Llegó la hora… ¡17 músculos para el cliente!

Llegó la hora… ¡17 músculos para el cliente!

¡Herminio!.. ¡Mueve tu músculo elevador del ángulo de la boca, el del labio superior, el orbicular de los ojos, el risorio, el cigomático mayor y el cigomático menor! –grita Píndaro-… Herminio, que ha salido de algunas experiencias en las que ha sido prácticamente ignorado por personal destinado a darle un natural y agradecido servicio al cliente, no se recupera aún y se lamenta de la tendencia actual en los puntos de ventas de nuestro país, una nación que había creado un interesante estándar, ejemplo de respeto a los clientes y que, de repente y post pandemia, ha dado un peligroso giro hacia la prepotencia de marcas establecidas y de otras emergentes…

Es como si el cliente estuviese obligado a inclinarse a adquirir un producto impulsado solo por un ampuloso ambiente en el que el moderno solapado de etiquetas diera la impresión de una verbena pero en el siglo pasado…

“Píndaro –le comenta Herminio-, me he quedado mudo ante la enorme influencia del poder del Internet, una herramienta destinada a enmudecer al consumidor y a acostumbrarlo a recibir lo que previamente su instinto consumista le ha influenciado a efectuar una compra en la que el factor humano es más anulado cada día… Y, le lleva irremediablemente a sólo fruncir su ceño y obviar toda orientación posible al consumidor que tuviese delante”.

Puede leer: ¡Al cliente ya no se le permite hablar!

Píndaro, que ha entrado en una fase analítica, exclama: “¡Es como si el reducido personal que aún han dejado en muchos de los establecimientos, haya olvidado que una sonrisa al cliente sólo requiere movilizar 17 músculos de la cara y, sin embargo, el truño que proyectan en su cara les ha llevado a forzar el uso de otros 43 músculos!…

Sin embargo, sonreír nos lleva menos tiempo que fruncir el ceño… Ojalá al personal de servicio al cliente se le entrenara cada día para que, una vez y por todas, al tener a un cliente delante su músculo cigomático le permita liberar endorfinas y, por ello, le provoque más felicidad… Se genere más complicidad con el servicio brindado y, al mismo tiempo, se pueda incrementar la confianza en si mismo… ¡Bote el estrés, antes de llegar al ‘escuatro’, o al ‘escinco’!… Le mejore el sistema inmunológico.. Los latidos de su corazón serán estables… Y le facilite que, al despedir cerrando una excelente venta a su cliente, sienta una mayor satisfacción que lo acostumbrado!”.

Herminio se ha quedado de una sola pieza y enfila sus cañones con certeza… “¿Y qué pasa con tu cerebro cuando sonríes?”… La respuesta no se hace esperar y, Herminio recibe como respuesta: “Aunque no lo creas, tu cerebro lo disfruta y el nivel de gozo aumenta considerablemente, al tiempo que entra en un proceso de liberar serotonina, endorfinas y otros analgésicos naturales… ¡La sonrisa es la mejor pastilla para vivir, y para hacer sentir mejor a tu cliente!”.

“Escucha Píndaro –exclama Herminio-, lo grave es que una persona destinada a servir a los clientes no sea concientizada, o no se haya dado cuenta, de que el estar ‘entruñado’, o ‘entruñada’, es una clara evidencia de inseguridad en su desempeño y, lo que es peor y aunque no lo crea, su cliente se da cuenta

Es más –agrega Herminio-, el precio que paga una marca a través de una actitud de esta índole, es muy difícil de cuantificar en el tiempo, pero sí en algo que se hace rápidamente evidente: su participación en el mercado”.

Píndaro no vacila y sentencia: “¡A aquellos destinados a servir a los clientes, se les debe entrenar en cómo sonreir!”.

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