Franklyn Mieses Burgos en mi recuerdo…

Franklyn Mieses Burgos en mi recuerdo…

Franklyn Mieses Burgos

Por JEANNETTE MILLER

Yo no voy a pontificar sobre la obra de Franklyn Mieses Burgos; para mi gusto, y sin desmedro de nadie, el mejor poeta dominicano. Ya otros lo han hecho –Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda, Federico Henríquez y Gratereaux…- de manera magistral y con gran acierto. El motivo de este texto es dar testimonio del apoyo y solidaridad que recibí de él cuando me iniciaba en la escritura y hablando de él recordar un poco los tiempos y las motivaciones que me impulsaron a escribir.

Desde niña, tendría unos seis u ocho años, Juan Francisco Sánchez – Tongo-, quien era mi tío, me llevaba a las tertulias que hacían en la ciudad Capital donde don Cundo Amiama y don Pepé Ortega; allí oía el piano que tocaba Manuel Rueda y las discusiones encabezadas por Franklyn Mieses Burgos sobre la función de la literatura.

Manuel frente a un piano negro, acariciaba un teclado blanquísimo, mientras sacaba melodías distintas a las creadas por los autores, ejerciendo así la magia de la re-creación en veladas que se alargaban hasta la medianoche, hora en que -como a una cenicienta cualquiera- tío Tongo me llevaba a descansar, mareada de notas placenteras, de palabras que se entrecortaban en mi memoria formando un registro simultáneo y proporcionándome esa primera sensación de verdadera felicidad.

Eran los inicios de la década de 1950. Desde entonces, su voz calma y entonada alumbró las marquesinas de mi niñez y de vez en cuando una nube de polen me traía a un “sorprendido” Mieses Burgos que me confesaba su amor por la madera y los sonetos, despertando en mí esta afición por la escritura que ya había iniciado Fredy Miller, y catapultado Manuel Rueda cuando declamé los versos de Lorca en La Zapatera Prodigiosa, completando la trilogía de ángeles que me han llevado de la mano por este oficio de felicidad- infelicidad.

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Sí, puedo afirmar que fueron en parte esas vivencias y la imagen de Fredy Miller, mi padre, golpeando su vieja Underwood, lo que me sensibilizó hacia la escritura. Ya en 1959, los extremos de la dictadura de Trujillo, entre los que se cuenta la desaparición de mi padre, actuaron como un empujón para que me tirara de lleno a escribir. Recuerdo que teniendo 14 años y a raíz de la desgracia de mi padre, ensayábamos una obra de Franklyn Domínguez, “Espigas Maduras”, y allí entablé amistad con Miguel Alfonseca, Iván García, Armando Almánzar, José Ramírez Conde, Iván Tovar; y más tarde con Juan José Ayuso, Grey Coiscou, Jacques Viaux, René del Risco y Bermúdez, Héctor Dotel Matos, Antonio Lockward… – la mayoría sufrió cárcel y torturas- y fue con ellos que terminé de abrir los ojos ante las atrocidades que acontecían. Nos unieron lazos fuertes de amistad basados en una identificación que cubría dos aspectos: por un lado, interés por la literatura y por otro, rechazo a la dictadura y solidaridad con los desposeídos…

Ese grupo fue creciendo y a lo largo de la década del 60 adoptó muchos nombres, entre ellos: Arte y Liberación (1962), donde también estuvieron Delta Soto y Silvano Lora; más tarde El Puño (1966) con Ramón Francisco, Marcio Veloz Maggiolo y otros… pero fue a esos dos grupos a los que pertenecí.

La década de 1960 fue una época de cambios y cuestionamientos, queríamos superar el largo período de la dictadura en poco tiempo y los más jóvenes nos tirábamos al experimento, buscando el verso directo y denunciante, las lecturas en lugares públicos que se convertían en verdaderas manifestaciones terminadas a bombazos y tiros. Y mientras Miguel declamaba, Silvano iba pintando un mural con ametralladoras y platos vacíos, y Ramírez Conde incluía en sus cuadros al soldado pobre, solidarizándose con los niños heridos.

Eran grupos multidisciplinarios escritores, pintores, músicos, teatristas… Como todo movimiento nuevo, queríamos borrar todo lo hecho por o durante la dictadura, y aquel artista que no pregonaba las cárceles, los asesinatos y la injusticia social a nivel visual o textual, era en cierto modo estigmatizado.

