Opinión

Bad Bunny

Cuando la cultura educa: el espectáculo de Bad Bunny y la pedagogía del poder simbólico

El espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl nos recuerda que la música no solo entretiene: también educa, interpela y moviliza.

Bad Bunny

Creado:

Actualizado:

El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl 2026 protagonizado por el artista puertorriqueño Bad Bunny no fue solo un evento musical de alto impacto mediático; constituyó, en sí mismo, un acto profundamente pedagógico y político. Más allá de afinidades o discrepancias con el lenguaje, el género urbano o las estéticas propias del reguetón y el “perreo”, resulta innegable que la música, como manifestación cultural, educa, y educa porque transmite símbolos, construye identidades, articula narrativas colectivas y configura imaginarios sociales.

El Super Bowl es uno de los eventos más vistos del planeta, con audiencias que superan los 100 millones de espectadores en Estados Unidos y millones más a nivel global. Ocupar ese escenario implica ejercer una forma de “poder blando”, en el sentido planteado por Joseph Nye: la capacidad de influir no a través de la coerción, sino mediante la cultura, los valores y la atracción simbólica. En este contexto, la presencia de un artista latino que canta mayoritariamente en español en el corazón del espectáculo estadounidense es, en sí misma, una afirmación identitaria y un gesto político-cultural.

La cultura no es neutra. Educa en la medida en que modela percepciones sobre pertenencia, dignidad, diversidad y reconocimiento. Cuando millones de jóvenes latinoamericanos ven a un artista de su región ocupar uno de los escenarios más influyentes del mundo sin renunciar a su lengua ni a sus códigos culturales, reciben un mensaje implícito: lo propio tiene valor. Este tipo de representación simbólica construye identidad, construye autoestima personal y colectiva y da un profundo sentido de ciudadanía cultural.

Desde una perspectiva pedagógica, la música actúa como currículo oculto.

Enseña sin aula formal, pero con enorme eficacia. Transmite emociones, posicionamientos éticos, visiones del mundo, incluso cuando el contenido lírico pueda ser objeto de debate o crítica —y debe serlo—, el fenómeno cultural que lo rodea abre oportunidades educativas. De ahí que nuestras instituciones educativas, en lugar de ignorar estos acontecimientos, podemos utilizarlos como punto de partida para el análisis crítico: ¿qué discursos sobre identidad, migración, poder, género o nación están presentes? ¿Cómo dialogan con nuestras realidades caribeñas y latinoamericanas?

La educación cívica del siglo XXI no puede limitarse a la memorización de normas y estructuras del Estado. Debe incorporar la comprensión de los lenguajes culturales que configuran la opinión pública y la sensibilidad social. La música urbana, con todas sus tensiones, es hoy uno de esos lenguajes. Analizarla críticamente en las aulas fomenta pensamiento reflexivo, alfabetización mediática y capacidad de discernimiento ético.

Además, la visibilidad de artistas latinoamericanos en escenarios globales contribuye a reconfigurar narrativas geopolíticas. Puerto Rico, República Dominicana y el Caribe en general han sido históricamente representados desde miradas externas. Cuando sus artistas narran sus propias historias, ejercen agencia cultural. Ese ejercicio es profundamente político, porque disputa sentidos y redefine jerarquías simbólicas.

Reconocer el valor educativo de la cultura no implica una adhesión acrítica a todos sus contenidos. Implica comprender que la formación ciudadana ocurre también fuera de los muros escolares. La música, el deporte y el espectáculo son espacios donde se construyen referentes, aspiraciones y posicionamientos sociales.

El reto para nuestros sistemas educativos, particularmente en contextos como el dominicano, es articular puentes entre cultura y pedagogía. Transformar eventos mediáticos en oportunidades para el diálogo sobre identidad, diversidad, respeto y convivencia democrática. Porque cuando la cultura se analiza críticamente, se convierte en aliada de la educación cívica.

El espectáculo de Bad Bunny en el Super Bowl nos recuerda que la música no solo entretiene: también educa, interpela y moviliza, y en sociedades que buscan fortalecer su democracia y su cohesión social, comprender el poder formativo de la cultura es una tarea impostergable.

Sobre el autor
Elisa Elena Gonzalez

Elisa Elena Gonzalez