La humanidad

La humanidad

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

La humanidad. El fino humorista español Enrique Jardiel Poncela escribió una obra titulada ¿Pero hubo una vez vez once mil vírgenes? El cuestionamiento era válido puesto que la frase era repetida una y otra vez, “eso fue en el tiempo de las 11 mil vírgenes, por ejemplo.

Tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe, dice otra frase que tiene verdad y mentira, no todos los cántaros se rompen, de ahí que la grácil joven para evitar la pérdida del cántaro en el cual se transportaba el agua, ante la dificultad, cantó “la múcura está en el suelo, mamá no puedo con ella” aire que se perdió en la memoria popular cuando se construyeron los acueductos.

Hay dichos, frases, historias y cuentos de caminos que se repiten tanto que la gente los cree, los hace suyos, los repite, hasta que un nuevo decir se impone.

Algunas “verdades” impuestas por la repetición, se hacen eternas, aunque no por ello sean ciertas y cito el caso de la “democracia” griega, un sui generis ejercicio que incluía, curiosamente, esclavitud y segregación racial, para solo citar dos causas de nulidad a la hora de juzgar la “democracia” griega.

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Todo depende del tiempo, de las circunstancias, del momento, del lugar, por eso dicen que el corazón de la ahuyama solo lo sabe el cuchillo. El tiempo cambia de tal modo que el dantesco, brutal e inhumano modo de diversión de los romanos, quienes forzaban a los esclavos a que lucharan con fieras salvajes y animales feroces, cambió para que “modernamente” veamos dos hombres enfrentados a patadas y puñetazos en una demostración “deportiva” que envuelve cantidades colosales de dinero. Y eso es modernidad.

Rodó escribió; “la herejía de hoy, es el credo de mañana”. Durante siglos se ha aceptado como bueno lo que la mayoría de la gente acepta como tal hasta que surgieron los creadores de mayoría, aquellos cuyos fuegos fatuos verbales sustituyen la verdad con acciones por repetición, cuando es verbal, o por truquear las imágenes en movimiento para que reflejen una verdad que solo existe en la imaginación de su creador y en la del inocente ciudadano que la recibe.

Aquel célebre fotógrafo de sucesos ganó un premio mundial por la gráfica en la cual aparecía un niño con el rostro desencajado, sudado, con ojos legañosos brotados, con las costillas afuera, titulado: “La Guerra”. El jurado consideró los detalles, el entorno, el terror que se reflejaba en aquel rostro atormentado; mucho después se supo que el fotógrafo había enviado esa gráfica tomada en un pueblito de África, con el título de “En Vietnam, horrores de la guerra. Ejemplos hay incontados e incontables y una sola verdad: “no todo lo que brilla es oro”.

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