Sin embargo, recibimos la solidaridad de muchos de los escritores anteriores; primero de esas figuras intermedias que teniendo mayor experiencia y quizás más edad – y que ya habían publicado libros- volvían a salir a la palestra junto a nosotros, compartiendo el momento que nos tocaba vivir en toda su trascendencia y su dramatismo; me refiero a Marcio Veloz Maggiolo, y a Ramón Francisco. Igualmente, los de la poesía sorprendida: Franklyn Mieses Burgos, Manuel Rueda, Aída Cartagena, Freddy Gatón Arce; y la Generación del 48: Lupo Hernández Rueda, Víctor Villegas, Ramón Cifré Navarro y muchos más.

Los del sesenta fuimos una generación vapuleada y enaltecida. Llevábamos la bandera de la disidencia y exhibíamos una especie de liderazgo y de orgullo producido por la seguridad de hacer lo debido. La necesidad de testimoniar la inmediatez nos separaba del cuido de la forma, porque en esas circunstancias de sobrevivencia, todo era válido.

Llegaron los setenta, los ánimos bajaron, y el desencanto ante la derrota que significaron los doce años de Balaguer nos llevó a la reflexión, aquietándonos y haciéndonos voltear la cara hacia la calidad de la palabra. Producto de ese tiempo supimos que el escritor puede hacer la revolución en el texto y comenzaron los experimentos, la inclusión de frases de propaganda en medio de un verso, nombres asociados al consumo y los medios de comunicación, y a través de estas inclusiones -altamente significativas- planteábamos que el nuevo enemigo era el consumo.

En esa época yo inicié un trato muy cercano, casi de discípula con Franklyn Mieses Burgos. Sería injusta si no mencionara a Manuel Rueda como seguidor y mentor de mi trabajo literario, pero mi amistad con Franklyn sobrepasó el interés por la escritura y la lectura convirtiéndose en un diálogo casi permanente que abarcaba la vida.

El me visitaba todas las noches y recorríamos la calle El Conde de arriba abajo para hacer una buena digestión. Había sido un gran amigo de mi padre, y hablaba de manera encomiástica de sus cuentos y de sus versos. Gracias a él, supe que Fredy Miller participaba esporádicamente en las lecturas de la Poesía Sorprendida, como lo consignan las actas de este movimiento en distintos números de su publicación, de su amistad con Eugenio Fernández Granell y Antonio Prats-Ventós…y no sé si eso contribuyó a que se estableciera una verdadera relación de afecto entre nosotros, donde el maestro me daba lecciones de ética, de comportamiento, de educación y de verdaderos valores a cada minuto.

Su tres pasiones fueron: su esposa, -Gladys Pelegrín-, la poesía y la ebanistería.

Franklyn tenía en su casa un espacio donde las maderas preciosas tomaban formas de muebles a través de un trabajo paciente y creativo con el serrucho, la gubia y el cepillo; luego, esos objetos servían de soporte a un jarrón o sostenían los dibujos de Gilberto Hernández Ortega y de Eugenio Fernández Granell, estableciendo con él una complicidad cotidiana que convertía los rincones de su hogar en significativos y bellos.

Y cómo olvidar la pipa con olor a canela que aquel hombre, impecablemente pulcro y vestido, encendía casi de manera permanente. Un día al verlo toser y con un acceso de ahogo, le sugerí que por qué no dejaba el cigarrillo y me contestó: -Sí, quizás el cigarrillo pero nunca la pipa, porque cada media tarde mis vecinos esperan el momento en que la enciendo y junto al humo perfumado, una especie de alegría colectiva se esparce por la vecindad hasta el punto de que cuando la apago, los muchachos me dicen -¡Ay don Franklyn, siga fumando!

Quiero confesar que Rosa en vigilia y Paisaje con un merengue al fondo han sido para mí modelos de ritmo y composición poética, Nadie como él para lograr la armonía de la belleza permanente en imágenes visuales y rítmicas que convierten la lectura de su obra en una experiencia enriquecedora, por todos los aspectos sensoriales que abarca.

Por amor a Franklyn Mieses Burgos podría ser el título para un trabajo más abarcador, donde mi interacción con él y mi deuda poética con su obra, puedan tratarse de manera más amplia y profunda.

Porque todavía su nombre me introduce a esa nebulosa donde la realidad es ficción y me despierta la inquietud por la escritura; porque todavía su voz me lleva de la mano por los oscuros pasillos de la incertidumbre, esa que él supo manejar tan bien, logrando espacios de luz donde mi realidad y la suya se confunden. Es por eso que siempre he pensado que mi trabajo poético podría simbolizarse con la imagen de una adolescente llena de sueños e ideales que ha estado permanentemente recogiendo esa “…canción que estaba tirada por el suelo”.

Jeannette Miller