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Guardianes de la verdad Opinión
Luis Abinader

Luis Abinader

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Con frecuencia, la opinión pública percibe a los presidentes como figuras de hierro: insensibles, infalibles e inmunes a los errores y a las tensiones que acompañan el poder.

Sin embargo, conviene recordar que los presidentes también son humanos.

Detrás de la investidura hay una persona que toma decisiones, enfrenta presiones y, como cualquiera, puede equivocarse.

Uno de los mayores retos de un presidente es la conformación de su gabinete.

No siempre es sencillo elegir, pues la política impone compromisos y equilibrios que a menudo obligan a nombrar a personas que no necesariamente representan la mejor opción ética, gerencial o profesional. Algunos funcionarios cumplen con su deber y responsabilidad, pero otros se convierten en verdaderos ruidos y pesadillas para el mandatario.

Cuando un ministro, director o funcionario falla, el presidente también sufre. Así como un obispo se duele por un sacerdote que yerra, o una madre se aflige cuando un hijo pierde sus valores, también se duele un presidente al constatar que quienes lo acompañan traicionan la confianza depositada en ellos.

Los errores del gabinete no solo afectan la imagen del gobierno, sino que desgastan profundamente al jefe de Estado.

Los presidentes no son de yeso. Son hombres y mujeres con virtudes y defectos, cuya fortaleza se pone a prueba cada vez que alguien de su entorno actúa con negligencia o intereses personales.

El gran desafío está en saber escoger a los mejores gerentes públicos, capaces de ejecutar con ética y compromiso el desempeño de sus funciones.

El éxito de un gobierno no depende solo del presidente, sino del conjunto de sus colaboradores.

En una ocasión pregunté al presidente Balaguer cómo podía gobernar con tanta sabiduría. Me respondió con serenidad: “Salud, no tengo compromisos con nadie y uso mi sentido común. Tomo las decisiones que debo tomar, aunque duelan; el interés de la nación está por encima de las pasiones y los intereses personales”.

Ser presidente, aunque parezca tenerlo todo, no es tarea fácil. Nuestro país espera que lo resuelva todo, incluso lo más simple. Y cuando no lo hace, lo juzgamos con dureza.

Quizás olvidamos que, al final, también es un ser humano.

Sobre el autor

Manuel Amézquita

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