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República Dominicana

Violencia normalizada: del hogar al tránsito y a la vida cotidiana

Advierte que el estrés diario acelera conflictos, mientras la “familiaridad” en comunidades cerradas facilita silencios, complicidades y tardías señales de alarma.

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La violencia en República Dominicana no es solo un hecho noticioso: para la psicóloga clínica especialista en violencia Nadia Ventura es, sobre todo, una práctica que se ha vuelto cotidiana. “Somos una sociedad extremadamente violenta y lo peor es la normalización”, sostiene.

Su afirmación parte de una observación que cualquiera reconoce, porque desde el momento en que salimos a la calle, el manejo agresivo y la confrontación están por dondequiera.

Pero según su experiencia, el problema viene de más atrás: la violencia se aprende y se legitima, muchas veces, dentro del hogar.

Ventura define la violencia como todo acto que busca hacer daño a una tercera persona y mantenerla en una posición “por debajo”, ya sea por su sexo, género o pensamiento.

Ese daño puede expresarse de múltiples formas: psicológica, física, económica o sexual. Sin embargo, insiste en la idea central de que en todas las violencias hay un componente psicológico.

Incluso cuando el daño es económico o sexual, la víctima carga con un impacto emocional que puede persistir más que la lesión o la pérdida material.

Cuando la violencia se vuelve costumbre, se vuelve invisible. La especialista menciona las “pelas” y la frase “lo hago porque te quiero” como ejemplos de una crianza que convierte la agresión en método de educación. “Quien recibe la violencia y quien la da cree que lo están haciendo por su bien”, resume.

Así, el acto violento deja de verse como violencia y empieza a interpretarse como corrección, disciplina o “lo normal”.

Una bola de nieve social

Esa lógica, advierte, crea una bola de nieve que se diversifica: ya no se trata solo de violencia familiar, sino también de violencia en las calles, contra las mujeres y en el ámbito laboral.

Allí aparecen fenómenos como el acoso y el mobbing, que son formas de violencia sostenidas en el tiempo y que deterioran la salud mental, el rendimiento y la estabilidad económica de las personas.

Cuando la cercanía engaña

La diferencia entre la violencia en la ciudad y en el campo no está tanto en las causas, sino en la forma en que se manifiesta. Explica que, en contextos urbanos, el ritmo acelerado, el estrés y los roces constantes pueden hacer que la violencia se exprese con más rapidez y frecuencia, mientras que en zonas rurales la violencia también ocurre, pero puede quedar más oculta por el exceso de confianza y la cercanía entre las personas. En comunidades donde “todo el mundo se conoce”, la familiaridad puede llevar a bajar la alerta y los niveles de protección, lo que vulnerabiliza más a las víctimas y retrasa la identificación del problema, incluso durante años.

Más denuncias, más miedo

Sobre el debate público —si hay más violencia o solo más denuncias— Ventura sostiene que ambas cosas ocurren a la vez. Por un lado, existe un aumento; por otro, hay mayor visibilidad porque hoy se habla más del tema y algunas personas se permiten preguntarse: “¿Esto es violencia?”. Para la experta, ese cuestionamiento es un avance real. Si alguien identifica el problema, abre una puerta para buscar ayuda. Sin embargo, persiste un obstáculo decisivo, y el miedo, que limita la denuncia y el acceso a protección.

Grupos vulnerabilizados

La especialista también advierte que no todos ejercen violencia del mismo modo ni con la misma intensidad: influyen la crianza, factores de personalidad y aprendizajes previos. Además, señala que hay grupos más expuestos a recibir violencia, entre los que se cuentan las mujeres, niños, personas de ciertas etnias o nacionalidades en contextos de racismo, y personas LGBTQI en ambientes marcados por la homofobia.

Raíces del problema

Cuando se pregunta por las causas, Ventura rechaza la idea de una explicación única. “La violencia es multicausal”, dice, “como un árbol de múltiples raíces”. En esas raíces están la desigualdad, la normalización cultural, lo aprendido en la familia y lo que se reproduce en redes sociales, televisión, películas y novelas.

En ese entramado, el machismo ocupa un lugar clave porque establece una jerarquía: alguien “arriba” y alguien “abajo”, creando un terreno fértil para el abuso de poder.

Para reducir la violencia social, propone tres rutas urgentes: dejar de normalizarla y nombrarla con claridad; trabajar con quienes la ejercen, no solo con las víctimas; y formar a las autoridades para diseñar políticas públicas eficaces.

La violencia, advierte, también cuesta dinero al país: se expresa en ausentismo laboral, rotación de personal, gasto sanitario y respuesta judicial. Por eso, insiste, prevenir no es solo un deber moral: es una decisión inteligente. 

Sobre el autor
Hainan Reynoso Uribe

Hainan Reynoso Uribe

| Periodista con casi 27 años de experiencia. Licenciada en Comunicación Social con maestría en Ciencias Políticas para el Desarrollo Democrático. Correctora de estilo, locutora, maestra de ceremonias. Guardiana de la Verdad.