La fragilidad humana

La fragilidad humana

Mukien Adriana Sang

En este tiempo oscuro solo la infamia resplandece.

La vida es apenas una triste conversación con los
fantasmas.

Toda la tarde una lluvia negra nos hizo enloquecer.
C
ayeron lentas y sucias las nubes desde el cielo
hasta llenarnos los ojos de barro y de silencio.

Los sueños se volvieron tan atroces
que únicamente podíamos soñarlos
poniéndonos pastillas debajo de la lengua.

Cuando mirábamos fuera, veíamos
hasta qué punto se habían convertido
en una impostura aquellas cosas que quisimos cambiar.

Cerramos las puertas para que no entrara el mundo,
para no ser heridos otra vez
por el idioma de los difamadores.

La ceniza, poco a poco, fue cubriendo
la extensión de nuestro amor.

Pedíamos un poco de luz, algo en que creer,
pero ninguna señal se revelaba.

Por la noche, en medio del zumbido
de los electrodomésticos, los insomnios
no dejaban de agolparse en todas nuestras visiones.
(Al final del invierno, Diego Doncel, fragmento)

Escribo este Encuentro una tarde cualquiera de la semana. De repente los días me parecieron iguales. No tenía agenda. Me vi obligada a suspender todo, porque mi amigo del alma, que no me abandona en las buenas y en las malas, mi asma crónico, hizo de las suyas y me sometió a su poderoso yugo.

En estos largas horas y días en que me vi obligada a encerrarme, tuve la oportunidad de reflexionar mucho. Por supuesto, pensé en la naturaleza humana, en nuestra fragilidad, en el hecho de que la existencia misma puede verse trastocada de la noche a la mañana, pues el azar puede abrazarnos y transformar el rumbo de nuestros días. Me enteré hace unos días, que una amiga del colegio, una de Las Superchicas del Sagrado Corazón de Jesús, fue a Miami a estar con sus hijos y disfrutar de unos días en familia. De repente comenzó a sentirse mal, fue el médico y era nada más y menos que una septicemia.

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Tiene casi dos meses interna. Unas vacaciones que salieron mal y casi se abraza a la muerte. Si la vida es tan frágil, ¿Por qué nos empeñamos en el poder y riqueza, y olvidamos el placer de lo simple?
Quizás porque me han entrado los años, y ya no tenga las ambiciones de mujer joven que se quería tragar el mundo de un solo bocado. Por suerte nunca aspiré a hacerme rica en bienes ni dinero. Busqué enriquecer mi intelecto. Quería aprenderlo todo. Me gustaba la pintura, las novelas, la historia, especialmente el pensamiento. Buscaba en las librerías para estar al día. El Internet entonces era una utopía. Compartía mis días colaborando en actividades culturales, tratando de construir un mundo mejor. Me sentía invencible. Que podía con todo y con más.

Con el tiempo, comprendí que el conocimiento es tan amplio que me faltarían docenas de vida para aprender todo lo que quería y aspiraba. Entonces me di cuenta de que la vida era también naturaleza, familia, amor de pareja y amigos. A fuerza de tropiezos, desilusiones y lágrimas, tomé conciencia de que los seres humanos somos frágiles, incompletos, imperfectos y que llevamos a cuestas pesados fardos de nuestras infancias que inciden en nuestra vida adulta.

El llenar la vida tan intensamente pasa factura. El cuerpo se resiente, y te cobra el abuso. En mi caso, mi asma crónico es un aviso, una descarga obligada cuando mis días están repletos y llenos de presiones. Me derriba por unos días, para que haga conciencia de mi propia fragilidad, para que reafirme mi condición de que simple y sencillamente soy humana y nada más, que tengo límites.

Antes de finalizar este Encuentro con la segunda parte del hermoso poema de Al final del invierno de Diego Doncel, permítanme señalar dos cosas. La primera se refiere a mi artículo anterior. Todavía tengo la profunda duda si la bondad es una condición intrínseca de los seres humanos; sin embargo, sigo y seguiré apostando a la esperanza; a las utopías de una sociedad más justa y humana; al sueño de que preservemos el ambiente; a la creencia de que alguna vez en este país nuestro se respetará la democracia y sus instituciones.

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La segunda observación que quiero hacer, y aquí finalizo mi artículo, quizás porque ya estoy en el otoño de mi existencia, es que debemos creer en la juventud, aunque piensen y hagan cosas que no aceptamos. Cuando era joven mis padres se horrorizaban con mis ideas, con mi compromiso activo en las causas sociales. Todavía hay jóvenes que luchan y sueñan. NO TODO ESTÁ PERDIDO.

Tomemos conciencia de la fragilidad de nuestra existencia, y vivamos cada día con intensidad y ganas.

¿Por qué el deseo de un nuevo mundo nos ha humillado tanto?, me preguntaste.

Fue entonces cuando oí algo
respirando allá afuera, en los patios traseros, junto a la ropa tendida hacía mucho tiempo por mi
madre,
junto a aquella forma suya de limpiar la casa y ordenar el mundo como si con ello pudiera detener la historia, las catástrofes personales y la diaria expulsión del paraíso.

Fue entonces cuando me decidí a salir, cuando vi estos días azules y este sol de la infancia
y
supe que nada había muerto.
(Al final del invierno, Diego Doncel, fragmento)

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