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¡Boom! de Sélvido Candelaria

La novela de Sélvido Candelaria se erige como una propuesta narrativa profundamente transgresora que desborda los márgenes tradicionales de la representación literaria del cuerpo, la sexualidad y la subjetividad.

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La novela de Sélvido Candelaria se erige como una propuesta narrativa profundamente transgresora que desborda los márgenes tradicionales de la representación literaria del cuerpo, la sexualidad y la subjetividad. Se inscribe en un territorio híbrido entre narrativa confesional, realismo crudo y transgresión discursiva. Desde sus primeras líneas, el texto construye una voz narrativa femenina que no solo relata sino que se posiciona como sujeto autónomo. La protagonista asume el control de su enunciación y declara explícitamente su intención de narrar sin mediaciones ni correcciones. Este gesto inicial configura la novela como un acto de resistencia simbólica en el que el lenguaje se convierte en herramienta de reapropiación del yo. Y así declara: “Voy a contarla tal y como ocurrió… sin hacer interferir mis conocimientos gramaticales”. Todo ello busca legitimar una escritura del cuerpo, en este contexto, se configura como el principal eje semiótico —un territorio de significación— y, lejos de ser un objeto pasivo, se presenta como un espacio de experiencia, memoria y resistencia. Desde la infancia, la protagonista describe una relación intensa con el deseo que no está mediada por la moral tradicional, sino que emerge como una fuerza vital autónoma.

En cuanto a la dinámica relacional, la protagonista, vulnerable y rebelde, apoya su discurso primordialmente en su experiencia personal. Utiliza expresiones como “yo la he vivido”, “yo la he sufrido” para establecer una autoridad epistémica directa sobre su propia realidad. Esta validación del "yo" se complementa con una marcada deslegitimación del discurso científico, mediante la cual critica la patologización de la sexualidad. De este modo, la estrategia narrativa desacredita sistemáticamente a las instituciones tradicionales para otorgar una validez absoluta a la experiencia subjetiva por encima del juicio clínico. Por otro lado, el personaje Humberto Sanna funciona como un catalizador del deseo, representante del discurso masculino instrumental: figura ambigua entre afecto y dominación. El esposo es una presencia ausente, que simboliza la frustración conyugal, el fallo del modelo tradicional y el vaciamiento del vínculo afectivo.

Uno de los rasgos más distintivos de la novela es la fragmentación estructural, donde se alternan y articulan múltiples formas discursivas: narración autobiográfica, evocaciones de la infancia, flujo de conciencia y secuencias de diálogos digitales. Esta hibridación textual genera una polifonía que rompe con la linealidad narrativa clásica y sitúa la obra en un registro contemporáneo donde la virtualidad se integra como espacio legítimo de experiencia. Los intercambios tipo chat no son un mero recurso estilístico, sino un dispositivo narrativo que expone la inmediatez del deseo, la desinhibición del sujeto y la transformación de las relaciones humanas en el contexto tecnológico. El relato se organiza a partir de una lógica afectiva en la que pasado, presente y virtualidad se entrelazan de manera constante. La experiencia adulta de frustración se conecta con los episodios fundacionales del despertar sexual en la infancia, generando una estructura en la que la memoria actúa como eje organizador. Esta superposición temporal contribuye a la construcción de una subjetividad fragmentada que se recompone a través del acto narrativo, configurando un sujeto que se piensa y se reescribe a sí mismo. Esto genera una estructura cercana a lo que Gérard Genette en su obra Figures III (1972) denominaría analepsis (retrospección) internas recurrentes.

Desde la perspectiva del análisis crítico del discurso, en la línea de Teun van Dijk, la novela presenta una macroestructura claramente identificable: la lucha del sujeto femenino por reapropiarse de su cuerpo y su deseo. Este macrotema se despliega en diferentes subestructuras que abarcan el desencanto social, la memoria del deseo, la mediación tecnológica y la crítica ideológica a las instituciones que regulan la sexualidad. En cuanto al nivel microestructural, el léxico oscila entre la sofisticación del registro culto con la espontaneidad de lo coloquial y lo vulgar. Asimismo, la sintaxis presenta una dualidad significativa: mientras que la narración adopta estructuras elaboradas, los intercambios digitales se caracterizan por la repetición exagerada y la inmediatez expresiva que reproduce la diferencia entre pensamiento reflexivo y deseo impulsivo. En los chats la oralidad es performatividad. Los diálogos digitales reproducen: errores ortográficos, repeticiones, intesificadores (“claroooooooooooo”). Esto no es descuido, sino una estrategia estética deliberada que construye la identidad social de los personajes y sitúa el texto en la contemporaneidad digital

