Opinión
Aquí ronda la sombra de Monsieur Meursault

Camus
Une fois, bien des années
avant la mort de mon corps,
j'étais mort dans mon esprit,
j'étais allongé raide mort
dans mes rêves à la dérive
comme des voiles de mariée
en spirales dans le vent… (René Depestre, en Hadriana dans tous mes rêves)
Hace años, cuando era un adolescente lleno de sueños, llegó a mis manos un pequeño libro llamado “El Extranjero”, escrito por un tal Albert Camus, de quien jamás había escuchado hablar en mis días felices de mi querida Ceiba12, con olor todavía a yerba pangola.
Confieso que al principio me pareció una novelita vana y sin atractivo, porque no advertía en mi joven cabeza una trama seductora, pero luego presentí algo en el personaje central.
Años después, cuando ya se había marchitado mi sueño de ir a estudiar a París, fantasía difícil para un niño de una remota comunidad rural dominicana de entonces y a la que me había conducido la lectura de Alejo Carpentier, en El Siglo de las Luces, descubrí que hacía mucho tiempo Camus había ganado el Premio Nobel de Literatura, en 1957.
Entonces, busqué de nuevo la obra y me dediqué a leerla con mucha atención, con una mayor conciencia, ya con cierta madurez intelectual.
La novela narra la monótona vida de Monsieur Meursault, un personaje raro, con una vida sin sentido y sin rumbo, como una estrella fugaz en la oscuridad de los cielos, que un día se despierta y recibe un telegrama anunciándole la muerte de su madre en un asilo.
Tan enigmático como Grigori Rasputin, el monje siniestro, o como Giovanni Angelos, en el Ángel Sombrío, de Mika Waltari o como el Melquisedec, de las Sagradas Escrituras, Meursault es un hombre sin pasado, sin sueños, sin esperanzas ni emociones.
Es un ser vacío, sin un norte en la vida, que no siente amor por nadie y no le importa ni vientos, ni mareas, ni diluvio universal, sin conmoverle prédica alguna sobre la posibilidad del fin del mundo por culpa de los pecados de los infieles.
Su apatía se manifiesta en la muerte de su madre, por la que no derrama una lágrima, pues no le aflige la desaparición física del ser que lo trajo al mundo y lo amamantó y lo cuidó cuando pequeño.
No se podría decir que Monsieur Meursault era simplemente un rebelde, sino un apático, que no creía en ninguna norma social, porque sus sensaciones no alcanzaban a valorar las convenciones morales.
Así, Meursault representa la filosofía del absurdo, que observa el mundo terrenal carente de sentido, que sólo existe por lo sensorial y no por lo emocional.
Su fala de empatía y su inaceptación a las normas de convivencia social, lo lleva a cometer un crimen sin sentido. Mata a un árabe en una playa sin ningún motivo. Cuando el juez de instrucción le pregunta por qué ha cometido ese crimen su respuesta es tan absurda como su falta de arrepentimiento. ¿Usted no cree en Dios? NO.
Y es que Monsieur Meursault no cree ni en religiones ni en un supremo ser. Tampoco le interesa fingir para salvarse, porque sabe que el mundo está lleno de tartufos, de farsantes que usan la religión como escudo para sus fechorías.
La indiferencia de este pobre ser viene dada por la exposición permanente a la farsa, la manipulación y el derroche de hipocresía que obnubila a la sociedad.
No quiero ser pesimista, pero siento que en nuestra sociedad ronda el espíritu pernicioso de Monsieur Meursault. A través de las redes sociales se está observando la más preocupante exposición de una sociedad apática, con falta de misericordia y piedad.
Es muy peligroso cuando un pueblo pierde la capacidad de conmoción, cuando se esfuma la piedad, la compasión, la clemencia, y sobre todo cuando esa apatía va acompañada de la falta de fe, de una desesperanza que se acrecienta por la exposición de un liderazgo religioso que milita en las más oscuras causas que han ensombrecido la historia de la humanidad.