Tensiones globales
Crisis recurrentes, gobiernos improvisados: la receta del fracaso
Lo más triste no es que no tengan plan. Lo más triste es que el actual gobierno, cuando la cosa se pone fea, reacciona como quien intenta apagar un incendio con una manguera rota.
Creada con IA
Desde que tengo uso de razón –y ya van décadas–, en República Dominicana las crisis internacionales han sido tan recurrentes como el propio merengue en febrero. Guerras, pugnas por petróleo, tensiones comerciales, ciclos recesivos; nada nuevo bajo el sol.
Lo que sí cambia son los picos: a veces duelen más, a veces menos. Pero siempre, siempre, hay algún gobernante que actúa como si la tormenta perfecta le hubiera caído de sorpresa, cuando en realidad el patrón es más viejo que el arrebol. Un gobierno responsable debería saber, por simple lógica de vecino, que no se puede vivir al límite de los recursos. Pero aquí parece que la consigna es otra: gasta hoy, que mañana ya veremos. Y vaya que gastan.
Hablemos de números, que es la única forma en que algunos entienden. A septiembre de 2025, la nómina pública alcanzó los 777,525 empleados, lo que implica un aumento de 38,780 nuevos puestos en un año (un crecimiento del 5.20 % frente a septiembre de 2024), sin siquiera entregar nuevas escuelas que justifiquen aunque sea las contrataciones en educación. Si miramos lo que va del gobierno de Luis Abinader (2020-2025), la expansión del aparato estatal ha sido constante: solo entre julio y septiembre de 2025 se añadieron 2.30 % más empleados, un ritmo que anualizado superaría el 14.00 % ¿Y qué producen esos empleados? En muchos casos, nada que no sea una planilla más pesada. Mientras tanto, el presupuesto proyectado para este 2026 ya advierte que las remuneraciones públicas serán el mayor gasto del Gobierno, representando el 23.20 % del total. Es decir, cada vez más dominicanos trabajando para el Estado, pero no necesariamente produciendo para el país.
¿El resultado? Llegamos a cada crisis internacional más desnudos que un pez por la Autopista Duarte. Porque cuando sube el precio del petróleo, cuando hay tensión en Medio Oriente, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos mantiene las tasas de interés altas, aquí no hay colchón.
¿Planificación? No, gracias, mejor visitar a la oposición
Lo más triste no es que no tengan plan. Lo más triste es que el actual gobierno, cuando la cosa se pone fea, reacciona como quien intenta apagar un incendio con una manguera rota. En lugar de mostrar un plan serio, ¿qué hace? Visitar a políticos opositores. Sí, leyó bien. Como si repartir la culpa fuera lo mismo que repartir la carga. Como si sentarse con el adversario político a tomar café fuera la solución a la inflación, al déficit eléctrico o a la fuga de divisas. Lo único que demuestran con esas visitas es lo que ya sospechábamos: no tienen la más remota idea de cómo gobernar una crisis.
Pero tranquilo, que ellos tienen su carta de triunfo: "metemos presos a los corruptos". Y ojo, no es que perseguir la corrupción esté mal. ¡Faltaría más! El problema es cuando esa se convierte en la única obra de gobierno. Porque mientras usted se llena la boca hablando de quienes están sometidos a la justicia y a la vez observamos que los controles anticorrupción no funcionan, la economía va de mal en peor, el bolsillo del dominicano de a pie parece una hamaca vacía, y la producción nacional agoniza. Pero claro, ¿para qué producir localmente si podemos endeudarnos para comprar afuera? ¿Para qué planificar si podemos echarle la culpa a la oposición, a los gobierno anteriores, a la guerra de allí o allá, al cambio climático o al espíritu de Trujillo?
Lo más triste del caso es que las crisis internacionales no se van a acabar nunca. Desde que el mundo es mundo, hay guerras por petróleo, violaciones de tratados y derechos humanos pisoteados. Lo novedoso hoy no es la crisis, sino que aquí, en República Dominicana, cada vez que sube la tensión global, nos agarra con las reservas en los tobillos, las nóminas hinchadas, el campo abandonado y los políticos haciéndose selfis con sus anteriores "enemigo" para repartir culpas.
Así que ya sabe: la próxima vez que escuche a un funcionario decir "esto no lo esperaba nadie", siéntase con derecho a soltar una carcajada. Porque sí, las crisis son viejas. Lo nuevo es la incapacidad de aprender de ellas.
Opinión
La indiferencia como síntoma: la decadencia cívica de la sociedad dominicana
Claudia Rita Abreu