¿Por qué los jóvenes emigran del campo?
Mientras tanto, las zonas rurales envejecen. Los agricultores mayores continúan trabajando la tierra, pero sin relevo generacional, sin tecnología, con pocos incentivos y con escasa esperanza.
Campo
El campo está lleno de oportunidades, pero vacío de jóvenes que quieren cultivar.
Cada año, cientos de jóvenes dominicanos abandonan las zonas rurales para dirigirse a las ciudades en busca de una “mejor vida”. Tras concluir el bachillerato, empacan sus esperanzas y parten hacia Santo Domingo, Santiago u otros centros urbanos, dejando atrás los surcos donde crecieron sus padres y abuelos.
El problema no es únicamente económico; es también cultural y de política pública. Durante años se ha promovido la idea de que el progreso solo se encuentra en la ciudad, mientras se ha descuidado el valor de la producción agrícola como una fuente digna y sostenible de desarrollo. En el campo existen oportunidades, pero faltan incentivos reales.
Los jóvenes no se quedan porque el trabajo agrícola continúa viéndose como sacrificio y no como negocio. Falta acceso a créditos, formación técnica, tecnología y acompañamiento institucional. Muchos desean cultivar, pero no cuentan con tierra propia ni con el apoyo necesario para hacerlo. Sus progenitores, sin avances significativos en su calidad de vida, sobreviven sin posibilidades reales de progreso; en muchos casos, las mejoras en el campo solo se logran cuando un familiar en el extranjero envía remesas que permiten construir una vivienda o sostener el hogar. Desde hace décadas, el país mantiene una deuda social con quienes viven del campo.
Mientras tanto, las zonas rurales envejecen. Los agricultores mayores continúan trabajando la tierra, pero sin relevo generacional, sin tecnología, con pocos incentivos y con escasa esperanza. En contraste, el país importa cada vez más productos que perfectamente podrían cultivarse en nuestros suelos fértiles.
El Estado, a través de sus instituciones agrícolas y de desarrollo rural, enfrenta el reto de modernizar la agricultura y hacerla atractiva para la juventud. Esto implica promover la agroindustria, el uso de tecnología de punta, los cultivos sostenibles, la rehabilitación de rubros tradicionales de exportación como el café y el cacao, así como fortalecer la asociatividad para lograr una capacitación más efectiva y accesible, junto a la democratización del crédito mediante cooperativas agropecuarias.
El campo no puede seguir viéndose como el lugar del que hay que salir, sino como el lugar al que se puede volver para prosperar. Porque mientras los jóvenes se marchan, la tierra sigue esperando manos que la hagan producir.