la persona asuma el compromiso de manera voluntaria. Además, advierte que no basta con “ir a terapia” en sentido general: debe ser una atención especializada en violencia, porque este fenómeno tiene componentes legales, médicos y sociales que no todos los terapeutas clínicos manejan con la experiencia necesaria.
En muchos casos, plantea, el abordaje debe ser multidisciplinario, con la participación de un psicólogo especialista en violencia y el apoyo de otras áreas, como psiquiatría o psicología social. Sobre si la violencia “se cura o se controla”, la entrevistada considera que puede trabajarse como si fuera una enfermedad: “se puede curar”, insiste, porque se puede reaprender y salir adelante bajo un proceso terapéutico serio.
Su mensaje para quien se siente atrapada en la violencia intrafamiliar es que hay salida: “Tú mereces una vida libre de violencia… vivir y no sobrevivir”, y buscar ayuda, aunque la familia no responda, porque también existe una “familia elegida” que puede sostener el camino hacia una vida sin maltrato.