El País

Amalgama

Una nación formada de retazos culturales, de mezclas que enriquecen

Ritmos, comida, religiosidad en sus más amplias manifestaciones y un vasto folclor construyen la dominicanidad

Un pueblo que profesa su fe mediante procesiones y cumplimiento de promesas. FOTOGRAFÍAS NIRVANA SAVIÑÓN.

Publicado por

Creado:

Actualizado:

¡Que suenen los paloooos! El rítmico sonido de los atabales ahoga la voz del palero mayor y la gente eufórica deja que la envuelva. Los cánticos rinden culto a santos europeos y a deidades africanas, a la idiosincrasia, al amor y a la comida tradicional. Es un sincretismo cultural y religioso forjado de aportes de nativos, colonizadores y esclavos importados.

Expresión artística construida de la idiosincrasia, del fervor religioso, del folclor y la gastronomía. Celebraciones que exhiben el resultado de las mezclas. Vestidas de ropa típica, de promesas y devoción en cultos legados por Europa y África y aunque en menor grado, por la etnia indígena, en lo que luego sería América.

Arte que recoge con sonidos y voces los elementos característicos de una nación elaborada en principio con retazos de tradiciones de tres continentes y engrosada luego por Asia y Oceanía.

Por eso es común encontrar dioses de cualquier lado en los altares de los servidores de misterios, intermediarios entre seres espirituales y devotos. Igual, las comidas reflejan el impacto de la migración desde y hacia el territorio y el menú de las zonas más remotas ya es parte de la dieta nacional.

Una marca hecha a palos

Los grupos de atabales inciden en el país completo. Desde el sur hasta el este vibra su presencia y el relevo generacional mantiene vivas estas hermandades.

“La historia de nuestros inicios es de tres personas que crearon y fomentaron la preservación de estas costumbres, que asumimos repetir de generación en generación”. Jorge Castillo Pérez (Moreno) es el líder de los paleros de Duvergé, en Independencia, criado en estos menesteres que conoce de cabo a rabo, que tiene el compromiso de replicar y eso hace.

Organizan veladas en honor a santos como Miguel, intercesor ante Dios, uno de los más populares y sincretizado en Belié Belcán; Antonio, el protector de los enamorados; Ana Isa y santa Martha, amparo de fieles cuya fe les atribuye tantos y grandes milagros.

Respaldan las actividades de los servidores de misterios, ofrendadas por interesados en obtener favores de los más variados tipos. Conseguir que el clamor sea escuchado, requiere ofrecer comidas, bebidas refrescantes, alcohol y tabaco y sobre todo, un sacrificio.

El trabajo para mantener esta práctica da sus frutos y lo evidencia el alto porcentaje de jóvenes que lidera y conforma las cofradías. Como Los Santos de Vicentillo, que honra a la comunidad homónima de El Seibo, en el este, y cosa rara, tiene entre sus miembros a una mujer, Yaisa Alejandrína Pérez.

Carlos Vilorio (San Carlos Vicentillo) es uno de los integrantes y servidor de misterios, además. Habla de la facilidad con la que los mozos acogen la tradición y lo atribuye a que nacieron en su interior. Que los rituales sean llevados por las mismas familias desde tiempos inmemoriales, ayuda a propagarlos.

La fusión y la tecnología, nuevas aliadas

Poco a poco los palos son mezclados con otros instrumentos, el teclado, la guitarra y el acordeón, en un tanteo por aprobación y el ritmo ligado con los “urbanos” y la bachata que da “el bacha-palo”. De mismo modo, estos conjuntos avanzan hasta grabar producciones pero lamentan la falta de respaldo que frena su proyección. En ese innovar intervienen las redes sociales, y canales virtuales, vía de promoción de su quehacer por la que hasta reciben contratos para fiestas e incluso, sirven para dar consultas, como en el caso de San Carlos Vicentillo, que les saca buen provecho con los clientes cibernautas.

Cuando la comida es identidad

La chola y el casabe, platos indígenas elaborados de guayiga, con coco y yuca; el mangú y el mofongo africanos; el sancocho y el mondongo, caldos españoles, están integrados a la cocina criolla de manera tal que no siempre es conocido su origen.

El sabor de los manjares callejeros típicos hace salivar a sus adeptos, frituras de tripitas, bofe, morcilla, hocico de cerdo, entresijo, corazón, galillo. Deleitan igual las vísceras guisadas (pipián).

En las regiones, el sur ofrece su chenchén, el norte el bucheperico, ambos a base de maíz, el este el domplin, legado de la comunidad cocola, que habría llegado de las islas tórtolas y de ahí derivaría el gentilicio.

Estos entre una rica variedad, habituales como tributo en los altares a los santos.

Sobre el autor
Petra Saviñón

Petra Saviñón