Cambios
El impacto de la crisis demográfica
Los cambios demográficos se sienten, parecen invisibles, pero su impacto predice redefinir las políticas públicas; sobre todo, porque define el “futuro del mundo”.
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Los cambios demográficos se sienten, parecen invisibles, pero su impacto predice redefinir las políticas públicas; sobre todo, porque define el “futuro del mundo”.
Se habla de las migraciones masivas buscando fuentes de trabajo en toda Europa y Norteamérica. Sin embargo, los otros impactos de la crisis demográfica se viven, pero poco se gerencia y se reflexiona sobre sus consecuencias.
La crisis demográfica está impactando a toda Europa: baja natalidad, envejecimiento de la población, disminución de sus habitantes, menos personas jóvenes para ocupar puestos de trabajo y generar riqueza para pagar pensiones de una población de adultos mayores. Consecuencias: han tenido que cerrar escuelas por falta de niños, iglesias sin feligreses, bancos, negocios y abandono de viviendas.
Las migraciones de la vida rural a lo urbano se han multiplicado, también en Latinoamérica. Producto de esa despoblación ha aumentado la crisis de los vínculos, el desapego y el sentido de pertenencia, y ha cambiado la estructura y dinámica familiar.
De continuar aumentando la población envejeciente, se dispararían los costos en salud, cuidadores, pensiones, seguridad social y mayor gastos públicos. Por otro lado, las familias son menos numerosas, y la generación Z parece confrontar todos los estilos de vida y modelos heredados por abuelos y padres, optando por vivir solos, pocos hijos o ninguno, practicar el movilismo social, gastar más del ingreso, despreocupación por el ahorro, vivir para el placer, el consumo y las gratificaciones inmediatas; el resto, que lo hagan los inmigrantes y las propias dinámicas socioeconómica y culturales.
En la crisis demográfica hay una sustentación poco visible, pero sintiente: la individualidad, la soledad y los vacíos existenciales que, impactan la salud mental de la población.
Cada país, cada familia y cada ciudadanía responsable se debe ocupar por la crisis demográfica; desde lo económico, lo social y lo cultural, para organizar respuestas estructurales de desarrollo y al déficit que acarrean los cambios demográficos.
Europa y EE. UU. lo viven en todos los niveles; América Latina empieza a sentir lo bueno y lo malo de los cambios demográficos.
Si nos preocupa lo económico y lo social, el impacto cultural y territorial se siente en la crisis de identidad, en los roles y en nuevos modelos de supervivencia.
En las fronteras se puede observar las pérdidas de la tradiciones y costumbres; es decir, un proceso de desculturización y de cambio en la composición familiar impresionante.
La crisis demográfica también impacta en la salud mental: crisis familiar y de pareja, aumento de la soledad y aislamiento social del envejeciente.
Esas condicionantes socio-familiares producen depresión, ansiedad, sentimientos de abandono, estrés, vacío existencial, déficit cognitivo y enfermedades psicosomáticas, aumento de ideas suicida e intento de suicidio.
Los detonantes de la crisis demográfica son: incertidumbre sobre el futuro, proceso de desesperanza y de angustia vital, acompañándose de insatisfacción y frustración ante a la vida.
El Estado, sector privado, los hacedores de políticas públicas y desarrollos sostenibles con miras al 2030, deben pensar y reflexionar sobre qué hacer con la crisis demográfica y su impacto en nuestro país. Así como el “futuro del mundo lo define la demografía”, la demografía es una realidad de la que ningún continente ni país va a escapar, y se van a vivir las consecuencias por vivir de espalda a esa dura realidad que estamos sintiendo.