Desde una perspectiva estructuralista, siguiendo a Claude Lévi-Strauss, la novela puede analizarse a partir de una serie de mitemas que organizan su significado profundo. 

Entre ellos destacan el despertar prohibido, la transgresión, el desdoblamiento entre espacio normativo y espacio liberador, el cuerpo como territorio simbólico y la voz silenciada que irrumpe. Estos mitemas se articulan mediante oposiciones binarias fundamentales, tales como naturaleza versus cultura, deseo versus norma, cuerpo versus institución y libertad versus control. La obra no resuelve estas tensiones, sino que las mantiene en un estado de conflicto permanente, evidenciando la complejidad de la experiencia humana frente a los sistemas de regulación social. En este sentido, la novela puede interpretarse como un contradiscurso. La inclusión de registros lingüísticos no normativos, la explicitud de las experiencias corporales y la crítica a las instituciones constituyen estrategias de resistencia que revelan el carácter del texto. No se trata únicamente de una narración sobre el deseo, sino de una intervención discursiva que cuestiona los mecanismos de control simbólico.

La protagonista desafía explícitamente la patologización de la sexualidad: critica las “549 desviaciones sexuales” clasificadas, cuestiona la autoridad científica (Freud incluido); denuncia la elaboración de normas como mecanismo de control; y reivindica el deseo como derecho. La novela puede leerse como una crítica al dispositivo de control social sobre la sexualidad, en línea con: Foucault (biopolítica y regulación del cuerpo) y Bourdieu (violencia simbólica). La pieza sobresale por una audacia temática y una originalidad formal coherentes con la trayectoria y el estilo del autor, distinguiéndose en esta obra el análisis de la subjetividad femenina. No obstante, su explicitud y su estructura fragmentaria pueden generar tensiones en la recepción, especialmente en lectores habituados a formas narrativas más tradicionales. Sin embargo, estas características deben entenderse como parte de una estética deliberada que el autor usa para incomodar y provocar reflexión.

En conclusión, ¡Boom! de Sélvido Candelaria trasciende los límites de la narrativa convencional para constituirse como un dispositivo discursivo de resistencia en el que convergen cuerpo, lenguaje y poder. La novela asume, sin ambages, una representación explícita de la sexualidad que, en principio, podría inscribirse dentro de una tradición contemporánea orientada a la transgresión de tabúes y a la exploración de la libertad del cuerpo. Sin embargo, no toda explicitud alcanza, por sí misma, una legitimación estética. La cuestión central no radica en la presencia del erotismo como eje temático, sino en la función que este desempeña dentro de la arquitectura simbólica de la obra.

Desde esta perspectiva, cabe interrogar si dicha explicitud contribuye efectivamente a una profundización en la construcción de los sujetos, revelando capas de complejidad psicológica, tensiones de poder o dimensiones existenciales del deseo, o si, por el contrario, se mantiene en un nivel de inmediatez que limita su proyección semántica. Dicho de otro modo, el dilema no radica en la libertad para tratar lo sexual, sino en que logre integrarse con sentido en la historia y no se limite a una descripción excesiva que carezca de un trasfondo más profundo, de modo que se evite que el exceso de detalles y repeticiones de orden sexual opaque el significado de la obra. Así, este señalamiento apunta a una tensión constitutiva de la obra: la que se establece entre la voluntad de libertad temática y la necesidad de una configuración estética que otorgue profundidad y resonancia al discurso narrativo. Es precisamente en ese punto donde se juega, en última instancia, la eficacia literaria de una novela que, por su apuesta, invita a una lectura crítica atenta a los límites y posibilidades de la representación contemporánea del cuerpo y el deseo.

Sobre el autor

OFELIA BERRIDO