Tiempo de Reflexión
La indiferencia como síntoma: la decadencia cívica de la sociedad dominicana
La clase media, que durante las olas de protesta mostró capacidad de denuncia, terminó sumida en una resaca de desengaño.

Tiempo de reflexión
Es cierto que desde el punto de vista médico, la anestesia ha sido un gran avance para la salud, el manejo del dolor y la posibilidad de intervenciones quirúrgicas de todo tipo, sin embargo, hoy lamentablemente vivimos en un mundo anestesiado, donde la indiferencia ante guerras sin sentido, genocidios gracias a la intolerancia humana, dejan en evidencia el creciente déficit de empatía que alimentan de una sociedad de consumo saturada que envuelve a las personas en un confort tal, que erosiona la conciencia colectiva. Entre noticias desfilando sin sorpresa y entretenimiento diseñado para distraer, la política y la farándula se funden en un mismo espectáculo vacío, donde el drama humano se convierte en mercancía y la exigencia moral se disuelve en la comodidad de mirar hacia otro lado.
La indiferencia y la inhumanidad no son fenómenos nuevos ni específicos de esta era, desde conquistas milenarias, guerras religiosas, inquisiciones, esclavizaciones, devastaciones, genocidios, holocaustos, ritos, abusos de poder, dictaduras, entre otras, nuestra historia está llena de violencia, sin embargo, terminamos en Siglo XX y empezamos el XXI entendiendo que el ser humano avanzado era menos cruel, más tolerante y pacífico, por lo cual, no es descabellado sentir que últimamente se ha acentuado dicha indiferencia e inhumanidad haciéndose más visible en los últimos años.
En la República Dominicana, tras el estallido de 2019 -aquel año de indignación popular “marchaverdista” que funcionó como plataforma electoral- hemos pasado de la esperanza y la protesta a una apatía generalizada que socava el vigor democrático y la convivencia solidaria.
El desencanto y la resignación de la clase media
La clase media, que durante las olas de protesta mostró capacidad de denuncia, terminó sumida en una resaca de desengaño. Muchos descubrieron que fueron utilizados como instrumento político y, en la comparación con administraciones pasadas, optaron por el silencio. Ese silencio no es neutral: es complicidad. La nueva actitud consiste en deslegitimar la política pública crítica - “hablar de política está mal visto”- y en convertir la conversación pública en un tabú social. Los grupos de WhatsApp entre amigos, ex-compañeros de escuela o universidad y familiares que eran un caldero en ebullición para protestar, opinar y desatar todo tipo de polémicas respecto a Odebrecht y demás temas del momento, que hoy han resultado ser PAJA de COCO en comparación al crimen de lesa humanidad que se llama SENASA, tanto en la cantidad del desfalco, como en la gravedad de la situación, sumando los muchos otros problemas de aumento en la ineficiencia del Gobierno, los casos de narcotráfico ligado al partido de gobierno, el detrimento de los servicios públicos, el alto costo de la vida (desde antes de que la guerra e Iran), las declaraciones juradas de funcionarios que han aumentado fortunas en cientos de millones estando en cargos públicos, hoy, dichos grupos virtuales son un silencio sepulcral, donde sólo se felicita por la navidad y año nuevo, San Valentin, día de los cumpleaños de sus miembros, día de las madres y padres, o si hay que anunciar un velorio o poner algún meme gracioso que no sea político.
La soberbia de no reconocer errores, la envidia hacia el vecino que parece mejor posicionado y la decisión de priorizar lo personal sobre lo colectivo han alimentado una cultura de apatía.
Las autoridades han cristalizado la indiferencia institucional, esto se hace evidente, cuando el poder llega a confundir interés privado con servicio público, la indiferencia se institucionaliza. Las autoridades actuales -cuya elección se apoyó, en parte, en la ola de 2019- han mostrado una preocupante cesión frente a la responsabilidad pública: respuestas tardías, negligencia ante la necesidad social y, en muchos casos, una respuesta cínica que normaliza la falla administrativa. Ese “pisar fondo” del Estado refuerza la percepción que hemos cambiado -pero para peor-, por lo que la ciudadanía resignada opta por reducir su participación a la mera acción electoral cada cuatro años.
Consecuencias para la democracia y el tejido social
La combinación de apatía ciudadana y autoridad indiferente genera un círculo vicioso: menos vigilancia social permite más malas prácticas; más malas prácticas profundizan el desencanto; y el desencanto reduce la participación cívica. El resultado es una democracia de baja intensidad y una sociedad fragmentada, en la que la participación se limita a “castigar con el voto” cada cuatro años, sin exigencia continua de rendición de cuentas.
Ojalá que nuestra sociedad encuentre cómo convertirnos en un círculo virtuoso y hacer un modelo del país que queremos, que vaya más allá de la Estrategia Nacional de Desarrollo o agendas decenales y que logre establecerse en el ideario de las personas, creando una cultura al respecto y así encontrar luchas y propósitos comunes que valgan la pena y estén por encima de cualquier ideología.
La indiferencia y la inhumanidad que hoy vemos en la República Dominicana son síntomas de una crisis más profunda: una pérdida de sentido colectivo y una desconexión entre gobernantes y gobernados. Recuperar la dignidad ciudadana no será instantáneo, pero es indispensable: sin participación constante, sin empatía y sin exigencia de responsabilidad, la democracia se convierte en trámite vacío y la sociedad en un paisaje de resignación. Volver a creer en un país posible del alcanzar, exige, primero, que dejemos de mirar hacia otro lado.
En estos días de asueto la esperanza debe volverse una posibilidad.