#SinFiltros
¿La familia presidencial es una institución o un perfil de redes sociales?
Cuando el afecto hacia el presidente Luis Abinader se vuelve el foco central de actos oficiales, la visibilidad romántica termina por opacar la autoridad simbólica del mandatario.
La familia presidencial
En la República Dominicana hemos normalizado ver el Palacio Nacional como el escenario de una crónica rosa. Entre muestras de afecto efusivas frente a las cámaras, intervenciones que parecen ignorar la jerarquía de la Vicepresidencia y videos familiares en plataformas como TikTok, surge una duda razonable: ¿Estamos ante una gestión de Estado o ante un reality show de calidez familiar?
La comunicación política moderna ha desdibujado la línea entre lo personal y lo institucional, pero en nuestro país, esta frontera parece haberse disuelto. Raquel Arbaje ha encarnado una presencia vibrante y activa que le ha granjeado un afecto popular innegable.
Sin embargo, desde la óptica del rigor de Estado, cabe preguntarse en qué punto la espontaneidad comienza a erosionar la solemnidad de la investidura. El protocolo no es un capricho arcaico; es el lenguaje que asegura que el respeto al cargo esté por encima de las personalidades.
Cuando el afecto hacia el presidente Luis Abinader se vuelve el foco central de actos oficiales, la visibilidad romántica termina por opacar la autoridad simbólica del mandatario.
Este afán de cercanía se ha extendido al núcleo familiar, planteando interrogantes sobre la coherencia de quienes rodean al jefe de Estado. La familia presidencial no es simplemente un grupo de ciudadanos particulares; es un referente simbólico de la nación. Recientemente, el país observó videos en TikTok protagonizados por una de las hijas de la pareja presidencial sobre temas de índole religiosa.
Si bien vivimos en una democracia donde prima la libertad de expresión, el entorno presidencial conlleva una carga de responsabilidad distinta. La libertad individual de una hija del presidente no puede estar desconectada del peso simbólico de su apellido.
Cada acción pública de los miembros de la familia primaria tiene un impacto directo en la percepción de la gestión. Cuando se habita la "casa de cristal" del pueblo, la coherencia entre el rol institucional y el comportamiento en plataformas masivas es vital para mantener la credibilidad del liderazgo. En el poder, la coherencia no es una opción, es una obligación de Estado.
La historia mundial nos advierte sobre los riesgos de esta sobreexposición. Parejas como la de Nicolas Sarkozy y Carla Bruni en Francia demostraron que cuando la búsqueda de visibilidad personal invade el terreno de los actos de Estado, se mina la percepción de seriedad de la presidencia.
Es necesario llamar a las cosas por su nombre al mirar hacia adentro. Mientras la vicepresidenta Raquel Peña se ha convertido en un muro de contención de eficiencia, manteniendo una distancia profesional que honra su cargo, la primera dama parece, en ocasiones, disputar una visibilidad y asumir posturas que no le corresponden por ley ni por protocolo.
Esta distinción es clave: mientras la Vicepresidencia proyecta estabilidad técnica, la excesiva espontaneidad del entorno de la primera dama a veces roza un estilo que puede ser percibido como una distracción del rigor que la República exige.
A la pareja presidencial le ha ido bien con esta fórmula porque el dominicano es, por naturaleza, afectuoso. Pero el análisis #SinFiltro debe mirar hacia la salud institucional a largo plazo.
La primera dama no ocupa un cargo electo; es una figura de acompañamiento. Cuando ella, o su entorno cercano, asumen protagonismos que competen a la esfera pública o al gabinete, se genera un ruido que erosiona el orden jerárquico.
La dignidad del Palacio Nacional reside en el equilibrio. El cariño cosechado por Raquel Arbaje es un activo valioso que no necesita de la hipérbole gestual para sostenerse. Mantener la distancia protocolar no es ser falso; es honrar la investidura.
Decir la verdad con respeto es recordar que el presidente es el jefe de Estado antes que esposo en la esfera pública, y que la familia presidencial es una institución antes que un perfil de redes sociales.
En la política, lo que hoy se celebra como "calidez", mañana puede ser interpretado como falta de rigor. En la construcción de una democracia sólida, el respeto a las formas y la coherencia del símbolo siempre serán preferibles al espectáculo de la intimidad expuesta.
Nota:
Este análisis nace del respeto profundo a la investidura presidencial y a las figuras que hoy la representan. El ejercicio de la comunicación no busca cuestionar la calidad humana o la libertad individual de la familia presidencial; más bien, reflexionar sobre la necesaria distinción entre el afecto privado y la solemnidad pública. En una democracia madura, cuestionar las formas es, también, una manera de fortalecer nuestras instituciones.